Homilía de Monseñor José María Yanguas el Viernes Santo de 2026

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Queridos hermanos:

La Iglesia celebra hoy una liturgia distinta a la habitual de los demás días: no se celebra la Santa Misa, sino que hacemos conmemoración de la Pasión y Muerte VIERNES SANTO 2026

Queridos hermanos:

La Iglesia celebra hoy una liturgia distinta a la habitual de los demás días: no se celebra la Santa Misa, sino que hacemos conmemoración de la Pasión y Muerte del Señor. Por eso la Cruz está en el centro de esta celebración y de todas las miradas. Hemos dado inicio a esta solemne ceremonia postrándonos por tierra con unos momentos oración, disponiendo nuestros corazones para los momentos que siguen. Hemos pedido en silencio que el Señor abra los abra para que su Palabra penetre en ellos y los fecunde con la gracia divina; y hemos pedido que aumente nuestra fe para confesar con nuestras vidas a aquel que dio la suya por nosotros.

Antes de la lectura de la Pasión según San Juan, hemos escuchado la lectura de Isaías que, con visión profética, anuncia la salvación futura. Nos anticipa que esta tendrá lugar mediante el sacrificio del Justo, el cual “como cordero llevado al matadero” morirá por los pecados de todos los hombres. Morirá cargándolos sobre sus hombros. El Señor Jesús no quiso solo hacerse uno de nosotros, sino que ha querido ocupar nuestro puesto. El profeta usa expresiones que no dejan lugar a dudas: “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros pecados”, “cargó sobre él todos nuestros crímenes”, “por los pecados de mi pueblo lo hirieron”, “mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos”, “él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”. Asumió, como si fuera propio, el pecado de sus hermanos, y el precio pagado fue elevadísimo, dando así prueba manifiesta de la gravedad y de la multitud de nuestros delitos. En efecto, los padecimientos sufridos desfiguraron su rostro, fue humillado, despreciado y evitado por todos como si de un leproso se tratara; traspasado por la lanza, triturado, contado entre los malhechores. “Entregó su vida como expiación”, así resume el profeta en una pocas palabras los sufrimientos y la muerte vicaria del siervo de Yahhwé. Por nosotros y por nuestra salvación fue crucificado, muerto y sepultado, decimos en el Credo. Él fue contado entre los pecadores para que nosotros pudiéramos serlo entre los santos. En la medida en que percibamos la verdad de estas palabras, irá creciendo nuestra gratitud a Dios.

San Pablo lo dice con frase lapidaria: “se convirtió para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”. La acción redentora de Jesús nos llena de confianza, nos da la certeza de alcanzar siempre misericordia ante el trono de Dios y de encontrar la gracia que nos auxilie en el momento oportuno. Disponemos, pues, de todo lo necesario para mantenernos firmes en la fe: de su auxilio para no ofenderle y de su perdón si, no obstante, nos vence nuestra fragilidad.

El relato detallado de la Pasión que nos ha ofrecido San Juan y la homilía dejarán paso a la Oración Universal con que la Iglesia pide que la salvación ganada por Jesús con su Pasión y Muerte, alcance a todos los hombres, sin ninguna excepción. Esa oración, como una inmensa, benéfica ola de gracia llega a todos: a la Iglesia, jerarquía y demás fieles, a los que se preparan para recibir el Bautismo, a todos los que llevan el nombre de cristianos y reconocen al hijo de María como Señor y Redentor, a los judíos miembros del antiguo pueblo de la Alianza y hermanos de raza de Jesús, y también a los que no creen en Cristo e incluso a los que no creen en Dios, y por último, a los que gobiernan los pueblos y a los que sufren cualquier tipo de tribulación. La oración de la Iglesia se abre a todos, por todos reza como buena madre, por todos intercede en el nombre de su Señor.

Tras escuchar la Palabra de Dios y orar por todos los hombres, tiene lugar la “mostración” de la Cruz, que se realiza a la vez que se repiten por tres veces estas bellas palabras: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Quien mire al que atravesaron y vea en él al Mesías Salvador del mundo, es decir, quien crea en Él, tendrá la vida eterna. Y mientras se retira el velo que cubre la Cruz, la Iglesia canta la antífona: “Tu Cruz adoramos Señor y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”, antífona la que siguen los así llamados “improperios”, los lamentos y reproches de Dios por la falta de fe de su pueblo.

Una vez anunciada por la Escritura la redención que tiene a Cristo como autor, y concretado el modo en que se ha llevado a cabo; escuchado devotamente el relato de la Pasión y Muerte del Señor, tras orar por todo el mundo; adorada la Cruz por la que hemos sido salvados, los fieles que lo deseen reciben la sagrada Comunión, participando así de modo especialmente real, de la redención realizada por Cristo. 

Respondamos a la obra del Señor, fruto de su indecible amor, acercándonos a recibirlo con fe y devoción, participando como hermanos de la misma mesa y del mismo banquete. Salvados de la muerte eterna por la obra redentora de Cristo, tomemos parte en el banquete del Pan y de la Sangre de Cristo que nos hermana y pone de manifiesto que formamos parte de la familia de Dios, mientras le pedimos llegue a todos los hombres la salvación ganada con el sacrificio de su Hijo en la Cruz. Que así sea.

