Homilía del Sr. Obispo en la Misa del año Jubilar con ocasión de los 50 años de la Hospitalidad de Lourdes de nuestra diócesis

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Queridos concelebrantes, saludo cordialmente al P. Mauricio y a los pertenecientes a la Hospitalidad de Lourdes de Cuenca y de las Hospitalidades hermanas de Albacete, Murcia, Salamanca, Castellón y Madrid. Queridos fieles todos.

Celebramos un año Jubilar con ocasión de los 50 años de la Hospitalidad de Lourdes de nuestra diócesis. Cientos de hospitalarias y hospitalarios, miles de enfermos, decenas de miles de peregrinos se acercaron en estos años hasta la gruta de Massabielle para postrarse a los pies de la Virgen y dejar en sus manos peticiones y oraciones propias y ajenas. Un bellísimo testimonio de fe en la poderosa intercesión de María ante Dios nuestro Señor, y tantas oraciones elevadas al cielo pidiendo por pequeñas y grandes necesidades, por la paz, por la conversión de los pecadores. Y tantas peticiones acogidas, por las que damos gracias a Dios. Tantas gracias, porque nadie que acude a Lourdes, aunque sea con solo un granito de fe, vuelve de vacío; se trae siempre de vuelta un regalo: más paz, más conciencia de ser Iglesia, más alegría al ver tantos hermanos que sufren y piden a Dios… y el deseo de volver otra vez y repetir la experiencia. Gracias, Virgen y Señora de Lourdes por tu intercesión, por tantos secretos favores como has hecho a los fieles de Cuenca y de tantos otros lugares en estos 50 años. Hoy nos hace otro regalo: podemos ganar el Jubileo, la indulgencia plenaria, la purificación plena de nuestros pecados si hemos confesado y comulgado y encomendamos al Santo Padre.

Los textos de la Misa nos hablan del final del tiempo que el Señor nos ha dado. La primera lectura está tomada del libro de Isaías. Más allá de los acontecimientos inmediatos en que vivió el profeta, el texto nos habla de los tiempos finales, en concreto del juicio final. Dios, Señor de la Historia, es también Juez. Nuestra fe nos dice que vendrá a juzgar a vivos y muertos. Entonces, se hará justicia, una justicia que no podemos esperar sea plena en este mundo. Pero Dios penetra los corazones, nos conoce por dentro y por fuera, y es, por excelencia, juez justo. Tantas veces nos quejamos de la falta de justicia en esta tierra; ¡no es justo!, decimos con frecuencia; pero justicia se hará; la verdad de cada uno resplandecerá al final; seremos objeto de la misericordia divina, pero también de su justicia.

El Señor ha preparado un festín estupendo para los justos de todos los pueblos: una situación feliz, descrita con toda suerte de detalles: manjares suculentos, exquisitos, vinos de solera, refinados, aniquilación la muerte, ojos que no tendrán lágrimas que enjugar. Los justos cantarán entonces: ¡esperábamos en él y nos ha salvado… Celebremos y gocemos con su salvación!

El Evangelio nos habla también del Reino de los cielos: Lo hace, como era habitual en sus enseñanzas, mediante una parábola. El Reino es visto como un momento feliz, de alegría: una boda, un gran banquete, preparado por el rey para la boda de su hijo. El salón está preparado, la comida dispuesta, las invitaciones cursadas. A la boda han sido invitados muchos, pero no han querido ir. Por su parte, el rey y padre quiere que muchos entren en el banquete para celebrar la boda de su hijo, y no se “desanima” porque esos primeros invitados no hayan querido ir. Ponen mil excusas diversas: no dispongo de tiempo, tengo otras cosas importantes que hacer, me viene mal ahora: y no solo no aceptan la invitación, sino que maltratan a los enviados para invitarles (el pueblo de Israel maltrató a los profetas que le hablaban en nombre de Dios). Y llama a otros nuevos (los gentiles, los no judíos, que tampoco aceptaron y se portaron mal con los siervos del rey y con su propio hijo). Mandó llamar entonces a todo tipo de personas, a todos se abren las puertas del salón del banquete. No está reservado para un pueblo determinado, para unas personas concretas de una cultura, posición social, educación particular El rey convoca a todos: buenos y malos, dice el texto. Todos o casi, responden positivamente y visten el traje apropiado al banquete y a quien los ha invitado. Acuden todos vistiendo el traje de fiesta, todos revestidos de luz, de la gracia del Señor.

Pero el Señor que entra a saludar a los comensales, repara en que hay uno que no lleva el traje de fiesta, no está en gracia y le increpa ¿cómo es que te has atrevido a entrar sin el traje de boda? No puedes estar aquí, no llevas el traje de fiesta. Aquel hombre no supo explicar su situación, y el rey manda echarlo fuera, a las tinieblas.

Si quitáramos del Evangelio lo que se refiere al castigo divino de quien se presenta ante Él sin la gracia, el evangelio quedaría reducido en mucho. Quizás nosotros no sabemos conjugar la misericordia y la justicia, pero Dios sabe cómo. Y de cualquier manera no ofrece soluciones buenistas, como diríamos hoy, a ese aparente dilema. Al contrario, el Evangelio parece poner en labios del rey, a modo de colofón de la parábola, unas palabras que resultan muy duras, pero con las que nos advierte: “Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos”. De hecho, ni los primeros ni los segundos invitados de la parábola aceptaron la invitación divina para entrar en el banquete: no hicieron caso. El Evangelio no ofrece más explicaciones: sacad vosotros las consecuencias, parece decirnos. Hagámoslo cada uno.

San Pablo en su carta a los Filipenses, hablando de sí mismo, dice unas palabras consoladoras: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Quizás es superior a nuestras fuerzas el camino que lleva al banquete, pero todo lo podemos con la ayuda de Dios. Quizás no tengo fuerzas, pero Dios me las suministra, si lo pido; y está dispuesto a hacerlo.

Estamos llamados al cielo, al gran banquete, a la felicidad sin fin. Todos hemos sido convocados. Pero algunos no quieren ir, usan mal su libertad. De todos modos, siempre tenemos a disposición la fuerza de Dios, su ayuda, su gracia. Pidámosla. Él nos escucha. Amén.

 

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