Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes, autoridades, Cofradía de los Sagrados Corporales de Luchente, fieles todos de Luchente, de Daroca en Zaragoza y de Carboneras de Guadazaón, en Cuenca, que concurrís, una vez más, en este día 24 de febrero, para conmemorar el milagro de los Corporales acaecido, como bien saben todos, el 23 de febrero de 1239 durante la lucha que sostuvieron los tercios cristianos de Teruel, Daroca y Calatayud con los moros que ocupaban el castillo de Xio y que terminó con la toma del castillo a cuyos pies tuvo lugar la batalla.
Como en tantas otras intervenciones divinas, de cuya realidad histórica tenemos constancia, Dios nuestro Señor se ha hecho presente en medio de su pueblo en situaciones particularmente delicadas. En ellas no solo se ha gozado del favor divino, sino que, además, dichas intervenciones han servido para confirmar algún aspecto de nuestra fe. En este caso, así como en otros milagros eucarísticos ocurridos a lo largo del siglo XIII, sobre todo en tierras de las actuales Portugal, España e Italia, estos fenómenos sobrenaturales sirvieron para consolidar la fe cristiana en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. De hecho, como es sabido, estos repetidos milagros terminaron por impulsar al Papa Urbano IV a instituir en la Iglesia universal la fiesta del Corpus Christi en el año 1264. Hoy es una de las fiestas más queridas del pueblo cristiano, de manera que, la fe en la Sgda. Eucaristía a lo largo del tiempo ha dado lugar a innumerables obras de arte, a no pocas tradiciones y costumbres, a la creación de numerosas Hermandades y Cofradías del Santísimo Sacramento en los pueblos y ciudades de España. Sería deseable que el día del Corpus Christi volviera de nuevo a ser fiesta también civil, junto con las de Jueves Santo y la Ascensión, días -jueves en nuestra tradición-, que siguen, las tres, relumbrando más que el sol.
Los milagros eucarísticos contribuyeron a reforzar la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero, en particular, asentó la fe en dicha presencia que se produce gracias al gran milagro de la transustanciación. Es decir, de la conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo Santísimo de Cristo y de toda la del vino en la Sangre del Señor; y junto al Cuerpo y Sangre del Señor, su alma y divinidad.
El Magisterio de la Iglesia enseña que Cristo se hace presente de varios modos en su Iglesia: está presente en medio de su pueblo en la asamblea eucarística; está presente en su Palabra, en su oración; lo está también de un modo particular en el sacerdote, y lo está en los hermanos, en los pobres… Pero lo está de un modo enteramente nuevo en la Sagrada Eucaristía. La Iglesia pone de manifiesto la novedad de esta presencia cuando afirma que se trata de una presencia verdadera, real y substancial. Verdadera quiere decir que la presencia no es meramente la que se da en un símbolo, como una bandera o un cetro son símbolos de la patria o del poder real; se trata de una presencia real, no simplemente espiritual, como la presencia de un leader en una reunión de sus seguidores; y es una presencia substancial, que se opone a accidental: cualquiera que sea el color de una persona nada añade a su carácter personal; antes y después de la transustanciación, los accidentes de color, peso, forma, etc. permanecen, pero después de la transustanciación, ya no hay pan ni vino.
Este misterio admirable requiere la presencia del sacerdote ordenado, que hace las veces de Cristo, lo representa, y pronuncia las palabras de la consagración, aunque su eficacia y su gracia provienen de Dios, a quien hace presente en virtud de la ordenación sacerdotal. Por eso, en la Plegaria Eucarística tercera, antes de la consagración se recuerda que es el Padre quien da vida y santifica todo, “por Jesucristo tu Hijo”, “con la fuerza del Espíritu Santo”. Momento impresionante, único, en el que se realiza el sacramento de nuestra fe, el sacrificio de nuestra salvación, al que los fieles, arrodillados, responden con un gesto de adoración, de fe en aquello a lo que acaban de asistir. Y esa acción instrumental del sacerdote que actúa en la persona de Cristo y con cuyo poder se realiza el milagro de la transustanciación, es la grandeza del sacerdocio ordenado.
Los milagros eucarísticos dieron lugar a una mayor veneración y al nacimiento de nuevas formas de piedad al Santísimo sacramento. La primera y más visible de todas, la solemne procesión con el mismo por las calles y plaza de pueblos y ciudades, el esplendor y la brillantez de todo lo relacionado con Dios presente en la Sagrada Eucaristía: objetos litúrgicos, vasos sagrados, vestimenta, retablos, capillas, iglesias; todo pareció poco para el sacramento de nuestra fe. Seguramente fue cuestión de una fe viva, no tanto de un tiempo en el que se multiplicaban las posibilidades económicas.
Al terminar la Misa sacaremos en procesión los Corporales del milagro, mudo, y a la vez, clamoroso testimonio de la presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Es una profesión de fe de estos pueblos, una manifestación de devoción, y expresión de su gratitud a Dios por el milagro. Será una ocasión de volver a pedirle, como hemos hecho con la colecta de la Misa, que nos conceda venerar de tal modo los sagrados misterios de su Cuerpo y de su Sangre que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención”. Constantemente, cada domingo, porque el cristiano no puede vivir sin el domingo. No sería lógico que quienes fueron agraciados por Dios con el milagro, que hoy seguimos agradeciendo, tengamos tiempo para las cosas más diversas, y no lo tengamos, en cambio, para la Misa dominical. Participemos en ella con fe, como pueblo de Dios, pidamos perdón por nuestros pecados, alabemos jubilosos al Señor de la misericordia, permitámosle que cure nuestras heridas, que una los corazones, para que formemos un solo cuerpo, lejos de enfrenamientos, discordias, disensiones y violencias. Acerquémonos con frecuencia, libres de pecado mortal, a recibir el pan vivo que ha bajado del cielo, porque -son sus palabas-, “el que come de ese pan vive para siempre”.
Termino con la petición que se formula en la última estrofa, bellísima de la secuencia del día del Corpus Christi y que hoy recitamos en nuestros corazones: “Tú que todo lo sabes y puedes, que nos apacientas aquí, siendo aún mortales, haznos allí tus comensales, coherederos y compañeros de los santos ciudadanos”. Amén.




