Saludo muy cordialmente a cuantos habéis querido acercaros a este auditorio para escuchar el pregón de la Semana Santa 2026. Saludo con particular afecto a todos los nazarenos y nazarenas de Cuenca, pues a vosotros de manera especial van dirigidas estas palabras, tradicionales en la tarde noche del Viernes de Dolores, tras haber honrado en su santuario a la Virgen Madre de Dios, Nuestra Señora de las Angustias. Al Señor de la Cruz, Jesús hijo de Dios y hermano mayor nuestro, y a ella, Madre muy amada de los Dolores, dedico estas pobres palabras.
Pero, comencemos sin más preámbulos el pregón.
DOMINGO DE RAMOS. PROCESIÓN DEL HOSANNA
Algo se presiente. Lo intuyen los miembros del sanedrín, los jefes de los fariseos, los soldados romanos. Y también los Doce, los discípulos, que aparejan a toda prisa la borriquilla que han pedido prestada a algún conocido bajo indicación de Jesús. Los peregrinos que van llegando a la ciudad Santa para celebrar la Pascua, entran solemnemente, cada vez más numerosos, por la Puerta Dorada, la Puerta de Oriente, la que lleva al Huerto de los Olivos y a Betania y a Betfagué. Jesús entra en la ciudad santa, rodeado de sus discípulos que se unen con sus voces a los cantos mesiánicos de los demás peregrinos. Han ayudado a Jesús a subir al borrico, han extendidos sus mantos por tierra y han cortado ramas de los árboles para engalanar el camino. No faltan los niños que cantan, gritan mejor, llevados por el frenesí del momento.
La procesión del Hosanna o de la Borriquilla -que sale puntual de la antigua iglesia de San Andrés-, lleva ya un buen rato en la calle. Jesús, rostro sereno, actitud soberana y humilde, mirada pacífica, monta con sencilla gallardía el animal que han puesto a su disposición, sin rehuir el homenaje que el pueblo le tributa.
En seguida, la imagen bellísima de Nuestra Señora de la Esperanza, con su manto verde esmeralda, es objeto de las miradas de afecto de los fieles. Los banceros la mecen con cuidado, conscientes de que “ellos” somos “todos”. Largas, muy largas las filas de nazarenos, hombres y mujeres. Niños. Muchos niños con sus hábitos y capuces blancos. Bandas de cornetas y tambores anuncian de lejos la llegada de los pasos. Parada ritual en San Felipe. Fervor, agitar de palmas cuando las sagradas imágenes hacen acto de presencia en la Plaza Mayor atestada de fieles. Suenan los himnos de rigor a la entrada de Jesús y de su Madre Santísima en la Santa Iglesia Catedral de Cuenca. Misa solemne. Con abundante presencia de Hermanos.
Qué fácil resulta sumarse al cortejo que forma la multitud en el momento del triunfo; la multitud que, entusiasta, canta: ¡Hosanna! Más difícil permanecer junto a Jesús en el momento de la caída en desgracia de un pueblo veleidoso, que tan pronto aclama y vocifera el nombre del Maestro, como lo abandona a su suerte, se acobarda y calla cuando es injustamente tratado. No pide el Señor que lo defendamos a gritos, que acallemos con más gritos los de quienes no lo quieren como rey, gritos, preñados de la misma violencia con la que se pretende silenciar por la fuerza el homenaje al Nazareno. Vienen a la mente las palabras de Jesús a Pilatos cuando este lo interrogó sobre su condición regia. Con demasiada frecuencia, queridos hermanos, nos dejamos impresionar por la opinión ajena que nos intimida hasta el punto de inducirnos a traiciones vergonzosas, cobardes. Miedos al qué dirán, a parecer “demasiado” cristianos: excusas con la fácil evasiva del conocido “así hacen todas”. Cristianos débiles, veletas, sin criterio, por más que de él presuman, que cambian actitud y comportamiento, que varían el tono y el contenido de su discurso según sople el viento, incapaces de sentirlo de frente. ¡Qué lejos Juan, el Bautista, de las medias verdades, de ambigüedades, de actitudes equívocas, de compromisos que quieren agradar a todos…, sin lograrlo nunca!
LUNES SANTO. PROCESIÓN PENITENCIAL DEL SANTISIMO CRISTO DE LA VERA CRUZ
Ha terminado la Santa Misa en la Catedral, celebrada para los Hermanos de la Hermandad del Santísimos Cristo de la Vera Cruz. Celebración esencial, sin adornos, presidida por la sobriedad. Muchos se acercan a recibir la Sagrada Comunión. Ambiente especial, recogido. Se va organizando la procesión. Austero el paso, flanqueado por cuatro hachones en los ángulos. El Calvario, estricto, riguroso, sobre él unas pocas plantas secas. Pareja al Calvario la arquitectura del paso.
