Reyes 2026
¡Se postrarán ante Ti, Señor, todos los pueblos de la tierra!, hemos repetido con la antífona del salmo responsorial. Y hemos rezado con las palabras del salmo 71: “póstrense ante él todos los reyes y sírvanle todos los pueblos”.
Solemnidad de la Epifanía del Señor, la manifestación o revelación de Dios a todos los pueblos de la tierra. La salvación no esta reservada al pueblo de Israel. Es sí, el pueblo elegido, pero su misión es preparar la revelación de Dios a todos los pueblos. Por eso hemos leídos en el profeta Isaías: “¡Levántate y resplandece, Jerusalén, porque llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti! Las tinieblas cubren la tierra, la obscuridad los pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor y su gloria se verá en ti”. El contraste es fuerte entre el pueblo de Dios, sobre el que amanece la luz y la gloria del Señor, y las naciones que caminan envueltos en las tinieblas que cubren el mundo. Pero son consoladoras las palabras del profeta: “Caminarán los pueblos a tu luz… a ti llegan las riquezas de los pueblos”. Llegarán de todas partes, reyes y pueblos. Todos son acogidos, todos llegan con sus riquezas: cada pueblo, cada uno con su cultura, con sus tradiciones, con sus virtudes, con sus riquezas, que las tienen, y se llenarán de una alegría grande, porque también ellos se convertirán en pueblo de Dios iluminado por aquel que es la luz verdadera.
La revelación de Dios es Jesús, el hijo de María, él es el rostro de Dios. El Dios invisible, se ha manifestado, se ha hecho visible en el Niño que ha nacido en Belén. En seguida lo contemplan los pastores y poco después lo hacen estos misteriosos personajes que llamamos Reyes Magos.
Pablo anuncia a los de Éfeso la gran novedad que los judíos se negarán a aceptar. Con el nacimiento de Jesús se ha dado a conocer el gran misterio que no había sido manifestado a los hombres en otros tiempos. El misterio que ahora se revela en la llegada de los Magos hasta el portal de Belén y en el acto de adoración y de entrega de sus dones al Niño. Ese misterio no es otro que el de que “los gentiles son coherederos de la promesa”, que también ellos “son coherederos del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en en Jesucristo, por el Evangelio”. Coherederos del mismo cuerpo, llamados a ser miembros del mismo cuerpo”, Cristo, y hechos una sola cosa con Él, herederos de la misma promesa, de la vida eterna. Por el Evangelio, dice Pablo; es decir, por Cristo, los que reciben a Cristo, ahora por la fe, esos son hechos miembros suyos, miembros de su Cuerpo que es la Iglesia.
Todos llamados a ser uno, una sola cosa. Por eso la Iglesia, dice el Concilio Vaticano II, es signo e instrumento de la unidad de todo el género humano. La Iglesia como cuerpo de Cristo, como convocación de los que creen en él como Dios y hombre verdadero, salvador. Es el nuevo pueblo de Dios, continuación y plenitud del pueblo de la Antigua Alianza, hijos de Abrahán no gracias a la circuncisión por la que se entraba a formar parte del pueblo de la promesa, sino por el bautismo, por la fe, que nos hace ciudadanos del nuevo pueblo de Dios, descendencia de Abrahán.
Ya no basta con ser judío de raza, no basta el rito de la circuncisión, para pasar a formar parte del pueblo de Dios. Es necesario acoger la luz, acoger a Cristo, ser purificado y santificado en las aguas del Bautismo que no es un simple rito humano, sino un sacramento, una acción de Dios que salva, pero que necesita ser acogida en la fe. Y, además, requiere de parte nuestra ofrecerle la vida, nuestros dones, como hicieron los Magos: vieron la luz, escucharon la llamada en su corazón de hombres justos y temerosos de Dios, buscadores de lo infinito, la acogieron… se pusieron en camino y, a los pies de Jesús, entregaron todo lo suyo. No basta con que Dios se nos entregue todo lo que es, si nosotros no lo “acogemos” de verdad ni le entregamos lo que somos, “alma, corazón y vida”, como reza la canción. Los Reyes Magos acogieron la llamada de Dios y dejaron patria, casa, familia, todo lo que tenían, y se pusieron en marcha. Vieron la Estrella y la siguieron hasta que encontraron a Jesús; se postraron, lo adoraron y vaciaron sus cofres ante el Niño.
Que nosotros, cristianos, iluminados por la luz de Cristo, la hagamos visible en nuestras vidas transformadas, para que la puedan ver otros y sea para ellos una estrella que los guíe hasta Belén. Que así sea.



