Homilía del Sr. Obispo en el día de la Virgen del Pilar

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Sra. Subdelegada del Gobierno, Sra. Teniente Coronel Jefe de la Comandancia de la Guardia Civil de  Cuenca, autoridades e integrantes de la Guardia Civil, familiares y amigos. Un saludo cordial para todos en este día de de la Virgen del Pilar en el calendario de la Iglesia en España, pero solemnidad en Aragón y en el Arzobispado Castrense-Cuerpo de la Guardia Civil.

Honramos hoy a la Madre de Dios bajo esta advocación del Pilar, tan entrañable para millones y millones de españoles y fieles de las naciones hermanas de América. Nos viene inmediatamente a la cabeza la imagen diminuta de la Virgen del Pilar presente en tantos hogares de nuestra patria, y hoy especialmente rodeada de muchos miles de aragoneses y de fieles de toda España, con la enorme ofrenda de cariño y de flores en la plaza de su nombre en Zaragoza. Y viene también a nuestra memoria el recuerdo de la venerable tradición de los orígenes apostólicos de la fe cristiana en España, fe que habría sido traída hasta este finis terrae por el apóstol Santiago el Mayor, hermano de Juan, y junto con este y san Pedro, testigo de algunos momentos especiales de la vida del Señor. En aquellos duros inicios de la predicación del Apóstol en España lo habría auxiliado y fortalecido la madre de Dios, que se le apareció en carne mortal junto al Ebro en Zaragoza, la Caesar Augusta romana.

Como todo parto, el nacimiento de la fe en España, fruto de la predicación del Apóstol, no se hizo sin dolor, en este caso la oposición y resistencia de muchos de los que lo escuchaban. Pero me conmueve pensar que en el origen de nuestra fe estuvo presente la Madre Dios, María Santísima que socorrió al Apóstol en aquel doloroso momento de contradicción y dificultades. Quizás esto explica que nuestra patria sea conocida como la tierra de María. No creo, en efecto, que haya pueblo en España que no manifieste su amor a la Virgen honrándola con alguna bella advocación; ni creo que haya momento en el calendario de cada ciudad y de cada pueblo que reúna mayor número de gentes que las fiestas en honor de su Patrona la Virgen.

El pilar sobre el que la Virgen se apareció al Apóstol, devotamente besado por millones de aragoneses y de españoles a lo largo de los siglos, es testigo innegable del amor de nuestro pueblo a María y, a la vez, signo seguro de una fe que está en las raíces mismas de su historia. Una fe viva y vigorosa, semilla que se trasplantó con abundantes frutos a tierras americanas, llevada por miles de misioneros que entregaron la vida en su servicio. Fe que enseguida se hizo arte y cultura, dando origen a la primera universidad de fundación papal en Santo Domingo en 1538 a poco más de 45 años del descubrimiento de un nuevo mundo. Hecho que, si no yerro, no tiene igual en la historia de la evangelización.

Una Fe que los cristianos estamos llamados a conservar, es decir, a vivir y anunciar. Porque la fe languidece y se agosta si no se encarna en la vida: en la de cada uno, en la de la propia familia y en la de la sociedad de la que se forma parte. Una fe que no pretende imponerse a nadie por la fuerza, pero que manifiesta su derecho a ser anunciada y también, a hacer sin trabas sus propuestas en servicio del bien común, en diálogo respetuoso y a la escucha de la voz de cualquier hombre o mujer de buena voluntad, como nos ha recodado el Papa León XIV en su reciente viaje a España. Prescindir o desoír por sistema esta voz, viva en una tradición de siglos y rica de frutos, privaría a la sociedad de una valiosa ayuda a la hora de enfrentar los retos y desafíos que presentan “las cosas nuevas” que vemos nacer cada día. Las grandes tradiciones guardan con frecuencia algunos tesoros de sabiduría que no sería sensato despreciar.

Como el valor que no se pone alguna vez a prueba, las capacidades y destrezas que no se ejercitan, la ciencia y los conocimientos de los que no se hace uso, como la fe que no se traduce en obras, termina por enmohecerse, pierde actualidad y termina reduciéndose a una especie de reliquia del pasado, quizás bella y bien conservada, pero perfectamente prescindible por inútil. El Evangelio lo sugiere con claridad: las glorias del pasado, por magníficas que sean, deben ser actualizadas en otras hoy. No es cosa de poco, pero la historia más brillante solo sirve para arrojar vergüenza sobre el presente, cuando este no ha sabido o querido ser fiel a las glorias del pasado. No cabe mayor honra que la de haber dado a luz al hijo de Dios, pero María es llamada bienaventurada, más que por ese hecho, por el de haber escuchado de continuo la palabra de Dios, a veces entre sorprendida y desconcertada, y sobre todo por haberla obedecido y puesto en práctica.

La Virgen del Pilar nos habla de fidelidad y de lealtad inquebrantables, de su asistencia y cuidados maternales en los momentos difíciles de nuestra vida, de la fecundidad y eficacia de la fe cuando se vive con entereza, sin su reducción a fórmulas estereotipadas o minimalismos.

Hoy nos dirigimos a la Madre de Dios, día también de la Hispanidad, con las palabras de su vibrante himno: “Este pueblo que te adora, de tu amor favor implora, te aclama y te bendice abrazado a tu Pilar. Amén.

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