Y la Cruz con el Crucificado, esbelta, bella, distinta. Suaves sus formas, su rostro, su mirada. No tiene la dramaticidad de nuestros Cristos. No posee su violencia interna, la violencia de la agonía, ni tampoco la impresionante seriedad de nuestros Cristos muertos. ¡Santísimo Cristo de la Vera Cruz! Mirada apagada, de aceptación orante, rendida a la voluntad del Padre; mirada de alma y cuerpo exhaustos después del gran combate, del grito final elevado al cielo sin obtener respuesta. Padre: “¿Por qué me has abandonado? Pregunta que no espera más respuesta que el silencio de una presencia amiga. Por qué de Cristo en la Cruz que recoge todos los “porqués” de los hombres a lo largo de la historia. Pregunta que en Jesús hace de antesala del abandono total a la voluntad del Padre: “¡A tus manos encomiendo mi espíritu!” A tus manos me confío, a tus manos omnipotentes creadoras; a tus manos vigorosas que sostienen el mundo; a tus manos de padre que levantan del polvo de la tierra; a tus manos piadosas que trituran el pecado; a tus manos dulces que abrazan y acarician. ¡A tus manos encomiendo mi espíritu! ¡Hermanos!, ¿dónde mejor poner nuestras vidas, dónde mejor relajar nuestras inquietudes, dónde encontrar mejor apoyo cuando nada vale ya a sostenernos, dónde mejor respuesta a las preguntas, a los tantos porqués que querrían rasgar la obscuridad para encontrar una respuesta que dé algo de luz: luz para la muerte, para el dolor, para los sufrimientos de los cuerpos y de las almas, para la injusticia, para los niños condenados a muerte antes de nacer, para los ancianos que no madurarán con la muerte natural, para las mujeres humilladas, para los jóvenes rotos por la droga y la pornografía, para la libertad que busca horizontes de vida y que muere ahogada en el mar de las muchas esclavitudes que nos amenazan. ¿Dónde, si no es en las manos cálidas del buen Dios, encontraremos luz, bálsamo, consuelo, para los corazones desgarrados de tantas madres que lloran los hijos muertos por la violencia de las armas, para las hambres que matan, para tantos “lázaros” que yacen a nuestros pies, para las mesas vacías de las que no caen ni siquiera migajas para el pobre; luz para tantas hombres y mujeres humillados en su dignidad? Luz, Señor, te pedimos. Luz, aunque sea tenue, apenas una chispa, que elimine la desazón que nos causan tantas preguntas sin respuesta. Luz, el calor de tus manos, de tus brazos de Padre que abrazan sin palabras: porque ellos son la respuesta.
MARTES SANTO. PROCESIÓN DEL PERDÓN
Diferentes, pero iguales en su aspecto adusto, severo, áspero, como de quien se las tiene que ver con el pecado múltiple, variado, refinado y grosero, ensoberbecido y mezquino, altivo y abyecto de hombres y mujeres, contra los que Juan, “el mayor de los nacidos de mujer”, alza resuelto su dedo acusador que invita a reconocerlo y confesarlo para alcanzar el perdón. Historia de los hombres constelada de gestos heroicos, pero envilecida, a la vez, por miserias y traiciones, por los síes no mantenidos, por promesas fallidas, por arrepentimientos efímeros. Aunque duelan sus palabras, nos hacen bien los “bautistas” que nos recuerdan la verdad de nuestros pecados y no ceden a la tentación de limar su gravedad, ni admiten justificaciones fáciles. “¿Qué salisteis a ver en el desierto?” clama Jesús ¿Una caña agitada por el viento? ¿un hombre vestido con lujo, blando, comodón?
No es así Juan Bautista: aspecto viril, mirada fuerte, tensa, brazo poderoso que vierte agua sobre el cuerpo desnudo del Señor. Bautismo de Juan que no tiene el poder necesario para borrar el pecado que denuncia sin eufemismos ni tapujos (“Id y decid a esa zorra… había dicho refiriéndose al rey Herodes). Juan que se resiste a bautizar a Jesús, porque sabe que solo su pariente, Jesús de Nazaret, solo él, es “el Cordero que quita el pecado del mundo”. Las aguas del Jordán no santifican al que es “el Santo de Israel”; es este quien da a las aguas del río la fuerza sanadora, que limpia y purifica del pecado. El agua del bautismo es Jordán inagotable en el que los hombres se purifican y lavan sus pecados. ¿Por qué retardar la purificación, el lavado que da la gracia y nos llena de la luz nueva de Cristo? Ssmo. Cristo de la Luz –de los Espejos-, luz que disipa tinieblas, que refleja los esplendores del perdón divino en el corazón contrito del pecador lo devuelve a la luz y lo inunda de gracia. ¿Querrás tú seguir embozado en tus pecados y caminar obcecado en la tiniebla, con la tristeza de Judas que se cierra al perdón, que, aun confesando su miseria, desespera y se ahoga en sus propias lágrimas que no logra derramar implorando piedad? Ábrete a la suave bondad de Dios, como Pedro, pecador también él, como tú y como yo, pero que llora su pecado con lágrimas de dolor que queman como ríos de lava que descienden por sus mejillas, sin que nada las pueda refrenar. Judas, apóstol, uno de los Doce, encerrado en su miseria; Pedro, el primero de los discípulos; Pedro que vuelve al amor primero, tan lejano en la traición, tan cercano en el perdón.
