Uno de los momentos más destacados ha sido el homenaje a los sacerdotes que este año conmemoran sus aniversarios de ordenación, agradeciendo su dedicación a la diócesis:
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- Bodas de Plata (25 años): Emilio de la Fuente de la Fuente, Luis Vilar Pulla, Declan Huerta Murphy, Raymond Kilmurray Baggot, José Luis López Belmonte, Enrique Miró Navarro, Fernando Fernández Cano y Francisco Javier Gómez Ortega.
- Bodas de Oro (50 años): Pedro Serrano García, José Antonio Vielsa Moya y Silvestre Valero Segovia.
Al mediodía, la Parroquia de San Pedro ha acogido la Solemne Eucaristía, en la que se ha tenido un recuerdo especial por los sacerdotes fallecidos durante el último año: Daniel Sanz Valencia, Maximino del Olmo Herráiz y Francisco Bermejo Bustos.
San Juan de Ávila
Queridos hermanos sacerdotes:
Un cordial saludo a todos por la fiesta de nuestro Patrono San Juan de Ávila que celebramos hoy en esta parroquia de Villaescusa d Haro. Un saludo particular para Fernando su párroco (y para los fieles de la misma que nos acompañan.
La Reforma Católica del siglo XVI fue el fuerte y eficaz movimiento de renovación interna y respuesta doctrinal de la Iglesia Católica ante la crisis generada por el protestantismo. Pero no solo por este. De hecho, desde hacía tiempo se venía configurando una nueva época y un nuevo mundo que ampliaba en buena medida sus fronteras: el descubrimiento de la imprenta, la aparición de un nuevo continente, la amenaza turca, las guerras de religión, el nuevo humanismo, la crisis religiosa con la separación de Roma de importantes sectores del mundo cristiano, la creciente autonomía de la persona poseedora de una conciencia en lucha con las autoridades.
También fueron varios los factores que dieron forma al movimiento intensamente renovador de la Reforma Católica. Entre ellos seguramente el más importante fue el Concilio de Trento, que reafirmó dogmas, corrigió abusos, dio continuidad y alentó la renovación espiritual y educativa, y reforzó teológicamente el afán misionero provocado por el descubrimiento del continente americano. Un Concilio que impulsó la creación de seminarios, estableció la obligación de residencia de los obispos en sus diócesis y vio cómo se desarrollaba un vigoroso arte católico que se extendió por toda la cristiandad.
Tan decisiva, sino más, para la Reforma Católica fue la pléyade de grandes santos, muchos de ellos fundadores de Órdenes Religiosas de gran vitalidad, que contribuyeron a dar un nuevo rostro a la Iglesia. Muchos de esos santos nacieron en tierras de España. Entre ellos el que hoy celebramos, San Juan de Ávila, patrono del clero español, y junto a él otros de la talla de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, Ignacio de Loyola y Francisco Javier, Pedro de Alcántara, Francisco de Borja, Pascual Baylón, Juan de Dios, Alonso de Orozco, Tomás de Villanueva, etc.
También en el mundo que comenzó a surgir sobre todo después de la segunda guerra mundial, que ha adquirido perfiles nuevos y bien acusados en los últimos decenios, Dios Nuestro Señor ha suscitado numerosos ejemplos de santidad y de vida apostólica, y puso en la mente y el corazón de San Juan XXIII la idea de un nuevo Concilio, el Vaticano II, tan decisivo para nuestro tiempo como lo fue el de Trento en el siglo XVI. Y es oportuno recordar que tres de los últimos Pontífice han subido a los altares.
La tarea de la Iglesia en este tiempo nuevo es la misma que la de los inicios de su andadura, pero demanda, entre muchas otras cosas, pastores que lo conozcan -que conozcan a sus ovejas- y se empeñen con renovado ardor, con nuevos métodos y nuevas expresiones en la Nueva Evangelización que impulsó el Papa San Juan Pablo II y han continuado sus sucesores en la catedra de Pedro. Nuevo ardor fruto de un amor apasionado y de una espiritualidad renovada, nuevos métodos y formas creativas de llegar a los fieles y a los que se encuentran lejos, y nuevas expresiones focalizadas en lo esencial del anuncio cristiano, vividas con amable empatía y cercanía.
Con fecha de 8 de diciembre de 2025 el papa León ha escrito una Carta Apostólica que lleva por título Una fidelidad que genera futuro, con ocasión del LX aniversario de los Decretos conciliares Optatam totius y Presbyterorum ordinis, documento que vale la pena leer o releer.
