Homilía del Sr. Obispo en San Clemente el 19 de Julio

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Queridos hermanos:

Como cada domingo las lecturas que propone la liturgia de la Iglesia son luz que ilumina nuestra vida cristiana, lámpara para nuestros pasos. Si las escuchamos con atención nos servirá de alimento y tema de nuestra oración para toda la semana. Es una buena práctica releer esos textos y hacerlos objeto de nuestra reflexión y oración.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, proclama con fuerza: “Fuera de ti no hay otros Dios que cuide de todo”. Solo hay un Señor, un Dios bueno. Un único Dios que cuida de todo y de todos. No hay un Dios origen del mal. Nuestro Señor juzga con moderación, dice el texto sagrado. Nos gobierna con mucha indulgencia. Tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Al obrar así nos has enseñado cómo debemos obrar nosotros: Él es modelo, ejemplo de conducta. “Obrando así, enseñaste Señor a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento”.  El justo, el cristiano, si quiere asemejarse Dios, ha de procurar ser humano, muy humano: no despegado, frío, distante, insensible, incapaz de sufrir y de alegrarse con los demás. Así nos lo ha recordado también el Papa León en su Encíclica sobre la dignidad humana, advirtiéndonos del peligro de la deshumanización que amenaza a nuestra sociedad. Tenemos el deber, nos dice, de permanecer profundamente humanos, de aceptar, por ejemplo, el arrepentimiento de los demás cuando hayan obrado mal: Dios da lugar al arrepentimiento. Pidámosle un corazón bueno como el suyo.

San Pablo nos hace caer en la cuenta de que a veces pedimos a Dios cosas que no son un bien para nosotros. Nos dice que a veces no sabemos lo que pedimos. La madre de Juan y Andrés, los hijos del Zebedio, pedía para sus hijos los primeros puestos en el reino de Jesús. Este le responde: “no sabéis lo que pedís? También nosotros pedimos a veces a Dios lo que en realidad no es un bien para nosotros. Y nos lamentamos, protestamos y nos enfadamos con Él si no nos lo concede. Incluso nos alejamos de Él, Cuando resulta que Dios nos da cada día toda clase de bienes; de muchos no nos damos cuenta. Y no le damos gracias por ellos. Es bueno que nos preguntemos hoy: ¿cuántas veces doy gracias a Dios cada día? ¿Se las doy al menos el domingo con la Santa Misa?

Dios siembra siempre buena semilla, la mejor, en todos los corazones, el deseo profundo de verdad, de bien, el amor a Dios y a los demás. Pero resulta que hay también alguien que siembra cizaña, odio, discordias, violencia, egoísmo. Pasado el tiempo, los criados observan que hay cizaña en el campo y preguntan al dueño del campo si quiere que arranquen esa mala hierba. El Señor no lo permite: que crezcan junto trigo y cizaña, no sea que al arrancar la cizaña lo hagan también con el trigo. Dio no tiene prisa. Cada cosa a su tiempo. Hasta que llegue la siega, es decir la hora en que se comprobará lo que es trigo y lo que es cizaña. No quiere errores el Señor. Quizás hay quien parece trigo y en realidad es cizaña, y al revés. Por sus obras los conoceréis. Cuando llegue la hora de la siega, la hora del juicio, ya no habrá lugar a dudas. Se recogerá trigo y cizaña, pero el destino de uno y otra será bien distinto. El granero del trigo será el cielo. Allí se juntará todo el trigo. La cizaña en cambio será quemada.

Es la imagen que utiliza frecuentemente el Evangelio para indicar el final desgraciado de la cizaña: será quemada. Hay verdades que duelen, no nos gusta escucharlas. Esta es una. Hay premio y castigo. Pero son verdades que se nos enseñan no para meter miedo, sino para advertirnos del peligro. Agradecemos que las señales de las carreteras estén bien puestas, que sean las oportunas; no se ponen para fastidiar a los conductores, sino para evitar el peligro de un accidente. Son una ayuda necesaria para evitar el mal, un mal real, que nos amenaza si no les hacemos caso; un mal que nos sucederá solo a quien alegre y torpemente no las tiene en cuenta. Escuchemos con ese espíritu la advertencia del Señor. Amén.

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