Y Nuestro Padre Jesús Nazareno de Medinaceli, coronado de espinas, larga cabellera que cubre sus espaldas, manto de delicados bordados que protege su cuerpo desnudo de miradas indiscretas; ojos de mirada intensa, serenamente triste que dicen piedad; boca entreabierta que perdona con voz queda como una caricia. Jesús cautivo y libertador. Cautivo por nosotros, libertador para todos.
Cierra el desfile de la procesión del Perdón la bella imagen de María, Nuestra Señora de la Esperanza. Preciosa la corona sobre su cabeza, pero más preciosa su faz dolorida, de inmensa pena, surcada por una lágrima que escapa de sus ojos. Sale instintivo decirle: ¿Por qué lloras, Madre? ¿Por qué esa tristeza que se pega al alma como la niebla a la montaña? ¡Madre de la Misericordia! Tú y yo recitamos, compungidos, la estrofa del Stabat Mater dolorosa: “¡Oh dulce fuente de amor!,/ hazme sentir tu dolor/ para que llore contigo. / Y que por mi Cristo amado/ mi corazón abrasado/ más viva en él que conmigo”.
Se acerca al zaguán de palacio sobre los hombros de banceros fuertes, ocultos bajo su capuz, que no quieren robar miradas a aquella en cuya poderosa intercesión ponemos nuestra esperanza. La mecen, casi la acunan, con respeto infinito “los hombres sin rostro”. Y no podemos apartar ya los ojos de los suyos que lloran por el Dios hecho hombre y por nosotros. Los “hombres sin rostro” hacen un medio giro con paso seguro, para embocar la entrada del zaguán de palacio donde, revestido de pontifical, la espero para recibirla en casa y cobijarla durante unos minutos mientras los fieles descansan. Me iré de Cuenca cuando Dios quiera, pero ese momento vendrá conmigo. Después, cuando reemprende la procesión, la acompaño hasta los arcos: que no es cosa fácil arrancarse de ella.
MIÉRCOLES SANTO. PROCESIÓN DEL SILENCIO
Siete estampas de la Pasión salen hoy a nuestro encuentro. Unas suben la empinada cuesta de Alfonso VIII, otras descienden por la calle de San Pedro hasta encontrarse todas en la plaza Mayor, e iniciar después, juntas, el descenso hasta la parte baja de la ciudad.
Abre la marcha el paso de la Venerable Hermandad de la Santa Cena. Los Apóstoles -¿pasmados?, ¿perplejos?, ¿admirados?- asisten a lo que acontece en el cenáculo. Primero, el gesto de Jesús que se pone a lavar los pies de los discípulos, secándoselos después con la toalla con que se había ceñido. No entienden nada los discípulos. Han olvidado ya las palabras de Jesús a Santiago y Juan, y a su madre, con las que corrige con vigor su ambiciosa actitud: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero, que sea vuestro esclavo” (Mt, 20, 25-28). No debieron quedar muy convencidos los discípulos. Lo demuestra a las claras San Pedro con su actitud casi insolente. ¡Cómo!, dice, ¿lavarme tu a mí los pies? ¡De ningún modo! Y a pesar de las mansas palabras de Jesús: “Lo que yo hago, tu no lo entiendes ahora, lo comprenderás más tarde”, Pedro se reafirma en su postura: “No me lavarás los pies jamás” (Jn, 13, 4 y ss). Con cuanta frecuencia el poder se desfigura y se hace dominio, imposición de la propia voluntad, ocasión para provecho propio, o simple y vanidosa autoafirmación. También a nosotros nos puede repetir el Señor lo que a Pedro y a los demás Apóstoles: “Si yo el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros”. Es la actitud que debe presidir el ejercicio de todo poder, que no queda justificado sin más por obtenerlo legítimamente, sino por la voluntad de ejercerlo en servicio de los demás. De lo contrario estaríamos ante un abuso de poder, da lo mismo que sea este civil o religioso.
La contemplación del paso de la Última Cena con la inquietante presencia de Judas el traidor, nos hace pensar en cómo nos acercamos a participar en la Mesa del Señor, y nos recuerda la seria advertencia del Apóstol Pablo: “Quien come y bebe sin discernir el cuerpo (del Señor) come y bebe su condenación” (1 Co, 11, 29). La Eucaristía no es un banquete cualquiera, ni un acto solidario más, ni algo protocolario, ni una comida de amigos, ni un acto simplemente social. La participación en ella es acto saludable, pero también letal si no se recibe limpio de los propios pecados.
