Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen
Aunque suave, la subida a lo alto del Calvario supone un último esfuerzo por parte de Jesús. El sitio tiene un aspecto lúgubre. Lo llaman el lugar de la Calavera. Allí crucifican a Jesús, lo ponen en alto, flanqueado por dos malhechores, dos ladrones. Inicia el último tramo de su pasión, el que lo lleva directamente a la muerte. De su garganta reseca no salen palabras de rebeldía, ni proclamas de inocencia, ni quejas contra la injusta condena ni lamentos por el sufrimiento. Lo que se escucha es algo bien diverso: es una oración apremiante, un ruego, una petición: ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen!
En el momento del supremo abandono, se descubre la actitud más honda del corazón de Cristo hecha oración al Padre. Pero no pide ni reclama atención para sí mismo; el ruego que se eleva al cielo no es en su favor. No. Es oración que implica el completo olvido de sí mismo; son palabras de intercesión: Él ruega por nosotros. La víctima por sus verdugos. Sabe Jesús que el Padre lo escucha siempre, que en ese momento de la suprema entrega a su voluntad, no puede dejar de escuchar su oración. Pide seguro de obtener: ¡Padre perdónalos! Es el momento de la redención, del rescate, de la liberación de nuestros pecados. Es la hora del gran perdón. “Él no cometió pecado, ni encontraron insulto en su boca (…). Pero el llevó nuestros pecados en el leño. Para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1Pe 2, 22 y ss). Jesús ha pedido el perdón para nosotros y su oración ha sido escuchada.
Jesús nos ha dado ejemplo, para que sigamos sus huellas (ibídem, 2, 21). Nadie ha sido ofendido tanto como Él, nadie ha recibido más crueles e injustos agravios: y ha perdonado todo, a todos, y ha pedido al Padre su perdón para nosotros. ¿Podremos entonces decir que no podemos perdonar? Podremos decir que es costoso, y así es; que el sentimiento se rebela, lo sabemos por experiencia; que el mal que nos han hecho deja huella, lo queramos o no; pero no podemos permitir que ese mal siga vivo, y ¡vivo sigue de algún modo mientras no es perdonado, vive impidiéndote el perdón, manteniendo abierta la herida causada! Cristo nos da ejemplo, quiere que sigamos sus huellas. Él perdonó todo sobre la Cruz. No es debilidad perdonar, no es minusvalorar el mal recibido; es, sencillamente, la victoria del amor, el triunfo del bien sobre el mal. Es la Redención.
Bien conscientes de nuestra debilidad, de que el ejemplo de Jesús nos resulta inaccesible, pedimos al Ssmo. Cristo de la Veracruz: Señor, ayúdanos a rezar con verdad la oración que Tú nos enseñaste: perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden. ¡Señor, enséñanos a perdonar! Amén.




