Homilía del Sr. Obispo en el funeral de D. José Valencia en la Catedral de Cuenca

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Queridos hermanos:

Los miembros de la comunidad cristiana congregados en esta santa Iglesia Catedral pedimos hoy por nuestro hermano José, sacerdote, miembro del cabildo de la misma, que ha llegado al final de sus días en esta tierra. Aunque ciertos humanamente de que el Señor, en su gran misericordia, lo ha llamado junto a sí para premiarle sus buenas obras, cumplimos el deber de pedir por él , de rezar por su eterno descanso.

 

Los cristianos rezamos por los difuntos. Es lógica consecuencia de nuestra fe. No solo conservamos con afecto su memoria, adornamos con flores sus sepulcros, cuidamos de ellos, respetamos el lugar donde reposan, nos descubrimos al entrar en el lugar sagrado donde descansan, veneramos sus cuerpos y les damos sepultura en lugar sagrado, considerando su profanación como un crimen nefando. Nuestra oración por los difuntos no es fruto de una creencia piadosa, ni un deseo imposible de ser cumplido

 

Los cristianos oramos por los difuntos. Con la tristeza que causa la ausencia de un ser querido, de un familiar, de una migo; pero con serena alegría, a la vez, porque creemos en la resurrección de la carne y en la vida eterna. Creemos en las palabras que acabamos escuchar en el Evangelio que hemos leído: “Esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”. Todo el que cree en Cristo y ha procurado vivir esa vida de fe hasta el final. Son palabras eternas que no consume ni desmiente el tiempo, la cultura cambiante, el progreso de las ciencias. ¡Señor, repetimos con el apóstol, solo tú tienes palabras de vida eterna! Y así, aunque pueda resultar incomprensible para muchos, los cristianos, rezamos y cantamos en momentos como estos: “Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor”.

 

Los hombres somos materia y espíritu, cuerpo y alma. No solo materia ni solo alma. Dios mismo infundió el espíritu de vida en el cuerpo de Adán: lo hizo a su imagen y semejanza. Alma y cuerpo como una sola realidad. Alma y cuerpo unidos estrechísimamente, hacen el bien en ese mundo. Por eso el hombre entero, cuerpo y alma, recibirá el premio de aquellos que han creído en el Señor Jesucristo, Hijo de Dios: la resurrección de la carne y vida eterna. Hechos una sola cosa con Cristo, incorporados a él por el Bautismo, corremos su misma suerte si a él permanecemos unidos: si hemos muerto con él, resucitaremos con él con nuestros propios cuerpos.

 

Pero también hemos hecho el mal en nuestras vidas. Es el lado obscuro del cuadro luminoso de nuestras vidas cristianas, sacerdotales, y necesitamos implorar el perdón de Dios con frecuencia, volver a su amistad si por caso nos hemos alejado y renegado de nuestra condición de hijos de Dios por el pecado. Y aun cuando se nos hayan perdonado los pecados en el sacramento de la Penitencia o gracias, si ella no es posible, a un acto de contrición perfecta, necesitamos purificación hasta que desaparezca la última huella del pecado.

 

Sabemos que nosotros, por nosotros mismos, no podemos lograrla después de la muerte. Y la Iglesia acude en nuestra ayuda. La Iglesia de la que seguimos siendo miembros. Y ora, intercede por nosotros. Por eso oramos por los difuntos, intercedemos por ellos ante Dios nuestro Señor. Ofrecemos el Santo Sacrificio de expiación y comunión en sufragio por nuestros difuntos, para que el Señor abrevie el “tiempo” de la purificación. La de orar por los difuntos es una obra de caridad que la Iglesia cuenta entre las más agradables a Dios y sabemos que esa oración es cosa piados y santa.

 

Hoy rezamos por nuestro hermano José, presbítero. Dedicó su vida a hacer el bien a los demás. Pero necesita también de nuestra oración para que el Señor lo reciba en su gloria, bien purificado. A la Virgen del Carmen lo encomendamos. Que ella lo revista con su santo Escapulario y pueda entrar así en la gloria eterna.

 

 

 

 

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