Sigue en la procesión del Miércoles Santo la imagen de Jesús orando en el Huerto. La hora del silencio de Dios. Noche cerrada. Jesús solo. Inicia su Pasión. Envolviéndolo, el pecado de los hombres en todas sus formas, las más sutiles y las más aberrantes, las hijas de la debilidad y las engendradas por el odio; vaharadas unas de soberbia, hinchazones otras de orgullo; injusticias flagrantes, crímenes que humillan más al que los comete que a quien los sufre; desprecios, humillaciones, mentiras que impiden la mutua confianza, guerras con su cortejo de pasiones desatadas, violencias inhumanas, libertades desbocadas con apariencia de derecho… Cristo solo. Noche cerrada. Escalofríos, espasmos incontrolados. Y los suyos, dormidos a la entrada del huerto. ¡Amigos dormidos en la hora del enemigo!, dormidos mientras el Maestro sufre solo. Más despiertos los sembradores del odio que los hijos de la luz. El peso de las ofensas lo doblan hasta el suelo. Aun así, ora, ora en el huerto solitario, y su oración es un gemido, una súplica: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz”; parece un momento de debilidad; pero no, se rehace, “más no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42), aunque sigue sudando, y ahora no sea agua sino sangre lo que brota de todo su cuerpo. Ha superado la prueba y, como hace tres años en el desierto, ángeles lo socorren. Superada la dura prueba, llega siempre la paz. A veces alguien puede pensar que las cosas se hacen solas, que las guerras se ganan sin sangre, que los campos dan buen fruto en vez de abrojos cuando no se labran, que el bien se extiende mientras seguimos sentados en una cómoda poltrona. Es más cómodo dormir, no hacer nada; pero sin el empeño y el sacrifico de algunos, nunca llegará el alba de un nuevo día, de una sociedad mejor.
Ahora son de color blanco túnicas y capuces. Es El Prendimiento (Beso de Judas). La escena pone carne de gallina. Jesús sereno, con mirada sumisa, con las potestades ciñendo su cabeza, su brazo derecho cae flácido a lo largo del costado, mientras el izquierdo se recoge, casi sin fuerza en torno a la cintura. Gira ligeramente su rostro como invitando a Judas a que lo bese, facilitando el gesto que puede devolver la paz y la luz a su alma ennegrecida. Judas le deja hacer, no lo rechaza, aunque el beso le queme la mejilla, porque ese beso no es señal de amor sino gesto de traición anunciada. Judas besa a Jesús, que responde con palabras de amigo traicionado. Más que queja, parecen lamento, suspiro hondo, quejumbroso, de amigo que invita a la conversión: “Judas, (¡lo llama por su nombre!), ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?” (Lc 22, 48). No se conmueve Judas ante las palabras de Jesús que parecen decirle: Judas, amigo, ¿tú, a quien elegí como discípulo? ¿tú, que me has visto curar al ciego, limpiar la lepra, enderezar los miembros tullidos, resucitar muertos; ¿tú, que has escuchado mi palabra, comido a mi mesa, asistido a mi entrega sin reservas…, tú me traicionas? ¿con un beso? ¿haciéndote pasar por amigo cuando me has vendido por 30 míseras monedas de plata? Sólo una pregunta: ¿Por cuánto lo hemos vendido tú y yo? ¿Cuántas veces? Quizás ya no te sorprenda tanto la villanía de Judas.
Las Venerables Hermandades de San Pedro y de la Negación de San Pedro descienden solemnes desde su templo por la calle del mismo nombre al encuentro de los restantes pasos de la procesión de El Silencio. Compungido el rostro de Pedro que, de pronto, ha tomado conciencia de la negrura de su traición; arrepentido, aunque quizás cuente más la tristeza de la propia decepción que la ofensa hecha; desesperado hasta que no encuentre en su camino la mirada piadosa de su Señor. Ahora percibe la dimensión exacta de su cobarde negación y descubre que no basta el ímpetu de un momento que lo lleva a herir al criado del sumo sacerdote. Su traición se suma y se asocia a la de Judas; y descubre su fragilidad, lo poco que se necesita para hacer que cedan nuestras lealtades. No huye a las primeras de cambio lejos de la tentación y se derrumba estrepitosamente. ¡Nazareno!, ora, pide fuerzas, y no te expongas a la derrota: “no nos dejes caer en tentación, mas líbranos del mal”.
Ecce homo de San Miguel, recia figura de Jesús, mirada apagada fruto del tormento sufrido a manos de los despiadados sayones que han descargado su ira sobre Jesús; lo han flagelado sin ninguna humanidad, han escupido y abofeteado su rostro hasta desfigurarlo –¡el rostro del más hermoso de los hijos de los hombres! (Sa 45)-, lo han coronado de espinas, han cubierto su desnudez con una clámide de color púrpura. Y de esa guisa lo han presentado ante Pilatos, que, ante la multitud que pide enfurecida su muerte, se limita a decir: “He aquí al hombre!”. Palabras de desdén: ¡tanto revuelo por esto! ¿Seguiremos tomando el pecado por algo sin importancia, por un error sin mayores consecuencias, por la transgresión sin más de una ley? Ponte, te invito, ante esta sagrada imagen y pregúntate, si tienes coraje para ello.
