Queridos hermanos: celebramos con toda la Iglesia la fiesta de la Virgen Santísima en su advocación de los Dolores, de las Angustias, que de esta doble manera honra el pueblo cristiano a la Virgen en este día. Dos nombres para un mismo misterio. Los fieles de esta diócesis de Cuenca la veneramos como Virgen de las Angustias y hoy nos reunimos en este su santuario para honrarla como madre común de todos los diocesanos, para agradecerle los beneficios que el Seños nos dispensa por su intercesión y para acogernos a su maternal protección y amparo.
María fue y es la criatura elegida por Dios para el incomparable oficio, mejor, para la singularísima misión de ser la Madre de Dios, llenándola de su gracia, de la vida divina, adornándola con sus privilegios únicos.
Podría alguno pensar que María viviría sus años en la tierra en una especie de paraíso terrenal, un jardín de delicias, sin conocer el sufrimiento, sin nada que pudiera significar dolor, o malestar. Podríamos pensar, sí, que la vida de los amigos de Dios en la tierra, la vida de los santos, al menos los más altos, debería transcurrir como un anticipo del cielo.
La fiesta de hoy nos dice que no es así. La vida de María no fue fácil: quedó como desconcertada, al menos por un momento, cuando el ángel le anuncio que sería la Madre de Dios; vio, no sin pesar, que no disponía de lo más elemental al momento del nacimiento de su Hijo; no acertó a comprender en el momento porqué Jesús se había quedado en el templo mientras ella y José lo buscaban con el corazón en un puño durante tres días; sufriría las noticias que le llegaban sobre el rechazo de su Hijo por parte de los jefes del pueblo; como buena madre, padecería la ausencia de su Hijo durante su vida pública, sin querer interferir en los planes de Dios; padecería indeciblemente en la pasión del Señor, al pie de la Cruz, como leemos en la secuencia de la Misa de hoy: “La madre piadosa estaba junto a la cruz y lloraba mientras el Hijo pendía; cuya alma triste y llorosa, traspasada y dolorosa, fiero cuchillo tenía”.
No nos deberían extrañar los dolores de María contemplando cuántos y cuáles fueron los de Jesús, el cual, como hemos leído en la 1ª lectura, “aprendió, sufriendo, a obedecer”, hasta decir en el huerto “no se haga mi voluntad sino la tuya”. Entregar la propia voluntad, despojarse de ella, es entregar lo más íntimo de uno mismo. Es el sacrificio interior más elevado. No mi voluntad sino la
tuya, repitió Jesús en el Huerto y lo mismo haría María a lo largo de su vida, sin llegar a entender los porqués de tantos acontecimientos. Como su Hijo puso su voluntad en manos del Padre: quiso ser siempre y solo la esclava del Señor, la que no pregunta las razones, la que se limita, sencillamente, a obedecer, porque tiene plena confianza en la bondad de su Señor.
La veneramos hoy en esa sumisión amorosa a la voluntad de Dios, fuera la que fuera. No protesta, no se rebela, no grita histérica; al pie de la Cruz, afligida, triste, pero serena, dueña de sí, sufre con su Hijo, une sus dolores a los suyos, participando, así, como nadie, en la redención de humanidad.
En la oración colecta, en la q se recoge la plegaria de toda la Iglesia, hemos pedido a Dios que, asociados con María a la pasión de su Hijo, merezcamos participar en su resurrección.
No faltan ni faltarán en nuestra vida momentos de sufrimiento físicos y espirituales, más o menos intensos y duraderos. Llegarán antes o después, pero llegarán. ¡Hay que labrar el oro para que brille en toda su pureza! Solo en dolor, en el sacrificio, se prueba el amor a Dios y a los demás. Pero en el salmo responsorial aprendemos la actitud que hemos de pedir a Dios nuestro Señor para afrontar el dolor, cualquiera que sea: “A ti, Señor me acojo… Sé la roca donde me refugio, el baluarte donde me salve, tú eres mi amparo… Yo confío en ti, Señor, en tus manos están mis azares”. Todo lo que nos ocurra en la vida lo dejamos en sus manos de Padre, aunque habrá cosas, acontecimientos, sufrimientos, cuya razón última no alcanzaremos nunca a comprender.
Madre nuestra, Virgen de las Angustias, como tú, como tu Hijo bendito, que sepamos decir en los momentos de la prueba: ¡Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu! En tus manos de Padre me abandono. Amén.