Se nos invita a volver a estos textos del último Concilio y tomar pie de ellos en la búsqueda y la práctica de una verdadera y efectiva renovación. Ésta debe apoyarse como sobre sólido fundamento en la alegre certeza de que Dios está cerca de nosotros, “cabe cada uno”, como diría el Santo que hoy celebramos, y en la humilde y sincera gratitud por el hecho de que Dios se confíe a nuestra debilidad y nos guíe y ayude cada día (Benedicto XVI).
Permitidme acentuar tres aspectos de la renovación personal, presbiteral, espiritual y pastoral que, como nos dice el pontífice requiere hoy nuestra vida y ministerio. En primer lugar, convicción inconmovible de lo que somos, de nuestra más profunda y definitiva identidad, en medio del pueblo de Dios, pero también al frente del mismo. La convicción de nuestra vocación a ser otros “Cristos”, cabeza y pastores de su Pueblo santo. Configurados con Cristo con la misión de enseñar, santificar y guiar a su grey, en una tarea que ocupe nuestro tiempo, emplee nuestras fuerzas y llene nuestra vida, sean cuales sean las circunstancias en las que se desenvuelve.
Conciencia viva, en según lugar, de una vocación que es un don, “don del Padre que pide ser custodiado con fidelidad en una dinámica de conversión permanente” (Una fidelidad que…, n.7). Custodiado, es decir, defendido, protegido, cuidado, vivido. La continua conversión que se nos pide es rendida obediencia a la llamada recibida y “se construye cada día mediante la escucha de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos -en particular en el Sacrificio Eucarístico-, la evangelización, la cercanía a los últimos y la fraternidad sacerdotal, bebiendo de la oración como lugar eminente de encuentro con Dios” (ibidem). “Custodiar y hacer crecer la vocación en un camino constante de conversión y de renovada fidelidad (ibidem, n. 13). Una llamada, pues, a cuidar de la propia vocación, porque nada está conseguido para siempre; tampoco la fidelidad, aunque sean muchos los años de leal y fiel servicio a Dios y a las almas.
La crisis de confianza en la Iglesia provocada por hechos que todos lamentamos nos ha hecho más conscientes de la urgencia de seguir empeñándonos en una formación integral que, junto con una rica vida espiritual, asegure la fidelidad de todos a la vocación recibida.
El tercer aspecto de la deseada renovación a la que quiero referirme es el de la correspondencia a la gracia de la fraternidad. ¡Ningún pastor existe solo! Nos recuerda con fuerza el papa León. No puede existir un ministerio desvinculado de la comunión con Jesucristo, con su cuerpo que es la Iglesia y con los demás presbíteros con los que formamos un verdadero “ordo”. La fraternidad presbiteral es un elemento constitutivo de nuestra identidad, algo en lo que comprometernos con vigor (ibidem, n. 16). “¿Cómo podríamos nosotros, ministros, ser constructores de comunidades vivas, si no reina ante todo entre nosotros una fraternidad viva y sincera?” (ibidem, n. 16), una fraternidad que se hace visible en el cuidado recíproco, no menos importante que el cuidado del pueblo que se nos ha confiado (ibidem). Palabras del Santo Padre que obligan a un sereno, pero exigente examen de conciencia.
Hoy, para terminar, deseo invitaros a pedir juntos a Dios Nuestro Señor, por la intercesión de nuestro santo Patrono, san Juan de Ávila, un verdadero “Pentecostés vocacional” en nuestra Iglesia de Cuenca y en todo el mundo, que despierte en cada uno un serio compromiso por la promoción de las vocaciones y una perseverante oración al Dueño de la mies (cfr. ibidem, n. 27).Queridos hermanos, tengamos el valor de hacer a nuestros jóvenes propuestas fuertes, y procuremos crear en nuestras parroquias, donde sea posible, “ambientes y formas de pastoral juvenil impregnadas del Evangelio, donde puedan manifestarse y madurar las vocaciones a la entrega total de sí. De nuevo con palabras del Papa, quiero recordarme a mí mismo y a todos que “¡no hay futuro sin el cuidado de todas las vocaciones!” Vivamos con humilde confianza, con alegría y gratitud la nuestra, como un medio, no el último ciertamente, de vivir ese cuidado de las vocaciones. Que así sea.