El paso de Nuestra Señora de la Amargura y San Juan Apóstol cierra la procesión de este Miércoles Santo, envuelta en el silencio de un drama que apenas ha iniciado y se hace cada vez más intenso. La rica y hermosa corona sobre la cabeza de María Santísima no logra borrar de su rostro el rictus de tristeza que lo cubre. Y mira al suelo; ¡que ya no sufre más ver a su hijo en el estado en que nosotros, los hombres y mujeres de todos los tiempos, lo hemos dejado! Mira al suelo, pues siente vergüenza por la cobardía, rebelión, y vileza de quienes, a pesar de todo, somos sus hijos. Y caen de sus ojos lágrimas de dolor que toda madre vierte cuando ve sufrir a un hijo. Cruza sus manos sobre el pecho, delicadas, suaves de tanto llevar en ellas al hijo del Dios Altísimo. Cruza sus manos sobre el pecho como queriendo abrazar con ellas el dolor de cuantas mujeres sufren solas. Nuestra Señora de la Amargura, de la pena, honda y negra, que se vuelve ajenjo en su boca. Solo la presencia de Juan le sirve de alivio y le hace olvidar su dolor, el suyo, para hacerse cargo del nuestro. Juan levanta apenas la mano y alza su dedo al cielo para pedirnos: ¡dejadla sufrir en silencio!, que no hay dolor como el suyo. ¡Dejadla sufrir en silencio!; que solo tu propio silencio puede decirle a esa madre que tú quisieras llorar para aliviarle el dolor, aunque tú lo sufras por dentro.
JUEVES SANTO. PROCESION DE PAZ Y CARIDAD
Tarde larga como una sombra cuando el sol palidece y está para dormirse tras el horizonte.
La hora tremenda de Jesús orando en el Huerto de los Olivos, la hora del sufrimiento sin límites, la hora de los sueños inoportunos de los suyos, la hora de la entrega sin condiciones de Jesús en las manos del Padre, la hora de la prueba, de la tentación que es dolor insoportable, que hace que el cuerpo y no solo el alma, sangre. La hora del enemigo está para terminar. Y un ángel, como en las tentaciones del desierto, viene en auxilio de Jesús. En la tierra no ha encontrado socorro ni ayuda. Los suyos se han dormido cuando menos debían hacerlo. El cielo viene en ayuda de Jesús. Y el ángel recoge en el cáliz la primera sangre de la Pasión.
¡Qué gratificante la mano amiga en el momento del sufrimiento en soledad, en la hora del abandono, en la hora en que se agradece hasta un sorbo de agua! Consolar al que llora, acompañar al que sufre, visitar al enfermo, juntarse al deshonrado injustamente, al calumniado, al maltratado por la vida… o por su mala cabeza. Trazos del alma cristiana fácil a la compasión, que descubre a Dios presente en el que sufre, que ve su rostro en el pobre, en el descartado de la sociedad. Y sabemos que eso no es fácil, y sentimos la vergüenza de mirar tantas veces para otra parte.
De seguido, se recorta en el aire la figura de Nuestro Padre Jesús Amarrado a la columna. Brazos nervudos, manos fuertes, torso robusto, que contrasta con la mirada de impotencia, de humanidad doblada por el sufrimiento, perdida, incapaz de fijeza. Cristo atado, privado de libertad, sometido a la voluntad de los hombres. Aquel por quien han sido hechas todas las cosas, Cristo Señor del universo, atado a una columna. Pero no ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en su Pasión. No hay nada que obligue, que vincule o que ate más que el amor; nada más fuerte cuando es auténtico Y la Pasión del Señor es entrega total, cumbre de amor; si este falta, solo hay necesidad que obliga, indiferencia inoperante. Su presencia habla de libertad. Nadie puede obligar a otro a amar ni tampoco ser obligado a ello. El amor no se impone. Es libre y libremente se da. Nada tiene que ver con el capricho, con la sinrazón, con el antojo o con el simple gusto. Libertad se opone a esclavitud; es dominio, señorío sobre uno mismo y sobre los propios actos: rey en la propia casa. El amor no es egoísmo, amor falso; es don, entrega, con frecuencia sacrificio y siempre regalo, don a los demás. Por eso amor y libertad van juntos. Pecado y esclavitud también.