 

Señor. Por eso la Cruz está en el centro de esta celebración y de todas las miradas. Hemos dado inicio a esta solemne ceremonia postrándonos por tierra con unos momentos oración, disponiendo nuestros corazones para los momentos que siguen. Hemos pedido en silencio que el Señor abra los abra para que su Palabra penetre en ellos y los fecunde con la gracia divina; y hemos pedido que aumente nuestra fe para confesar con nuestras vidas a aquel que dio la suya por nosotros.

Antes de la lectura de la Pasión según San Juan, hemos escuchado la lectura de Isaías que, con visión profética, anuncia la salvación futura. Nos anticipa que esta tendrá lugar mediante el sacrificio del Justo, el cual “como cordero llevado al matadero” morirá por los pecados de todos los hombres. Morirá cargándolos sobre sus hombros. El Señor Jesús no quiso solo hacerse uno de nosotros, sino que ha querido ocupar nuestro puesto. El profeta usa expresiones que no dejan lugar a dudas: “fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros pecados”, “cargó sobre él todos nuestros crímenes”, “por los pecados de mi pueblo lo hirieron”, “mi siervo justificará a muchos porque cargó con los crímenes de ellos”, “él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores”. Asumió, como si fuera propio, el pecado de sus hermanos, y el precio pagado fue elevadísimo, dando así prueba manifiesta de la gravedad y de la multitud de nuestros delitos. En efecto, los padecimientos sufridos desfiguraron su rostro, fue humillado, despreciado y evitado por todos como si de un leproso se tratara; traspasado por la lanza, triturado, contado entre los malhechores. “Entregó su vida como expiación”, así resume el profeta en una pocas palabras los sufrimientos y la muerte vicaria del siervo de Yahhwé. Por nosotros y por nuestra salvación fue crucificado, muerto y sepultado, decimos en el Credo. Él fue contado entre los pecadores para que nosotros pudiéramos serlo entre los santos. En la medida en que percibamos la verdad de estas palabras, irá creciendo nuestra gratitud a Dios.

San Pablo lo dice con frase lapidaria: “se convirtió para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna”. La acción redentora de Jesús nos llena de confianza, nos da la certeza de alcanzar siempre misericordia ante el trono de Dios y de encontrar la gracia que nos auxilie en el momento oportuno. Disponemos, pues, de todo lo necesario para mantenernos firmes en la fe: de su auxilio para no ofenderle y de su perdón si, no obstante, nos vence nuestra fragilidad.

El relato detallado de la Pasión que nos ha ofrecido San Juan y la homilía dejarán paso a la Oración Universal con que la Iglesia pide que la salvación ganada por Jesús con su Pasión y Muerte, alcance a todos los hombres, sin ninguna excepción. Esa oración, como una inmensa, benéfica ola de gracia llega a todos: a la Iglesia, jerarquía y demás fieles, a los que se preparan para recibir el Bautismo, a todos los que llevan el nombre de cristianos y reconocen al hijo de María como Señor y Redentor, a los judíos miembros del antiguo pueblo de la Alianza y hermanos de raza de Jesús, y también a los que no creen en Cristo e incluso a los que no creen en Dios, y por último, a los que gobiernan los pueblos y a los que sufren cualquier tipo de tribulación. La oración de la Iglesia se abre a todos, por todos reza como buena madre, por todos intercede en el nombre de su Señor.

Tras escuchar la Palabra de Dios y orar por todos los hombres, tiene lugar la “mostración” de la Cruz, que se realiza a la vez que se repiten por tres veces estas bellas palabras: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Quien mire al que atravesaron y vea en él al Mesías Salvador del mundo, es decir, quien crea en Él, tendrá la vida eterna. Y mientras se retira el velo que cubre la Cruz, la Iglesia canta la antífona: “Tu Cruz adoramos Señor y tu santa resurrección alabamos y glorificamos. Por el madero ha venido la alegría al mundo entero”, antífona la que siguen los así llamados “improperios”, los lamentos y reproches de Dios por la falta de fe de su pueblo.

Una vez anunciada por la Escritura la redención que tiene a Cristo como autor, y concretado el modo en que se ha llevado a cabo; escuchado devotamente el relato de la Pasión y Muerte del Señor, tras orar por todo el mundo; adorada la Cruz por la que hemos sido salvados, los fieles que lo deseen reciben la sagrada Comunión, participando así de modo especialmente real, de la redención realizada por Cristo.

Respondamos a la obra del Señor, fruto de su indecible amor, acercándonos a recibirlo con fe y devoción, participando como hermanos de la misma mesa y del mismo banquete. Salvados de la muerte eterna por la obra redentora de Cristo, tomemos parte en el banquete del Pan y de la Sangre de Cristo que nos hermana y pone de manifiesto que formamos parte de la familia de Dios, mientras le pedimos llegue a todos los hombres la salvación ganada con el sacrificio de su Hijo en la Cruz. Que así sea.

 

 

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