Celebramos hoy la Memoria de San José María, fundador del Opus Dei, uno de los santos de nuestro tiempo más conocidos, y a quien cientos de miles de personas en todo el mundo se dirigen como intercesor para que presente a Dios Nuestro Señor sus peticiones. Son muy numerosas las gracias extraordinarias, espirituales y materiales, que el Señor, en estos cincuenta y un años que han seguido a su salida de este mundo, se ha dignado conceder a los fieles que han acudido a su intercesión, y son muchos más, todavía, los favores alcanzados por su valimiento a innumerables hombres y mujeres que, con fe humilde y segura, se han acogido a su intercesión. Por todas ellos damos gracias a Dios y le pedimos que continúe escuchando los ruegos que llegan a lo alto por manos de San Josemaría.
Con la oración colecta que hemos hecho antes de las lecturas, la Iglesia nos recuerda que San Josemaria ha sigo alguien querido por Dios para nuestro tiempo. En efecto, hemos invocado a Dios nuestro Señor como aquel que en sus inescrutables designios ha suscitado en su Iglesia a san Josemaría; subrayando de ese modo que su figura ha sido objeto de un preciso querer de Dios. Todo, es verdad, es objeto, de un modo u otro de la providencia divina, pero también lo es que todo lo relativo a la historia de los hombres y, de manera particular la que atañe a su Iglesia, es objeto y fruto de un especial cuidado del Señor que le regala en cada momento las personas e instituciones que los tiempos requieren.
La oración de la Iglesia desvela lo que podemos llamar el “sentido”, el “fin”, la razón, el secreto conocido por Dios desde siempre, de la existencia del fundador del Opus Dei. Lo ha suscitado para “proclamar la vocación universal a la santidad y al apostolado”, para anunciar a los cuatro vientos que todos los hombres sin excepción están llamados a vivir la vida de Cristo, es decir, a participar de su vida de Hijo de Dios, y a participarla en plenitud, sin que haya límites puestos por Dios. Nos quiere hijos de Dios, y nos invita a vivirla hasta que la condición de hijos sea nuestra señal de identidad. Hijos de Dios que procuran vivir como tales, hjjos de Dios en Cristo, de cuya plenitud todos hemos recibido. A todos va dirigida esa llamada; a todos, de un modo u otro, antes o después, le llega esa voz. Con esa enseñanza, San José María se convirtió en precursor de una de las enseñanzas fundamentales del Concilio II, la llamada universal a la santidad de la que trata el cap. V de la Constitución Lumen Gentium.
El Señor suscitó en la Iglesia a San Josemaría para proclamar la llamada a la santidad y al apostolado. Identificados con Cristo, conscientes de formar con Él un solo Cuerpo, san Josemaria no se cansó de insistir en que, así como estamos llamados a la santidad, estamos también, todos igualmente y por la misma razón, llamados al apostolado. Todos, sin excepción. Somos cristianos por haber recibido la vida de Cristo y haber recibido la misma misión que Él trajo a este mundo: anunciar con la palabra y el ejemplo el infinito amor que Dios nos tiene y ayudar a los hombres a encontrarlo y entregarse a él: ¡Que busques a Cristo, que encuentres a Cristo, que ames a Cristo!, son palabras de san Josemaría con las que proponía un concreto proyecto de vida cristiana a un joven universitario allá por el año 1933. Y esas mismas palabras indican un camino preciso de apostolado: con nuestras vidas cristianas y nuestras palabras debemos propiciar, facilitar el encuentro con Cristo. El apostolado de los cristianos no tiene otro motivo ni tiene otro fin.
En la oración Colecta, en fin, hemos pedido que, por la intercesión y el ejemplo del Fundador del Opus Dei, podamos configurarnos con Cristo -la santidad- y servir con ardiente amor a la obra de la redención -el apostolado-. ¿Cómo? ¿Dónde? En el ejercicio del trabajo ordinario. En el quehacer de cada uno, en las tareas de cada día, en las ocupaciones que nos absorben la mayor parte del tiempo, en el cumplimiento de los propios deberes, en las situaciones en las que cada cual se encuentra y que para cada uno son las ordinarias, las de cada jornada, sin que importe cuáles sean en concreto. Ahí nos espera el Señor, y ahí debemos descubrirlo, amarlo, ahí debemos darlo a conocer. Es lo ordinario, la prosa de cada día la que debemos transformar en endecasílabo, en verso heroico, como repetía una y otra vez san Josemaría a quienes le escuchaban en aquello primeros años de la vida del Opus Dei. Hemos de santificar esas tareas, humildes o grandes, haciéndolas con la mayor perfección humana de la que seamos capaces, uniéndolas a la ofrenda de Jesucristo en el altar. En su desempeño hemos de vivir las virtudes naturales y sobrenaturales, de manera especial la caridad con todos, hecha paz, bondad, alegría, amistad sincera y sacrificada, paciencia, ayuda, interés por los demás, sinceridad, trasparencia de vida…, de manera que hagamos amable la vida cristiana y facilitemos el encuentro con Jesús.
En este aniversario de su tránsito al cielo, el recuerdo de la amable figura de san Josemaría y de su heroica entrega al cumplimiento de la voluntad de Dios para hacer el Opus Dei en la tierra que Dios le hizo ver el 2 de octubre de 1928, nos estimulen a todos en el empeño por vivir una auténtica cristiana y espolee nuestro deseo de acercar a Dios a quienes nos rodean, caminan y trabajan en este mundo codo con codo con nosotros. Amén




