Saludo cordialmente a todos en este día de fiesta de nuestra diócesis de Cuenca: a Álvaro y Ramón que esta mañana recibirán el sacramento del Orden en su primer grado, a sus padres hermanos, familiares y amigos; a los sacerdotes concelebrantes, al Rector y formadores del Seminario Conciliar de san Julián, a los profesores del Instituto Teológico; a mis queridos seminaristas, compañeros de seminario de Álvaro y Ramón; a todos los que habéis querido acompañar a los ordenandos en este momento tan importante para ellos, deseado y esperado durante muchos años..
Hay verdades fundamentales que estructuran el modo de pensar de las personas y de las mismas instituciones, que lo articulan y organizan, y sirven de fundamento y razón de las decisiones que se toman. De manera semejante, también existen actitudes fundamentales que definen el perfil humano y moral de hombres y mujeres, y que, por lo general dan lugar a sus comportamientos particulares, aunque estos no sean siempre, indefectiblemente, expresión adecuada y perfecta de aquellas. Es más frecuente de lo que querríamos una cierta discrepancia o incoherencia entre las actitudes más hondas de nuestros corazones y nuestras conductas. Pero es indudable la importancia de esas actitudes fundamentales, de las virtudes de una persona, para ir definiendo su verdadera identidad moral.
Las palabras que hemos escuchado en la primera lectura nos dicen que la tribu de Leví recibió como propiedad no una tierra sino una función, una tarea, la de servir al sacerdote Aarón y al santuario. La del servicio es una de esas actitudes fundamentales que deben formar parte del bagaje moral de los diáconos. Ante las ambiciones humanas de los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, que deseaban los primeros puestos en el reino de Jesús -misterioso, especial, pero reino al fin-, Jesús les propone la actitud que es norma fundamental de su vida: “El Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por muchos” (Mt 2028). Si estas palabras de Jesús sirven de norma de conducta para todos los que se honran con el nombre de cristianos, las que leemos en los Hechos de los Apóstoles, en ocasión de la elección de los primeros diáconos, señalan definen a estos como “los hombres del servicio”. Los Doce reúnen, en efecto, la asamblea de los creyentes y manifiestan a esta que no les parece bien descuidar la palabra de Dios y ocuparse del servicio de las mesas. Por eso piden a la asamblea que elijan siete varones que se encarguen de esa tarea. Los Apóstoles concretan las condiciones que deben tener para cumplir con ese ministerio: que esos hombres estén “llenos de espíritu y de sabiduría”; algo que no deja de sorprender, pues esperaríamos otra clase de condiciones para ejercer esa tarea, tales como que fueran buenos administradores, solícitos, eficaces, ordenados. Sea como fuere, lo que esta claro es que todos, pero de manera especial los diáconos, hemos de asumir como actitud fundamental de nuestras almas el deseo, el afán de servir. Se trata por otra parte, del servicio de la caridad, del servicio a las mesas, a los necesitados, ciertamente, pero también de un servicio con un radio de acción más amplio, pues Jesús pone en relación pone el servicio que viene a prestar con el dar la vida en rescate por muchos. El servicio de la caridad toma forma y se expresa del modo más exacto en el dar la vida en rescate por muchos. “El Hijo del hombre no ha ser servido sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”, es decir, servir dando la vida, que es la expresión más acabada de la caridad, del amor a los demás. Servir dando la vida, entregando, pues, lo más íntimo, lo más personal, lo más valioso. Dar la vida sirviendo a todos: queriendo servir, buscando servir, teniendo el servicio como ilusión, como adán y ambición.
Ser personas que sirven, quiere decir en primere lugar, ser personas de fe, “llenas de espíritu y de sabiduría” que aman a los demás, de manera particular a los que nada pueden devolver por el servicio prestado; siervos de Cristo y de los demás, a imagen de quien asumió libremente por nosotros la condición de siervo. Os invito, pues, queridos Álvaro y Ramón, a meditar con frecuencia las palabras del Señor y a hacer de ellas un lema para vuestra actividad cotidiana y objeto de vuestro examen de conciencia diario. Afán de servir, de asemejarse a Cristo servidor de los hermanos, deseo y ejercicio del alma genuinamente sacerdotal. Un afán que se manifiesta con naturalidad y como espontáneamente en una permanente disponibilidad, en el deseo y el propósito de gastarse en el ministerio, en no decir basta en el servicio; en una suerte de conciencia sentida de no tener derechos o de tener sobre todo el derecho de servir hasta dar la vida.
Sabéis bien, Álvaro y Ramón, que el espíritu de servicio requiere humildad, que sin ella el servicio se hace pesado y corre el peligro de irse cambiando en otro muy distinto: el deseo de ser servido. Habéis meditado con frecuencia las palabras de san Pablo a los de Filipo cuando les pide que no se encierren en sus intereses, sino que busquen los intereses de los demás; que tengan los sentimientos de Cristo Jesús “el cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de su rango tomando la condición de siervo” (2, 4 ss.). Toda la vida del Señor ese ejercicio de la condición de siervo: de quien antepone a la propia la voluntad del servicio a Dios y del servicio a los hermanos.
Él tomó la condición de siervo. No se limitó a hacer funciones o tareas de siervo. Tomó la condición de siervo, se hizo siervo. Pedimos a Dios nuestro Señor que os de conciencia de la necesidad de adoptar esa condición de siervo, de que el espíritu de servicio presida vuestra vida, de que sea vuestra ambición personal. El espíritu de servicio, espíritu de gratuidad, de un corazón que ama y se da, que es lo más opuesto al espíritu funcionarial, al alma de mercenario, a la disposición servil; cosas bien distintas del espíritu de servicio, generoso, libre, entregado.
Queridos Ramón y Álvaro: servid al Señor con alegría (Sal 100, 2), que el Señor ama al que da con alegría. (2 Cor 9, 7), que hay más alegría en el que da que en el que recibe (Hch 20, 35). De ese servicio alegre, pronto, ágil nos da testimonio la Virgen Madre de Dios, modelo de todo cristiano en el seguimiento de Jesús.




