Homilía del Sr. Obispo en la Misa del Jubileo del Beato Tiburcio Arnaiz en Málaga

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Queridos hermanos:

Celebramos la Santa Misa en el centenario de la muerte del Beato Tiburcio Arnáiz, que ejerció su celosísimo ministerio sacerdotal en tierras andaluzas y de manera particular en esta diócesis de Málaga, donde “inventó” un peculiar método evangelizador “La Obra de las Doctrinas Rurales” que sigue dando en nuestros días numerosos frutos de conversiones y de mejora en la vida cristiana. Soy testigo de ello y, por eso, provecho este momento para agradecer de corazón su labor en numerosos pueblos de España, tan sencilla y callada como eficaz. Pido para todos la gracia de tener el mismo amor del Beato Arnáiz al Sagrado Corazón de Jesús, de quien era ferviente devoto, y su mismo amor a las almas, a las que dedicó todas sus fuerzas. Dos amores que son uno solo, siendo cada uno ellos la prueba de la autenticidad del otro. No hay, en efecto, verdadero amor a Dios que no lleve a darse a los demás; ni auténtico amor a las almas que no termine en amor a Dios.

Hemos escuchado en el Evangelio que Jesús recorría pueblos y ciudades, proclamando y anunciando el reino de Dios. Caminaba de un sitio para otro, movido por su amor a hombres y mujeres, y el deseo clavado en su corazón de que todos se salven, de que a todos alcance la luz y la gracia de Dios. Lo acompañaban los Doce, pescadores en su mayoría, elegidos por él hacía poco tiempo; lo hacían también algunas mujeres: María Magdalena, de la que había arrojado siete demonios; Juan, mujer de Cusa, intendente de Herodes (como su ministro de hacienda) y una tal Susana, citada sin más precisiones, pero que debía sr una figura bien conocida para los primeros cristianos. La concreción del Evangelio al indicar los acompañantes de Jesús en sus correrías no carece de interés: iban con él un grupo de hombres y unas mujeres cuya identidad conocemos; todos llamados a cooperar con Cristo en su misión, cada cual como era, como los quiso Jesús; los llamados Apóstoles y un grupo de mujeres. Qué importa lo que son unos y otras, qué importa su específica misión en la construcción del Reino. Diría que poco o nada. Lo que importa de veras es ser discípulo del Señor, seguirlo de cerca cooperar con El en su misión.

El Evangelio dice también que otras muchas mujeres le servían con sus bienes. Sin nombre, sin identidad conocida, sin que eso les importe. Les servían con sus bienes. Esto sí que importa, servir a la redención del mundo, servir que es amar. Servir, eso importa, ¿cómo? ¿en qué? Donde Dios nos ponga. Sacerdote, religiosos, desposados, solteros, consagrados…, donde Dios quiera, pero siempre servir. “Servidor fiel y solícito”, ese es el título más alto que da Jesús en el Evangelio. Esclava, se dice María. Siervo de los siervos de Dios, se denomina el Papa. No he venido para ser servido, sino para servir, dice Jesús.

San Pablo, nos recuerda la segunda lectura de la Misa, predicó la Resurrección de Cristo a judíos y griegos. No lo detuvo el hecho de que para los primeros resultase un escándalo y para los segundos una locura, un desvarío. Para los discípulos de Jesús, en cambio, como afirma Pablo, la Resurrección es el acontecimiento que sostiene nuestra fe. Cristo muerto y resucitado. El hecho de que Cristo vive. ¡Ha resucitado el Señor verdaderamente! Se decían unos a otros, asombrados, los Apóstoles. Con Cristo resucitado comienza todo y todo se encamina al Cristo vivo y glorioso por los siglos sin fin. Resucitando de las aguas del Bautismo comienza nuestra vida en Cristo y con la resurrección de la carne comenzaremos a gozar en plenitud, en cuerpo y alma, la vida eterna. Ha resucitado el Señor, proclamaban los Apóstoles. Y María Magdalena iba más allá: ¡Ha resucitado Cristo, mi esperanza! Nuestra esperanza está, en efecto, en Él.

Queridos hermanos, hemos nacido del amor de Dios -Cristo muerto y resucitado-, amor que ha sido derramado en nuestros corazones; estamos destinados a la plenitud del amor en la gloria, y somos invitados a servir, a vivir del amor de Dios en esta vida. Creados para el amor, llamados al amor, a devolver amor, a vivir nuestra verdad, pues hemos sido creados y salvados por un Dios que es amor y que nos ha hecho a su imagen y semejanza, es decir, capaces de amar. Quien no ama, el egoísta, es un fracasado. Nuestra verdad más íntima es la de ser infinitamente amados por Dios. Infinitamente, sin límites, sin medida. Ser infinitamente amados significa ser extremadamente importantes para alguien, para Dios nada menos. Le pido al Beato Tiburcio que nos ayude a comprender lo que esto significa, que nos enseñe a dejarnos poseer, a dejarnos amar por Dios, por ese corazón de Jesús, ardiente y coronado de espinas: porque es un amor sin límites, entregado a nosotros hasta sufrir pasión

y muerte por nosotros. Espinas, sacrificio, que hablan de la autenticidad del amor de Dios y de todo sacrificio. Si falta el sacrificio por la persona que se ama, no hay, podemos estar seguros, verdadero amor.

El amor que enciende Dios en nosotros nos lleva a seguirle, a imitarle. Y el seguimiento pasa por la Cruz. ¡El que quiera venir en pos de mí, que tome su cruz cada día! El que ama debe tomar la Cruz que es morir a sí mismo y vivir para los demás. Es la señal del cristiano, el signo que nos identifica como tales.  El amor que es el cumplimiento de la ley, su plenitud. Sin él, la más exacta y escrupulosa observancia de los mandamientos quedaría sin alma, sería algo falso, inauténtico. Que el Beato Tiburcio Arnáiz nos alcance del Señor luz para comprenderlo y gracia para vivirlo. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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