Homilía del Sr. Obispo el 8 de septiembre de 2026, festividad de la Natividad de María. Virgen de la Estrella, Patrona de Arcas

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La Iglesia universal celebra hoy, ocho de septiembre la festividad de la Natividad de María, la madre de nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios hecho hombre. Los fieles cristianos de Arcas os habéis congregado esta tarde para honrar a la Madre de Jesús a la que veneráis bajo la advocación de Virgen de la Estrella. Lo hacéis en el atrio del bellísimo templo parroquial en el que celebramos la Santa Misa, misterio de nuestra fe. Esta celebración coincide prácticamente en el tiempo con la finalización de las obras de restauración de la torre que se yergue a un lado del ábside de la Iglesia. Sabéis que el costo de las labores de restauración hn sido financiado con la aportación da las Cofradías, el Ayuntamiento, los fondos propios de la parroquia y el convenio entre la Excelentísima Diputación y el obispado de Cuenca. A todos agradezco sinceramente vuestra colaboración que nos permite contemplar hoy en toda su belleza el magnífico complejo del templo y torre de este pueblo de Arcas. La iglesia parroquial es casa, hogar que acoge a todos, que hermana, que ahonda los vínculos de pertenencia a esta comunidad. Aquí nos juntamos los cristianos cada domingo para adorar a Dios, darle gracias y presentarle nuestras plegarias, sabiéndonos y sintiéndonos hijos de Dios y hermanos de todos. Esta tarde se refuerzan estos lazos. Ojalá que nunca se aflojen.

En la segunda lectura hemos escuchado unas palabras de san Pablo en su carta a los Romanos: “sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para bien”, todo, incluso lo que a los ojos humanos parece un mal y, con frecuencia lo es realmente. La culpa de Adán, el pecado, mal por excelencia, fue la puerta de entrada del mal en el mundo, de la muerte y de su séquito de malas consecuencias. Entró, dice el texto sagrado, luego no estaba en el mundo. Entró donde no estaba antes. Entró en el paraíso, lugar de delicias, de paz y armonía, de entendimiento, de serenidad, entro y lo arruinó todo. Pero como dice, el refrán, remedando las palabras del Apóstol: “no hay mal que por bien no venga”. El bien para el que sirvió el mal introducido en el mundo, en el paraíso, por el pecado, fue la Redención obrada por nuestro Señor Jesucristo. Sirvió para poner de manifiesto la misericordia divina, gracias a la cual fuimos restaurados; recuperamos, como este templo, la plena belleza de hijos de Dios; su imagen en nosotros fue plenamente renovada.

Hoy celebramos la natividad de María, su cumpleaños, podemos decir. Todos los aniversarios son motivo de alegría. También lo es el de María, orgullo de la humanidad, madre de Dios y de todos los hombres. Hoy, como hemos dicho con el salmista, “desbordamos de gozo con el Señor”. María, la mujer que fue concebida sin mancha de pecado original, no por mérito propio, sino por gracia o refalo de Dios en virtud de la Redención de Cristo su Hijo. Alegrémonos como buenos hijos.

En el Evangelio hemos contemplado la escena que habla de José, el hombre bueno y justo, en el misterio de la Encarnación. En ella todo es sencillez; no hay dramatismo, ni gestos exagerados. No parece que aquel fuera un momento difícil para la fe y la honradez de José el carpintero. Pero de fácil no tuvo nada. María estaba comprometida con José, judío fiel a Dios y a su ley. Había entre ellos una promesa de matrimonio. Eran, “promessi sposi “, como dice la famosa novela del gran escritor italiano. Estaban prometidos, un paso adelante y casi definitivo en el noviazgo. Antes de vivir juntos, momento final del noviazgo y comienzo de la vida matrimonial, antes de vivir juntos, José advierte que María espera un niño. La fe y la bondad de José son sometidos a dura prueba. José decide salir de la escena. Se retira. Aquí soy la persona que no cuadra. La abandonó en secreto.

Momento de gran sufrimiento para el santo Patriarca. No puede dudar de la santidad de María, pero, a la vez, la evidencia no deja lugar a dudas. No obstante, se fía de Dios. Hace lo que a Él juzga más agradable, aunque el sufrimiento sigue hiriendo su corazón. Y herirá también, sin excepción, el corazón de todos los hombres. Aquí habrían venido bien en auxilio de José como viene an ayuda nuestra, las palabras que años más tarde escribirá Pablo guiado por el Espíritu Santo: “Para los que aman a Dios todo les sirve para el bien”. No faltarán momentos difíciles en nuestra vida, momento de dolor de sufrimiento, físico o espiritual. Y nos resultará seguramente difícil conjugar el amor que Dios nos tiene como padre nuestro que es, con su omnipotencia. En su reciente viaje a España el Papa dijo a una joven que sufría una terrible situación: “cuando Dios parece ausente, debemos confiarle una vez más las cargas que llevamos en el corazón, incluso gritándole a Él, incluso protestando como Job, seguros de que de algún modo Él se hace presente y está cerca aun cuando aparentemente calla». Y remataba su pensamiento afirmando que no se puede endulzar ni minimizar ni silenciar el sufrimiento, el dolor de las personas. Y añadía con fuerza: “Dios no quiere el sufrimiento, lo lleva con nosotros y nos invita a confiar en Él de modo perseverante”.

El otro Evangelio que se propone para esta fiesta y que no hemos leído nos informa de los antepasados de Jesús. Es su genealogía; en ella encontramos grandes santos y grandes pecadores, y quienes, como David, fueron una cosa y otra. Todos tenemos cabida en ella. Dios nos quiere como somos, pero nos sueña mejores.

La vida del Señor se inserta en un tiempo y lugares bien concretos: Galilea y Judea, el mar de Tiberíades. La montaña del Sermón de las Bienaventuranzas, el Tabor, Nazaret, Betania, Jerusalén, el Calvario. Cristo es Dios, pero a la vez es verdadero hombre, como nosotros, uno más de nuestra especie. El corazón del cristianismo no es una idea, ni una doctrina filosófica ni una moral. Es una persona, un galileo, un carpintero, un maestro ambulante, alguien que escucha lo que le cuentan sus discípulos al regresar de sus iniciales andanzas apostólicas, alguien que comprende, disculpa, perdona, sonríe, llora ante el dolor de una madre que lleva a enterrar a su hijo único, que se conmueve ante la fe de la hemorroísa, que ama a su pueblo y sufre pensando en la destrucción de Jerusalén, que se apiade de los que sufren, que busca a la oveja perdida y se alegra con su regreso al rebaño. Para que aprendamos a tratarle con naturalidad, con sencillez.

Que la Virgen de la Estrella nos enseñe a confiar plenamente en Dios, a enfrentar el misterio del mal y del sufrimiento con la fe humilde y confiada de su castísimo esposo San Jose, y a tratar a Jesús, su hijo, con sencillez y cercanía. Amén.

 

 

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