Es bella la imagen de Nuestro Padre Jesús con la Caña. Su cabeza coronada de espinas, la mirada serena, el gesto de paz, la caña con la que golpean su cabeza como burda imitación de un cetro real, sus manos ligadas por la cuerda, por el desamor de los hombres. Como si se pudiera impedir que dé luz a los ciegos poniendo en los ojos un poco de barro, o que resucite a los muertos con el simple gesto de tocar el féretro, o que cure todo tipo de enfermedades con solo imponer las manos sobre quienes están aquejados de ellas. Cristo befado, despreciado, reparando por nuestros miedos al qué dirán, al comentario irónico, a la risa maliciosa, que condiciona comportamientos y lleva por caminos que no se querrían pisar.
Mirada a lo alto del Santísimo Cristo del Ecce homo de San Gil. ¿Quién puede penetrar la hondura de esa mirada dirigida al cielo en oración por los hombres? ¿Quién puede expresar con palabras esa muda conversación con el Padre? La sangre baña su frente y discurre por su rostro. También sus manos acusan la presencia de las heridas, ¡tantas!, en su cuerpo maltrecho. Sus brazos se entrecruzan sobre el pecho resaltando la humildad con que sube al Padre su oración. Aunque no fuera el Hijo amado del Padre, nadie dudaría de que su oración será acogida. Lo dice esa mirada tan llena de contenido como imposible de descifrar por entero. Solo por esa mirada, Luis Marco Pérez merecería un monumento como uno de los grandes. ¡Yo se lo levanto en mi memoria y en mi oración!
Nuestro Padre Jesús caído y la Verónica. Momento de profunda emoción. Sale, valiente, una mujer de entre las filas que acompañan el cortejo que conduce a Jesús al Calvario. Una mujer sin nombre. El de Verónica sirve solo para recordarla como aquella que recibió la imagen de Jesús en el paño con que limpió su rostro. Mejor así; ella es una más de las mujeres innominadas del Evangelio. Corazón sensibilísimo el de aquella mujer, Verónica, que no pudo resistir el impulso de su piedad hacia aquel condenado a muerte que, como cordero inocente, era llevado –mejor, se dirigía- al lugar del sacrificio. Se acerca a Jesús y enjuga su rostro. El Señor aún tiene fuerza para levantar su cabeza y regalarle una mirada de gratitud. Y en el lienzo que limpia su divino rostro queda milagrosamente impreso el rostro de Jesús. Hoy se nos pide a los creyentes no tanto que hablemos de Cristo, sino que lo hagamos ver. Para eso es imprescindible que nosotros mismos seamos contempladores del rostro de Cristo (cfr. San Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, n. 16), y que nuestra vida lo refleje.
Nuestro Padre Jesús Nazareno -del Puente–. Jesús por tierra, abatido, exhausto. Han hecho bien en forzar a aquel hombre que venía del campo –Simón de Cirene dicen que se llama-, para que ayude a Jesús a llevar la Cruz. Hace ya un largo rato que camina con dificultad, doblegado por el peso de la Cruz. Cada traspiés hace que hiera más su hombro y se clave en él causándole agudo dolor. La marcha se hace cada vez más penosa. En cualquier momento puede desfallecer y caer por tierra. El Señor se aferra al madero y consigue dar unos pasos. Quizás el centurión que manda los soldados se compadece del sufrimiento del condenado a muerte y le procura la ayuda de Simón, que hace más llevadero el suplicio.
¡Cómo mitiga el sufrimiento la compañía de alguien que participa del propio sufrimiento! ¡Cómo ayuda a seguir adelante verse sostenido cuando quizás otros desertan…, y debían estar a tu lado! ¡Qué doloroso el abandono que sufre el enfermo que está solo, el injustamente acusado, difamado, calumniado! ¡Qué estéril la excusa del que se ausenta de tu lado cuando lo necesitas, porque dice no tener tiempo o se escuda en sus múltiples tareas, o acalla su conciencia diciendo que sus importantes obligaciones no admiten retraso! ¿Cómo evitar que venga a la mente la parábola del buen samaritano? A veces basta poco, una palabra de ánimo, una caricia amable, el apretón de la mano, una sonrisa de afecto, unos minutos de compañía, para atenuar la soledad y mitigar el sufrimiento. ¡Cuesta tan poco!
La noche del Jueves Santo, rota por las luces de las tulipas, envuelven la bella imagen de –Nuestra Señora de la Soledad del Puente– protegida por palio de hermosos bordados. Bajo él recorre -¡siempre Señora!- las calles de Cuenca, recogiendo las oraciones de sus hijos. Bellísimo el rostro de María enmarcado en fina toca blanca, por el que resbalan lágrimas de dolor. ¡Pero cuándo dejan de sufrir las madres por sus hijos! Sus ojos casi entornados, como negándose a contemplar el cuerpo flagelado de su Hijo. El ceño fruncido, señal de tremendo dolor. ¡Nuestra Señora de la Soledad! También ella, como Jesús en el Huerto, sufre sola, porque no hay quien pueda siquiera explorar la magnitud del dolor de María. Dolor de madre, sí, pero dolor de la Madre de Dios. ¿Quién sabe cuánto, y sobre todo cómo, sufre la que es bendita entre todas las mujeres, la llena de gracias y de gracia? ¿Quién sabe cuánto, y sobre todo cómo, sufre el corazón que ha sido cuidadosamente modelado por el Espíritu Santo, Espíritu de amor? Solo sabemos que la capacidad de sufrir crece en proporción a la capacidad de amar.¡ Y es tan grande la de María!
