Queridos hermanos:
Un año más, celebramos la memoria de nuestro santo Patrón san Julián, con el rigor de los fríos de enero como marco habitual de este día.
Movido por la reflexión de un buen amigo y reconocido jurista, también yo me he hecho la pregunta que él se hace en uno de sus libros y que quizás brota también en el corazón de algunos, aunque todos los cristianos deberíamos hacérnosla: ¿Qué sentido tiene hoy para mi ser cristiano? ¿me enriquece o me limita? ¿es una mochila pesada que debo cargar sobre mis hombros o un motor que me proporciona energía?, en definitiva, ¿qué me aporta la fe? ¿es solo algo que me conforta y consuela en momentos difíciles como una desgracia, la enfermedad, la muerte? ¿No está ya siendo sustituida, incluso en esos momentos fuertes, por la ayuda psicológica? ¿Aporta algo a la sociedad, a la ciencia, a la economía, a la medicina, a la técnica, a la política, al arte, a los hombres y mujeres de cualquier lugar y tiempo? ¿Ha pasado el tiempo de la religión, de la verdadera religión? ¿Está anticuado el mensaje de la Iglesia? ¿Es obsoleta su moral? ¿Funcionaría mejor el mundo sin ella?
Acabamos de escuchar las lecturas que la liturgia nos propone para el día de hoy. En la primera de ellas, tomada del profeta Isaías, se nos enseña cuál es el ayuno que agrada a Dios: “El ayuno que yo quiero es este: abrir las prisiones injustas (…) dejar libres a los oprimidos (…), partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne”. Es decir, el ayuno que Dios nos pide es justicia, misericordia, generosidad, solidaridad. ¿Se puede decir que nuestra sociedad abunda de ellas o que no las necesita? Y prosigue el profeta: “Cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia, cuando partas tu pan con el hambriento y sacies el estómago del indigente (..) el Señor te dará reposo permanente (…), serás como un huerto bien regado”. ¿Es inútil la palabra de Dios en un mundo sometido a opresiones de todo tipo? ¿No pide una sana vida social abandonar los insultos, las mentiras, la maledicencia, es decir, el denigrarnos mutuamente, el decir mal unos de otros, el mostrar fina vista para descubrir la viga en el ojo ajeno y estar ciego para la mota en el propio? ¿De verdad funciona mejor nuestro mundo sin la fe y la moral verdaderamente humana y cristiana?
La segunda lectura da cuenta de la predicación de san Pablo a los fieles de Éfeso, en el Asia Menor. El Apóstol recuerda, una vez más, algo que ha sido tema constante de su predicación: el deber de trabajar para poder socorrer a los necesitados. Hoy resulta actual y necesario insistir en la enseñanza del Apóstol: o ¿acaso no hay hoy cientos de millones de necesitados de pan y agua, de cultura, de atención médica, de protección ante la injusticia, el abuso, la violencia? ¿No hay centenares de millones de hombres y mujeres que pasan necesidad en nuestro mundo y en nuestros días? La lectura termina con dos exhortaciones que son una sola: “Más vale dar que recibir”, “Más dichoso es el que da que el que recibe”. Necesitamos igualmente que la Iglesia nos repita hoy que el amor, la entrega generosa, hace más feliz que el desenfrenado afán de poseer, que la codicia que ambiciona lo que no nos pertenece, que conculca derechos, que esclaviza personas. Necesitamos cultivar la alegría de la gratuidad, de no poner precio a todo, de no actuar movidos solo por el beneficio, de descubrir el rostro de Cristo en los demás; necesitamos “gastarnos” y gastar en la compasión, en la ayuda a los demás, en poner nuestros dones y cualidades en su servicio, en “perder” el tiempo visitando, consolando, escuchando, acompañando. ¿No necesita nuestra sociedad aprender a ser dichoso de otro modo más altruista? ¿No es esa la predicación de la Iglesia?
El Evangelio proclamado es una vibrante llamada a una nueva visión de las cosas, a una sabiduría distinta, la del hombre de Dios que no hace depender su propia felicidad de los tesoros que puede amontonar aquí en la tierra y que una fuerte crisis puede reducir a la nada o casi; que la felicidad no depende de la fama o de la opinión que los demás puedan tener de nosotros; no depende de nuestro buen nombre; no depende en definitiva de nada que esté fuera de nosotros; depende de las. buenas obras que hacen que nuestros nombres estén escritos en el cielo.
Los tesoros de la tierra son cargas pesadas, aunque nos proporcionen otras facilidades o faciliten el lograr otros fines. Pero son cargas pesadas que reclaman atención extremada, empeño, dedicación ininterrumpida…, y no aseguran la felicidad. No es que no hayamos de preocuparnos de las cosas de este mundo, de la comida, del vestido, de la salud; pero sin olvidar que son bienes que, conseguidos, no dan sin más la felicidad, una felicidad que parece inalcanzable en este mundo porque no la da lo que uno tiene; tengas lo que tengas, poseas lo que poseas, la felicidad no está al alcance de nuestra mano, se nos escapa. Puedes conseguir riquezas, salud, ciencia… La felicidad no va aneja a esas cosas. No te agobies, pues; no ambiciones lo que no está a tu alcance. Lograr, obtener todo lo que te propones, no te dará sin más la felicidad: es un bien de otra especie, no se identifica con ningún bien concreto: estamos hecho para lo infinito, que está siempre más allá de lo que podemos alcanzar con nuestro esfuerzo. ¡No os agobiéis! No llevéis fardos pesados sobre los hombros, fardos que os oprimen con su peso insoportable. La sociedad de la opulencia es también la sociedad del nihilismo, de los suicidios; parece extraño cuando se tiene todo o casi todo solucionado. No os agobiéis con ansiedades sin remedio. Dad a cada cosa el valor que tiene, nos sugiere el Evangelio; dad a todo el valor que tiene, pero solo el que tiene.
Porque soñamos con ser Dios, y nos inventamos un nuevo ser humano, y nos tenemos por legisladores universales, y establecemos a nuestro capricho lo que es bueno y malo, y nos ilusionamos con una vida sin sufrimiento, sin esfuerzo, sin “trabajos”, larga y en perfecta juventud, plena de goces humanos. ¡Pero el hombre no es Dios!, y la realidad no se pliega a nuestros sueños, y no nos hacen salir de nuestra finitud e imperfección; necesitamos siempre de Dios, del único infinito. “Buscad el reino de Dios y su justicia, lo demás se os dará por añadidura”. Haz el bien, cumple los mandamientos que Dios nos da y… la felicidad llegará sin que la invoques, porque no se consigue directamente, sino como fruto de ese buscar la justicia. Lo demás viene por añadidura.
Volver a San Julián, padre de los sencillos, de los humildes, de los pobres, celebrar su memoria nos recuerda que el camino que él siguió, termina en la gloria. Recordarlo cada año nos serena, pacifica el alma, nos anima a seguirlo y nos mejora como personas y como pueblo. Por eso, pediría cortésmente, amablemente, volver a celebrar también civilmente a nuestro Patrono como Cuenca ha hecho a lo largo de muchísimos años sin interrupción, para que no se diluya la conciencia de los orígenes de la sociedad a la que pertenecemos, y en cuya historia San Julián representa un hito que explica y ayuda a conocer nuestra identidad.
¡Feliz fiesta de San Julián!




