Queridos diocesanos:
Las generaciones nacidas en los últimos años del siglo pasado y los primeros del actual, lo que llamamos las generaciones más jóvenes, presentan algunas características comunes que, entre otras, podemos identificar en una gran familiaridad con el mundo de la tecnología, que se expresa en la necesidad casi vital de internet y del smartphon, de estar conectado a las redes, de habitar en un mundo de imágenes y de sonidos artificiales, de estar volcados en el momento presente, de guiar su conducta por el “me gusta” o “no me gusta”, por la emoción del momento, etc. Dan también la impresión de vivir en un mundo de “estrenos” en el que los prejuicios cuentan menos, lo que las sitúa en una disposición básica de mayor apertura “a todo”. En general, se podría decir que las generaciones jóvenes son más emotivistas, y por eso más subjetivistas, que racionalistas o voluntaristas. Valoran más la riqueza de sentimientos, de emociones y vivencias, que la adquisición de conocimientos objetivos o la posesión de una voluntad férrea.
Esto ha hecho que en la trasmisión de la fe se dé una mayor importancia a las “experiencias” o “vivencias” de fe”, a suscitar sentimientos y emociones, que a sus elementos cognoscitivos y a las consecuencias morales de la misma. No es infrecuente que personas que se “sienten” creyentes, cristianas, desconozcan el credo y adopten actitudes y comportamientos ajenos, si no contrarios, a la fe. En ese contexto, el Espíritu Santo ha suscitado en la Iglesia numerosas iniciativas pastorales, llamadas de “primer anuncio”, que conectan bien con la sensibilidad de las jóvenes generaciones a las que se quiere llevar la Buena Nueva de Jesucristo. La Iglesia no duda en valorar los nuevos métodos o herramientas de evangelización como “un soplo de aire fresco” (n. 3).
Con la Nota doctrinal Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón) de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española, los Sres. Obispos recuerdan al mismo tiempo que la fe implica toda la persona, toda la existencia humana, “pues es la entrega del hombre entero” (n. 1), entendimiento, voluntad, sentimientos y emociones. En ocasiones, al hablar de la fe el énfasis se ha puesto en el asentimiento intelectual, y en otras en el compromiso y la acción. En los nuevos métodos y herramientas se concede un peso importante a las emociones y sentimientos que provocan un “primer impacto” que, como precisa la Nota, “conduce a la conversión y a la adhesión a Cristo” (n. 4). Representa, pues, un primer paso al que deben seguir otros que lleven a la “configuración de la vida de los cristianos con el Señor, el discipulado en la Iglesia y el apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo” (ibidem). La Nota pone en guardia frente al “emotivismo”, resultado de la absolutización de la afectividad que queda reducida a sentimientos y emociones, olvidando que sus fronteras se extienden más allá de estos, los cuales, por su parte, deben ser iluminados, “esclarecidos”, por la verdad objetiva. En efecto, lo que a uno le “gusta” o “agrada”, y por el solo hecho de que le guste o agrade, no se convierte sin más en algo “verdadero” y “bueno”. El hecho de conceder a los sentimientos y emociones el valor que indudablemente poseen para la vida humana, no exime de discernirlos a la luz de la verdad. En efecto, repito, del “me gusta” o “me agrada” no se puede concluir rápida e irreflexiblemente en un “es verdad” o “es bueno”.
Como decía más arriba, la fe debe penetrar y transformar toda la realidad del hombre: intelecto, voluntad, comportamientos y actitudes, emociones y sentimientos. La fe, que está siempre en el origen de una vida auténticamente cristiana, pide, estimula y exige la coherencia de todos esos ámbitos del ser humano. Solo su equilibrado y armónico desarrollo permitirá hablar de una madura personalidad humana y cristiana, aunque esta solo sea inicial.
¡Feliz domingo VI de Pascua!




