Homilía de Mons. José María Yanguas el Domingo de Procesiones en Carboneras de Guadazaón

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DOMINGO VI de Pascua. Domingo de Procesiones en Carboneras de Guadazaón
Queridos hermanos; saludo cordialmente a las autoridades y a los fieles provenientes de Carboneras, Pajarón Pajaroncillo, Arguisuelas y Reíllo, con un saludo especial para los que venís de Daroca y Luchente. Todos convocados en este domingo de Procesiones aquí en Carboneras para venerar la Santa Hijuela.

Conocéis bien la historia de esta palia o hijuela con que se cubre el cáliz, impregnada con la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo tras su contacto con los Sagrados Corporales de Daroca llegados allí desde Luchente. Allí tuvo lugar el famoso milagro de los Corporales que habían guardado y protegido las Sagradas Formas, consagradas en la Misa que precedió a la batalla entre musulmanes y cristianos a los pies del castillo de Chío. Regalada por el Cabildo a la reina Isabel y por esta a Dña. Beatriz de Bobadilla, camarera principal de su majestad, y esposa de Don Andrés de Cabrera, la Santa Hijuela es piadosamente custodiada y venerada en esta parroquia de Carboneras de Guadazaón.

La presencia de la Santa Hijuela en Carboneras y la procesión con la misma por sus calles en este domingo de mayo ha de servir para avivar en los fieles de esta tierra la devoción a la Santísima Eucaristía. Ésta es ya un extraordinario milagro en sí misma pues, bajo las apariencias de pan y de vino, está presente el Cuerpo, la Sangre el alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. A este milagro se añade el de la impregnación de la Santa Hijuela con esa misma Sangre, testimonio por los siglos de esa divina presencia. Que el acostumbramiento o la rutina no hagan nunca menos viva la fe de los fieles de estos pueblos en el misterio de la Sagrada Eucaristía, que esa fe os lleve a recibirla siempre con la limpieza de corazón debida, libres de pecado, y que la procesión de la tarde de este domingo haga de despertador puntual de esa misma fe.

Seguimos inmersos en el tiempo de Pascua, tiempo de profunda alegría para el todo pueblo cristiano por la victoria lograda por Cristo sobre el pecado y la muerte. Ni el uno ni la otra la tendrán vencida de manera definitiva, pues su derrota ha quedado sellada para siempre por la Resurrección del Señor. Por ella ha quedado expedito el acceso al cielo donde Cristo, nuestra Cabeza, está sentado a la derecha del Padre y nos espera para que gocemos eternamente de Él. Esa es nuestra gran esperanza, objeto de nuestros deseos. Frente a ella, todas las esperanzas humanas quedan infinitamente empequeñecidas.

El Evangelio de la Misa nos enseña que quien ama a Cristo guarda, observa sus mandamientos. No hacerlo, denotaría que no hay auténtico amor a Dios: podría haber apariencia, fachada, traza tan solo de amor a Dios, pero no verdadero amor. Y hemos de prestar atención, porque no es infrecuente el engaño de quien piensa ser auténtico amor, lo que solo es disfraz de aparente devoción, sucedáneo del mismo. No hay verdadero amor de Dios si no se observan sus mandamientos. Y ni siquiera se da un sano amor de sí mismo, porque cuando olvidamos a Dios y sus preceptos nos hacemos mal a nosotros mismos. Sin observarlos sus preceptos no se puede ser ni buen cristiano y ni siquiera, me atrevo a decir, buena persona. Por eso el Señor insiste al final de este pasaje en la mismas palabras del comienzo: “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré y me manifestaré a él”. El cumplimiento de los mandamientos divinos es la piedra de toque del auténtico amor de Dios. El amor de Jesucristo al Padre quedó autenticado con su obediencia hasta la muerte en Cruz. La calidad del nuestro se comprueba en el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Jesús habla de su próxima partida para la casa del Padre, que tendrá lugar con su Ascensión a los cielos. No nos dejará huérfanos, dice, volverá a nosotros para no dejarnos ya nunca más. Volverá cuando el Padre y él mismo nos envíen su Espíritu, el Espíritu Santo que es amor, y es quien hace que nuestra voluntad se identifique con la de Dios. Sí, porque El amor une; cuanto mayor es el amor -y el Espíritu Santo es el amor mismo de Dios-, más intensa es la unión de la voluntad de los que se aman. Por eso Jesús llega a decir que su comida es la hacer la voluntad de su Padre. El amigo es como otro yo; “entonces sabréis que yo estoy en vosotros en mí y yo en vosotros”; “ya no os llamaré siervos…, vosotros sois mis amigos”, dice Jesus en la última cena. La de los amigos es como una “vida en dos”; de ahí que una característica de la amistad es la comunión de intenciones, de propósitos.

En la primera lectura, tomada de los hechos de los Apóstoles, hemos escuchado cómo la palabra de Dios se extiende por Samaría por la predicación de Felipe, el diácono. Hacía “signos” dice el texto, obras milagrosas: arrojaba demonios, curaba a lisiados y paralíticos y anunciaba a Jesús. Los milagros que realizaba le otorgaban gran credibilidad y autoridad moral, de manera que el gentío que lo escuchaba lo hacía con atención y aceptaba sus palabras, es decir acogían a Jesús. Y la ciudad se llenó de alegría. Cuando se anuncia a Cristo y se le recibe con el corazón bien dispuesto, los hombres se llenan de alegría, como los de aquella ciudad de Samaría. La alegría acompaña el encuentro con Cristo: los Pastores, los Magos, los Apóstoles tras la Resurrección. Es la alegría de la salvación, del perdón repetido una y otra vez, de la misericordia infinita de Dios, de su abrazo de padre, de su amistad inquebrantable. Y la catequesis de Felipe a los samaritanos es completada por los Apóstoles que, llegados de Jerusalén oran y les imponen las manos para que reciban al Espíritu Santo, dando así fin a su brevísima iniciación como cristianos.

Cada cristiano se convierte en un apóstol que anuncia a Cristo con su palabra y su vida, dando explicación de la propia esperanza con delicadeza y respeto, teniendo buena conciencia, es decir viviendo de tal manera que la conciencia no reproche. Testimonio de vida cristiana, anuncio ferviente y a la vez, respetuoso y delicado, sin humillar, sin prepotencia, sin imposición, invitando con la única fuerza que nace de la oración, del bien hecho a los demás, de la Palabra que invita e ilumina exponiendo la verdad atrayente del Evangelio sin rebajas, sin mixtificaciones, sin confundirla con pareceres y propuestas humanas, opinables siempre por más razonables que puedan ser en sí mismas.

Domingo de procesiones, de adoradores de la Eucaristía que se ofrece a nuestra fe, que la acoge con alegría y nos empuja a hacer de nuestra vida servicio a los demás, pan que se dona y entrega como Jesús en este Santísimo Sacramento. Así sea.

 

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