VIERNES SANTO.
PROCESIÓN CAMINO DEL CALVARIO
Viernes Santo. Dolor que penetra cuerpo y alma en su frialdad de muerte, que parece envolver la ciudad y hacerla enmudecer. Dolor, crespones negros, sonidos desabridos que no alcanzan a acallar el drama que no se quiere ver. La noche, perezosa, se niega a dar paso a la luz. Tampoco la noche quiere ver. Muy temprano, todavía por rayar el alba, a las puertas aún cerradas de la iglesia parroquial de El Salvador, comienza a escucharse el murmullo creciente de las Turbas, el sonar agudo, destemplado, de los clarines y el bronco, monótono, retumbo de los tambores, que esperan ansiosos el momento de la “clariná” que se prolongará a lo largo de las primeras horas del Viernes Santo. Es el momento de la humillación, de los viles insultos, de las burlas infamantes. Todos participan en el cruel escarnio: los soldados, la autoridad civil, Pilatos; la autoridad religiosa, los sumos sacerdotes; los escribas, doctores de la ley, los ancianos; más tarde, incluso los bandidos que estaban crucificados con él (cfr. Mt 27, 44). Una vez tirada la primera piedra, es fácil sumarse al linchamiento. Es la valentía de los cobardes, el coraje de los pusilánimes. Cuánta traición por el terror a ir contracorriente, a dar la cara, a que se cierren puertas de ascenso en la escala social o profesional, económica, académica o política. Miedo a quedarse solo. Mejor ocultarse al calor de la multitud.
Se abren las puertas de la Iglesia de El Salvador y comienza, no sin dificultad, la marcha procesional camino del Calvario en medio de la barahúnda y del estrépito. El desfile lo encabeza la sagrada imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno de El Salvador, cargado con la pesada Cruz, que le ayuda a llevar Simón de Cirene. Jesús la abraza y sigue su camino entre tropiezos y caídas. Cuesta ser fiel a Dios, llevar la cruz de cada día, la cruz de la contrariedad, del sufrimiento. Cuesta. ¿Tanto como a Él?
Es el más joven de los Apóstoles. Juan, y solo él permanece junto al Maestro en la hora del abandono general. ¡Y luego dicen que no es posible una entrega total apenas salidos de la adolescencia! Nadie ha dicho que seguir a Cristo de cerca sea tarea fácil; pero, no intentarlo, al menos, es muestra de ánimos encogidos que no han entendido la exigencia que encierran las palabras de Jesús: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt 16, 24).
La Venerable Hermandad de Nuestra Señora de la Soledad -de san Agustín- cierra la procesión “Camino del Calvario”. Solemne bajo el palio que la cobija y custodia su dolor. Manto de luto, aunque lleve corona de reina. Transida de dolor, herida en su corazón por siete crueles espadas, porque una sola no basta para causar tanto dolor. Lágrimas de compasión más que de dolor en su hermoso rostro. Sus manos se juntan sobre su pecho. Un rosario cuelga de ellas. La acompañamos en silencio, con inmenso respeto. Es el dolor de una madre, el dolor de todas las madres que sufren por sus hijos. Es el dolor de María a quien nos confió Jesús en la Cruz: “¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!”. María llora por Él y por ti. Silencio.
EN EL CALVARIO
La Cruz, el desfile de la Cruz Santa. El Santísimo Cristo del Perdón, la Exaltación, el Santísimo Cristo de la Agonía, el Ssmo. Cristo de la Luz o de los Espejos, el Ssmo. Cristo de la Salud, el Descendimiento. Última Ella, la Madre, Virgen de las Angustias. Todo su ser atravesado por un dolor que ahoga, sofoca, asfixia. No muere porque todavía tiene mucho que sufrir, porque le queda, todavía, mucho amor que dar. Ahora a nosotros, porque Jesús la hizo madre nuestra. La Cruz, el corazón de Jesús atravesado; el de tantos hombres y mujeres astillado en las mil formas que asume el dolor: las injusticias, abusos, traiciones, desprecios, desamores, violencias, guerras, mujeres violentadas, humilladas en su dignidad, pobrezas hirientes, enfermedades del cuerpo y del alma, guetos de miseria, campos de concentración, sufrimiento, dolor. No falta quien se revuelve contra Dios ante lo que llaman el “escándalo del mal”. Pero la Cruz es, más bien, el “escándalo del bien” para quien no lo merece, del amor infinito, incomprensible para nuestras cabezas cortas de luces, y para nuestros corazones siempre en excesos de egoísmo y de amor propio.
