Homilía del Sr. Obispo en la Vigilia Pascual

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Queridos hermanos:

Estamos celebrando la vigilia pascual en la noche santa en que se cumple la vitoria de Cristo sobre la muerte. Lo iniciado el día de Viernes Santo con la muerte de Jesús en la Cruz -cuando el pecado de la humanidad entera cargó cobre él y quedó purificada con su sangre derramada en sacrificio de expiación- alcanza esta santa noche su cumplimiento con la victoria de la vida sobre la muerte. El sacrificio de Jesús es acogido por el Padre que lo resucita de entre los muertos con el poder de su Espíritu.

Todo es renovado, todo es recreado. El fuego nuevo que da luz y calor, el cirio pascual, que es símbolo de Cristo, es puesto en alto por las manos del diácono para iluminar el mundo en tinieblas significado en el templo que permanece a obscuras; las tinieblas son disipadas por la luz que ilumina el mundo. Las palabras de Cristo resuenan en toda su verdad: ¡Yo soy la luz verdadera! El que no participa de ella camina en tinieblas; por eso los fieles todos encendemos nuestras velas en el cirio pascual, en la nueva luz, pidiendo que ilumine siempre nuestras vidas. En ese cirio se ha grabado la Cruz de nuestra salvación, principio y fin del mundo nuevo que nace esta noche. En las manos del Redentor ha sido puesto todo: el tiempo y la eternidad, la gloria y el poder, para siempre.

Finalizado el rito de la bendición del fuego y la preparación del cirio, llevado en alto por las naves del tempo y colocado en su lugar, ha seguido el canto del pregón pascual, es decir el anuncio de la gran maravilla que el Señor opera esta noche: gracias a ella queda pagada la deuda de Adán y cancelado el recibo del antiguo pecado, son rotas las cadenas de la muerte y los que confiesan su fe en Cristo son restituidos a la gracia y agregados a la multitud de los santos. Como hemos escuchado, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos. Por eso, toda la creación redimida es llamada a exultar, a hacer sonar las campanas, a llenarse de gozo, y la Iglesia, revestida de luz brillante canta de nuevo el aleluya, enmudecido durante toda la Cuaresma, y se une a las voces de todo lo creado. Cada vez que se celebre la Eucaristía en este tiempo de Pascua se incensará reverentemente la luz nueva, el cirio pascual que es Cristo que, salido del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano.

Las lecturas que siguen al pregón pascual han puesto de manifiesto que Cristo es el centro de la historia humana y de las intervenciones de Dios en favor de los hombres a lo largo de los siglos. Todas las maravillas obradas por Dios a lo largo de la historia, preparan, como un signo y anticipo, la definitiva y más grande de todas: la Resurrección del Señor, su victoria definitiva sobre la muerte y sobre el pecado por el que aquella entró en el mundo. Por eso, las lecturas comienzan narrando la creación del mundo, manifestación y participación en la gloria de Dios, pero también la del pecado que condiciona toda la historia de los hombres. La figura de Isaac, un inocente, que se somete obediente a la voluntad de su padre, anticipa la de Cristo, cordero inocente, obediente hasta la muerte, que paga por los pecados del mundo. Moisés que libera a los hijos de Israel de la opresión de los egipcios y que, sobre la ley de Dios recibida en el Sinaí. constituye el pueblo de la antigua Alianza, imagen de la futura, basada en una y más perfecta ley, la del amor.

Los profetas hablaron a lo largo de los siglos al pueblo de Israel del cumplimiento de la promesa hecha ya a nuestros primeros padres en el paraíso. La figura de un Mesías Salvador se dibuja en el horizonte con progresiva claridad. Isaías anuncia una alianza perpetua entre el cielo y la tierra que se cumplirá en Cristo, Dios y hombre a un tiempo. Una alianza de la que formará parte un pueblo desconocido, el constituido por todos aquellos que, abandonando sus errados caminos, se convierten a Señor. El profeta Baruc insiste en la necesidad de volverse al verdadero Dios, de seguir sus caminos, guiado por la sabiduría divina, haciendo lo que le agrada. El profeta Ezequiel, por su parte, anuncia el tiempo en que Dios nos dará un corazón nuevo, abierto y dócil a sus preceptos, llevando a cumplimientos la promesa antigua.

Antes del Evangelio vuelven a resonar las notas del aleluya que llena la tierra entera y el alma de cada cristiano, que rebosa de alegría con el anuncio de la victoria del crucificado sobre el demonio y las fuerzas del mal. Anuncio que proclaman los ángeles del cielo: “No temáis, ya sé que buscáis a Jesús. No está aquí, ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía”.

En la gran noche, con la Resurrección de Cristo se cumplen las promesas de Dios. En nosotros, enseña san Pablo, se hacen realidad en la medida en que llegamos a ser uno con Cristo por medio del bautismo. Gracias a este somos sepultados con él en la muerte y gozamos de su misma resurrección, participando de su nueva vida como hijos de Dios. Por eso en la celebración de esta vigilia de la Resurrección, la liturgia bautismal ocupa un lugar central. En muchos lugares esta noche se incorporan a la Iglesia miles de catecúmenos, niños o mayores, que durante meses se han preparado para ser bañados en las aguas regeneradoras del Bautismo, ser purificados del pecado original y de cuantos hubieran cometido, recibir la adopción filial como hijos de Dios en Cristo y ser hechos miembros de la Iglesia, miembros de todos aquellos que son invocados en la letanía de los santos con la que se pide la intercesión de los que ya han recibido la corona de la gloria. Alegrémonos con ellos y renovemos las promesas que hicimos al recibirlo. Renunciemos de nuevo esta noche al demonio y a todas sus obras, para vivir como hijos de Dios; renunciemos a sus engaños y seducciones. Reafirmemos nuestra fe en la Trinidad Beatísima, fuente de todo bien. Confesemos con gozo nuestra fe en Dios Padre Creador, en Dios Hijo Redentor, en Dios Espíritu Santo santificador. Hijos de Dios, hermanos, enviados para dar testimonio de la Resurrección del Señor.

Esta sagrada y solemnísima liturgia concluye con la liturgia eucarística, con la comunión del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que nos hace uno con Cristo. Fortalecidos con este sacramento, vayamos y anunciemos a todos los hombres que Cristo vive y que nos llama a vivir con Él para siempre. Amén

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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