Queridos diocesanos:
Concluimos hoy los comentarios o glosas a la Encíclica Dilexit nos. Sobre el amor humano y divino del Corazón de Jesucristo, del papa Francisco, que hemos venido haciendo a lo largo de los últimos meses. Los apartados que hacia el final del documento (nn. 181-204) dedica el Pontífice a la Reparación resultan particularmente apropiados para el tiempo de Cuaresma que estamos viviendo.
En efecto, el epígrafe dedicado al “perdón” puede muy bien centrar nuestras reflexiones, oración y examen de conciencia en estos días. Un examen sereno, pero detallado y profundo, en el que encontraremos motivos para una confesión que nos disponga del mejor modo para la celebración de la Semana Santa. El pecado, como hemos tenido ocasión de subrayar en alguna colaboración anterior, causa daño no solamente a quien lo comete, sino a toda la sociedad que, de una u otra manera, sufre también sus consecuencias. Parece, pues, lógico que quien lo origina deba reparar el mal causado. Repararlo, afirma el Papa, implica dos actos: “reconocerse culpable y pedir perdón” (n. 187). “Acusarse a sí mismo, sigue diciendo, es parte de la sabiduría cristiana”. No se trata de algo humillante o dañino para nuestra propia estima y dignidad, sino de reconocer sencillamente la propia verdad, hecha de luces y sombras, virtudes y pecado; es un acto de honestidad con uno mismo, que nos ayuda a vivir en la verdad, no en la falsa ilusión de algo que no somos.
Por su parte, pedir perdón, mejor aún,” el hábito de pedir perdón”, además de demostrar nobleza de corazón, “es un modo de sanar las relaciones” y de hacer posible que el amor pueda renacer y hacer soportable las heridas abiertas por él pecado (cfr. n. 189). El hábito de pedir perdón es una de las dos caras de una única y misma moneda. La gratitud nos lleva a reconocer y a dar gracias por los dones que recibimos; aquél nos inclina a reconocer y confesar el mal que hacemos, los pecados que cometemos. La persona que sabe agradecer y que se duele y pide perdón por el mal que hace, no se escandaliza por el que hacen sus hermanos, llora por los pecados propios y ajenos, y causa “una especie de vuelco, donde la tendencia natural a ser indulgentes consigo mismos e inflexibles con los demás se invierte y, por gracia de Dios, uno se vuelve severo consigo mismo y misericordioso con los demás (n. 190).
El Papa habla de otro modo de entender y practicar la reparación. Los hombres, dice, podemos dejar que el poder y el amor de Dios se difundan en nuestras vidas y en el mundo entero o, por el contrario, podemos limitar el alcance del amor, de todo lo que Cristo es y de todo lo que nos ganó con su pasión y muerte. Como dice bellamente el Papa, “podemos limitar la gloria expansiva de su resurrección, contener la difusión de su inmenso y ardiente amor”, o bien, mediante “la ofrenda de nosotros mismos”, abrir un canal libre de obstáculos “al derramamiento de su amor” (n. 193), haciendo así posible unir a los padecimientos de Cristo en la Cruz las renuncias y sufrimientos que exigen estos actos de amor al prójimo (cfr. n. 201), cooperando de ese modo eficazmente a la salvación del mundo. Una cooperación en la que reconocer abiertamente a Cristo. Como dice el Papa: “Cristo pide que (…) no tengas vergüenza de reconocer tu amistad con él. Pide que te atrevas a contar a los otros que te hace bien haberlo encontrado” (n. 211). ¡Buena continuación del santo tiempo de Cuaresma!




