Homilía del Sr. Obispo en las Exequias de Isidoro Gómez Cavero

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Queridos hermanos. Un cordial saludo con mis sinceras condolencias a familiares, amigos, a todos los que apreciabais y apreciáis a Isidoro, centenares, miles seguramente, pacientes, colegas de profesión, compañeros de ideales, deportistas, y un largo etc. Hoy todos reunidos en este templo parroquial de San Esteban para acompañar y expresar nuestro afecto a sus familiares y de manera particular en este momento para rezar por su eterno descanso. Al final es esto lo que cuenta, no lo único que cuenta, pero sí lo que más cuenta. Por eso sale del alma la plegaria, la oración, como un lamento y, a la vez como un grito de esperanza: ¡Dale, Señor, el descanso eterno!

Momento de verdades rotundas, evidentes. Somos mortales. Débiles, frágiles, poco más que una caña, aunque una caña pensante, en palabras del filósofo francés. Apenas un suspiro separa la muerte de la vida, un segundo como un cuchillo afiladísimo que corta el hilo de la vida. Somos capaces de frenarla, de retardarla, pero no de vencerla. Podemos derrotarla en una o cien batallas; la definitiva la vence ella. No es derrotismo pesimista; es la visión de las cosas como son. Porque ciertamente la muerte es rompeolas de tantas cosas: del orgullo, de la soberbia de la vanidad. Rompeolas de toda vida humana que se estrella contra ella y se reduce a un poco de espuma. Rompeolas de las ambiciones humanas de llegar a ser como Dios, la gran tentación del paraíso. El gran engaño urdido por el padre de la mentira, la gran falsedad que conduce al tropiezo fatal. “El día en que comáis del árbol del bien y del mal, seréis como dioses; el día en que parecía poderse cumplir el deseo de ser como dios, el día de la desobediencia, el de la satisfacción de todo deseo, el día en que se pretendía dar muerte a Dios, fue el día de la caída del hombre, el día en que la muerte entró en el mundo: la muerte del alma que es también muerte anunciada del cuerpo. Sí, la muerte es rompeolas de las falsas ilusiones.

Pero la muerte es también inicio de la esperanza cumplida. Lo hemos escuchado de labios de san Pablo en su carta a los Romanos: “¿Dónde está muerte, tu victoria? ¿Dónde está muerte tu aguijón? … Gracias a  Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Ro 15, 55 ss). Ahora sabemos que la muerte no tiene la última palabra. La última palabra no es de derrota, es una palabra victoriosa. La última palabra es de vida, de luz, bienaventuranza. Para todos los que creen Cristo. La palabra del Evangelio no puede ser ni más clara ni más rotunda: Jesús dice a Marta, la hermana de Lázaro, que se le queja porque no ha salvado a su hermano de la muerte: Yo soy la resurrección y la vida: “el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?” ¿Lo crees de verdad? parece decirle. Porque está es la cuestión decisiva. Y Marta, como Tomás el apóstol, responde: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Para el cristiano, el que cree en Cristo que es la vida, la muerte no habla del final, es puerta que abre a una nueva vida. La vida eterna, la vida de Cristo victorioso sobre la muerte. Pero necesitamos que la luz nos transforme, nos transfigure, nos haga luminosos; que no solo nos envuelva, sino que nos atraviese. Que nos purifique de toda mancha de pecado. Es lo que ahora pedimos. Qué bellamente lo recuerda el Prefacio que en seguida leeremos cunado dice: “En él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección; y así, aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de tus fieles, Señor, no termina, se transforma, y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo”. En el momento de la muerte brilla una luz, que rasga la incertidumbre del futuro y es el sentido de la vida del cristiano. Brilla una esperanza, brilla. Porque Jesús se ha hecho cargo de todas nuestras miserias y pecados. El se ha preocupado por todos los hombres y lo sigue haciendo

No es el momento de panegíricos, de alabanzas. Es momento para rezar sencilla, humildemente a Dios Nuestro Señor. Señor, da la recompensa a las obras buenas de nuestro hermano Isidoro, tantas seguramente; Tú, Señor, en tu sabiduría, las conoces todas. Mejor aún, dale la recompensa según tu infinita misericordia; a ella hemos acudido en el salmo; la hemos confesado llenos de esperanza y se nos ha ensanchado el alma, encogida como estaba por el recuerdo de nuestros pecados. Estamos ciertos, sí: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira, rico en clemencia. No nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas, pues es un padre que siente ternura por sus hijos”.

Lo pedimos valiéndonos del auxilio de la Virgen Santísima, nuestra Señora del Pilar, a la que nuestro hermano tenía gran devoción.  Acompaña, Señora nuestra, a Isidoro, hermano y amigo, en el camino que lleva al abrazo eterno con Dios, nuestro Padre. Amén.

Foto: El Digital de Cuenca (Néstor Robayna)

 

 

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