Viernes Santo. La Santa Cruz. Te adoramos, decimos con la Liturgia de hoy, ¡te adoramos, oh Cristo, que por tu santa Cruz redimiste al mundo! La fe no niega el sufrimiento, ni lo glorifica en un ejercicio de inadmisible masoquismo, pero nos dice que el sufrimiento no es la última palabra. La Cruz de Cristo encuentra su razón última, ¡luminosa!, en su infinito amor. Costosísimo acto de amor que solo es posible desde la libertad más plena, desde el absoluto señorío de la entrega de uno mismo. Difícil, imposible de entender para quien no ama de verdad. El sufrimiento, el dolor, las heridas corporales y espirituales no quedan fuera del foco de luz que irradia la Cruz que preside la procesión en el Calvario. La Cruz ilumina el sufrimiento humano y disipa su tiniebla. Se ha dicho con notable acierto que el cristianismo no anuncia solo a un Dios todopoderoso que suprime el sufrimiento, sino a un Dios que lo comparte, lo carga sobre sí y lo hace fecundo: “por las heridas de Cristo hemos sido sanados”.
SANTO ENTIERRO
Noche cerrada. Tiniebla. Soledad. Llanto. Muerte. Procesión del Santo Entierro. La Cruz Desnuda. Sin Cristo. La Cruz de cada uno. Jesús en los brazos de su Madre bendita. ¡Ved si hay dolor como el dolor mío! Con su mano extendida, parece implorar: ¡no estorbéis mi dolor! ¡Dejad que llore! En las lágrimas de esa madre, digna, con serena entereza, veo y venero el llanto de tantas madres, las lágrimas fruto del cariño no correspondido, del amor que no encuentra comprensión, de las fatigas que no reciben reconocimiento, de la vida entregada que ni siquiera demanda gratitud, del sacrificio escondido, humilde, callado que ni todo el oro del mundo podría pagar y que se contenta con una caricia, con una palabra, con una sonrisa, con una mirada. ¡Qué bien, que hermoso y qué necesario que existan las madres! Al menos un Ave María cuando te retires a descansar, para agradecer que haya querido ser también madre nuestra la que es Madre de Dios.
Santo Entierro. Jesús bajado de la Cruz y depositado en el sepulcro aún no estrenado. Nicodemo y José de Arimatea dan la cara. No han presumido nunca de discípulos del Maestro de Nazaret, ni del poder sanador de sus manos y palabras. Se hacen presentes ahora, cuando “se la juegan”, ante el Sanedrín y ante el gobernador romano. Su actitud y decisión son un ejemplo y un modelo. Se ha dicho con razón: “Cuando no se está dispuesto a dar la vida por la Verdad, es que esa verdad ni siquiera ha entrado en el umbral de nuestro pensamiento”. ¡Y el que esté sin pecado que tire la primera piedra!
SABADO SANTO
La Semana Santa se encamina a su fin. Maria vive su dolor, hace su peculiar duelo en una soledad acompañada por el silencio de los Apóstoles. Con María, compartiendo sufrimiento, las santas mujeres que la acompañaron al pie de la Cruz.
Bienaventuradas mujeres que consuelan, que unen su dolor al de María, aliviándolo. Bienaventuradas las almas compasivas, cuantas comparten el dolor ajeno y así lo mitigan. Obra silenciosa de finísima caridad. Sin suprimirlo, lo hacen más llevadero. Santas Marías. Consuelan a la Madre de Dios -¿o son consoladas más bien por ella?- que las acoge en su agudo y sereno dolor, apaciguado por la esperanza. Apaciguado, reserenado como las aguas impetuosas del río en el remanso de la fe que abre a la esperanza. Cae la noche del Sábado Santo.
DOMINGO DE RESURRECCIÓN. EL ENCUENTRO
Caminan lentamente, uno al encuentro del otro. La luz del Resucitado ilumina su rostro transfigurándolo como en el Tabor. Algo nos dice que ya no es de este mundo. “Vuelvo a mi Padre y vuestro Padre”. Ha vuelto allí de donde salió. María, serena, humilde y espléndida en la luz de su Hijo, camina hacia Él. Y con María, madre de todos los hombres, la humanidad redimida. “Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy estéis también vosotros” (Jn 14, 3). La esperanza es cierta, el final será el encuentro. Anclados fuertemente en la esperanza, en la seguridad del final victorioso, ahora esperamos solo que nos llegue también a nosotros. Vamos a su encuentro, como María. Ella ya ha llegado; muchos de los nuestros -que sean todos pedimos en esta hora- han llegado con ella. ¡Nosotros esperamos estar con ellos, ellos esperan estar con nosotros!
Nazarenos, conquenses todos, ¡feliz y devota Semana Santa 2026! Gracias.




