Homilía de Monseñor José María Yanguas el Domingo de Resurrección

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Queridos hermanos:

Dejemos que resuenen hoy en nuestros corazones con toda su inmensa fuerza el anuncio del Ángel a las mujeres que fueron muy de mañana al sepulcro: Sé que buscáis a Jesús. No está aquí. ¡Ha resucitado! La esperanza más profunda del corazón humana no queda defraudada. ¡Cristo vive! ¡Ha vencido a la muerte! Vencerá el bien no el mal. Y esa victoria nos la ha ganado Cristo, a quien sea gloria por los siglos.

La Iglesia como Cuerpo de Cristo y Pueblo de la Nueva Alianza confiesa hoy llena de alegría y proclama a los cuatro vientos para que la buen Nueva llegue a todos los hombres: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! No es un anuncio sin fundamento, un deseo nunca alcanzado o una promesa nunca cumplida; no es una esperanza vana, que surge tanto más necesaria cuanto más clamorosa parece la muerte en Cruz de Jesús Nazareno; no, la Resurrección de Jesús no es una mera ilusión compartida por un grupo de fanáticos, ni una consigna que hay que repetir a pesar de las evidencias del Cristo muerto y sepultado. La Iglesia proclama con entusiasmo lo que los primeros vieron, tocaron, palparon acerca del Verbo de la Vida: ¡Verdaderamente ha resucitado el Señor! “Y nosotros somos testigos, nosotros que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos”. Y como a auténticos testigos, Jesús encargó a sus discípulos predicar al pueblo y dar solemne testimonio de que Dios lo ha constituido Señor de vivos y muertos, un testimonio que es confirmación y altavoz autorizado del que habían dado los profetas a lo largo de los siglos.

Lo había anunciado Jesús: “Destruid ese cuerpo y en tres días lo reedificaré, lo resucitaré”. Pero la verdad última de esta, como de tantas otras palabras del Maestro, había quedado velada para los Apóstoles. Las mujeres que en la mañana del día de Pascua van al sepulcro y no encuentran allí su cuerpo, piensan que se lo han llevado. Solo Juan verá más allá de la realidad inmediata de los lienzos tendidos por el suelo y el sudario enrollado en un sitio aparte: lo que vio, le sirvió de apoyo y firme fundamento de su fe.

“Vio y creyó”, no que lo habían robado, que se habían llevado el cuerpo muerto a otra parte. Vio los lienzos y el sudario y “vio”; vio en sentido fuerte; es decir, creyó; “vio” en ese momento y comprendió con la luz de la fe que Cristo había resucitado; porque “hasta entonces, concluye el pasaje que hemos leído, los discípulos no habían entendido la Escritura: “que Él había de resucitar de entre los muertos”.

El núcleo del mensaje de los Apóstoles, el centro, lo últimamente importante es esto: que Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Y en seguida tuvieron viva conciencia de que su misión, su tarea en el mundo es ante todo esta: proclamar la verdad de la Resurrección, predicar a los cuatro vientos que Cristo está vivo, que ha vencido a la muerte, que todos los que creen en Él, reciben por su nombre el perdón de los pecados. ¡¡Libres del pecado, vivos con una vida nueva!!

La Resurrección fue también el contenido fundamental de la predicación de Pablo. “Dios lo resucitó de entre los muertos. Él se apareció durante muchos días a los que habían subido con Él de Galilea a Jerusalén y que ahora son testigos suyos ante el pueblo” (Hch 13, 30-31).

Creer en Jesucristo, en consecuencia, significa creer, junto con la Encarnación y la Cruz, en su Resurrección de entre los muertos. Constituye un misterio de fe que da sentido a su muerte, porque expresa el triunfo de Jesús sobre la muerte y el pecado, por el que aquella entró en el mundo. La Resurrección tiene pues un significado salvífico: en ella culmina la redención de Cristo que nos consigue llegar a ser hijos de Dios mediante su Espíritu. Pero además de un misterio es un acontecimiento que tiene una dimensión histórica. Es importante, fundamental, subrayarlo, porque no es la fe la que genera el hecho de la resurrección, sino al revés, el acontecimiento de la Resurrección es el que sirve de apoyo y fundamento a la fe. San Pablo lo ha subrayado con energía: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación, vana es también nuestra fe. Y nosotros somos convictos de falsos testigos de Dios”.

Así que la Resurrección es acontecimiento y misterio: dos aspectos inseparables de la misma y única realidad. A la Resurrección como acontecimiento nos llevan los textos del Evangelio, y el acontecimiento no tiene razón de ser en sí mismo; nos remite a su significado salvífico. Como se ha dicho acertadamente: “historia y fe aparecen aquí mutuamente entrelazados: la historia pone ante los ojos los hechos que justifican racionalmente la fe, y esta a su vez presenta el significado pleno de los hechos”.

La Resurrección de Jesús tiene pues una íntima relación con nosotros. Por ser cabeza de su cuerpo místico, la suerte que corre el Señor nos afecta íntimamente a quienes formamos parte de él. Con Cristo también nosotros hemos vencido al pecado; con Él, con su nueva vida, nosotros estamos llamados a vivir una vida nueva, una vida según Dios. “Porque habéis muerto y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”, dice san Pablo a los Colosenses (3, 3).

Termino con una consideración que se impone tras la lectura del Evangelio de hoy: María Magdalena, que ha llegado la primera al sepulcro, aún de noche, ha visto corrida la losa del sepulcro y corre a comunicarlo a Pedro y Juan. Los Apóstoles y con ellos todos los discípulos de Jesús tenemos la tarea de anunciar al mundo el misterio y el acontecimiento de la Resurrección: el hecho es que no está en el sepulcro, que ha resucitado para no morir ya nunca más, que ha pasado a una vida nueva; el misterio es que, con su Resurrección, quienes creemos en Él hemos comenzado una vida nueva, una vida eterna, que nos lleva a mirar al cielo, a aspirar a los bienes que no perecen.

Queridos hermanos, en este domingo de la Resurrección gloriosa de Nuestro Señor Jesucristo renovemos nuestro empeño por vivir con alegría la vida nueva de Cristo, por seguir sus huellas sin reservas ni recortes, y por ser testigos humildes y agradecidos del gran milagro de la Resurrección de Jesucristo, Señor Nuestro. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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