Carta semanal del Sr. Obispo: La Confesión, sacramento de la alegría

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Queridos diocesanos:

El tiempo santo de Cuaresma se encamina a su fin. Nos adentramos en la semana que precede a la Semana Santa, en la que se hace más urgente la llamada a la conversión del corazón que la Iglesia pone en el centro de su predicación en este tiempo. La verdadera y más auténtica penitencia consiste en la reorientación del corazón que busca, una vez más, poner en Dios el norte de la entera existencia. No se trata de cambiar o mejorar esto o lo otro de nuestras vidas, sino más bien de pedir al Señor la gracia de que cambie nuestro corazón, de manera que no admita más señores ni sirva a ningún otro “dios” fuera de Él.

La transformación interior no es, no puede ser, fruto de nuestro empeño personal, pues nos está al alcance de nuestras fuerzas. No es posible sin la intervención de Dios. Es gracia suya, no fruto de nuestro esfuerzo. Por eso venimos pidiendo durante toda la Cuaresma con las palabras de la Escritura: ¡Conviértenos, Señor, y nos convertiremos! Y es el mismo Dios quien ha dispuesto que el sacramento de la Penitencia sea el medio ordinario para que tenga lugar la conversión implorada. Es el sacramento de la alegría, del reencuentro con el Padre del que nos habíamos distanciado; el sacramento de la vuelta a casa, al hogar en el que somos esperados y deseados por el Padre; el sacramento en el que recuperamos la dignidad perdida, nos revestimos de las mejores galas de los hijos de Dios, recobramos la herencia que habíamos dilapidado y reconquistamos la añorada paz que difunde el hogar familiar.

El camino de la conversión que recorremos cada vez que acudimos al sacramento de la Penitencia para que Dios cambie nuestro corazón, inicia con la toma de conciencia de nuestra penosa situación. Es un momento doloroso, el examen. en el que descubrimos la realidad de nuestra vida y se hace más viva la conciencia de nuestra condición de pecadores. ¡Contra Ti, contra ti solo pequé! (Sal 50, 6). Afloran a la superficie y reconocemos como propios nuestros errores y pecados que provocan dolor del alma y sincero arrepentimientos; tanto más hondos y verdaderos  cuanto mayor es la claridad con la que percibimos su malicia: nosotros, pobres hombres, hemos ofendido al Dios, Creador de cielo y tierra, de quien solo hemos recibido bienes, desde el más radical, la vida, hasta el más precioso de todos, la redención, obtenida por la Muerte y Resurrección de Jesucristo, nuestro Salvador: ”Pues ya sabéis que fuisteis liberados  (…) no con algo corruptible, con oro o con plata, sino con una sangre preciosa, como la de un cordero sin defecto y sin mancha, Cristo” (1 Pe 1, 18-19).

El arrepentimiento y el dolor por los pecados cometidos quedan como autenticados cuando los confesamos. Mientras quedan encerrados en lo hondo de uno mismo, cuando falta el valor para manifestarlos, para hacerlos salir a la luz, no acabamos de liberarnos de ellos. En efecto, con ellos no solo hemos ofendido a Dios, con quien nos comunicamos en lo íntimo del corazón; hemos causado un mal también al Cuerpo Místico de Cristo, a la Iglesia santa. Solo cuando los confesamos, la vergüenza que nos causan los propios pecados, se muda en verdadero dolor por el mal cometido. El centro ya no lo ocupo yo, herido en mi orgullo, en mi autoestima, sino Dios y el prójimo, ofendidos gravemente. Sobreviene entonces la alegría de quedar liberados de la opresión del pecado.

Al dolor por los pecados cometidos le acompaña siempre el arrepentimiento, la pena o pesar por haberlos cometido y, a la vez, el deseo y propósito de no volver a cometerlos. Si faltara este, el “propósito de la enmienda” no se podría hablar en realidad de verdadero arrepentimiento.

El dolor, en fin, por la ofensa a Dios y por el mal causado al prójimo conduce a la reparación, a hacer penitencia, a “cumplir la penitencia impuesta” por ellos.

Sin duda, queridos diocesanos, una buena confesión es la mejor preparación para celebrar una Semana Santa muy grata a Dios. ¡Felices días!

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