Homilía del Sr. Obispo en la Misa de clausura del II Congreso Nacional de la Resurrección en Tarancón

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Querido d. Miguel Alberto, párroco de esta parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, de Tarancón; hermandades del Resucitado de Tarancón y de otras ciudades de España, reunidos aquí para celebrar el II Encuentro Nacional de Hermandades del Resucitado, queridos fieles todos.

Fariseos y saduceos se dirigen a Jesús como a un “rabí”, un maestro. Le hacen una pregunta de larguísimo alcance: ¿cuál es el mayor de los mandamientos? La pregunta la hacen los fariseos: observantes estrictos, rigurosos, de la ley de Moisés, pasando a veces por encima de la piedad y la misericordia. Cuidan hasta los más pequeños detalles: purificaciones, rezos, alimentos, distancias que se puede recorrer en sábado, no encender fuego… Los otros que preguntan son los saduceos, escépticos con todo lo sobrenatural, no creen en la resurrección de los muertos, ni en la inmortalidad del alma, ni en la existencia de ángeles, y no admiten las tradiciones orales.

Preguntan por el mandamiento principal, por el primero y más importante de todos. Jesús responde en el modo que todos conocemos: Amarás a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Y al prójimo como a ti mismo. Van juntos. Amar a Dios comporta amar todo lo que Dios ama.

Es el mandamiento primero, porque sostiene la ley y los profetas; de él penden, cuelgan todos los demás. Sin él caen por tierra, no son nada. Todo su sentido lo adquieren si están penetrador por el amor: si son su expresión. Si no lo manifiestan son una mueca, una falsedad, una simulación. Todos, repito, caen por tierra. El amor de Dios es el corazón y el espíritu de cualquier mandamiento: si falta, es un mandamiento sin alma. Algo muerto.

Pero no se pueden contraponer mandamiento o ley y amor. Sí el bien no se hace por amor, será fruto entonces de la conveniencia, del orgullo, de la vanidad, de la búsqueda del provecho propio, del interés, fruto del querer aparecer, sobresalir, prevalecer sobre los demás…

A la vez, el amor se demuestra en la observancia de los mandamientos: “el que me ama guardará mis mandamientos”, dice san Juan en la primera de sus cartas, y la sabiduría popular enseña que “obras son amores que no buenas razones”. El amor es incompatible con el odio, la violencia, el espíritu de venganza, el orgullo, el abuso de los demás, la injusticia. Si el fuego no quema, si el amor no se manifiesta…, es que no existe. Ni mandamiento sin amor, ni amor sin mandamiento.

Decía una persona escribiendo a su madre: aquí tienen mucha caridad conmigo, pero no me quieren. Eso no es caridad, no es amor: es una contradicción en los términos. La caridad es amor, fuego, vida: si no te quieren, si no te aman, no hay caridad. Una caridad fría, fruto del cálculo, no es verdadera caridad. Ni tampoco una caridad reducida a emoción pasajera. Es como un enamoramiento intenso, a veces casi violento, pero que puede demostrase fuego de artificio o, por el contrario, inicio de verdadero amor. Este se contrasta con el tiempo, con las adversidades, con el sufrimiento. El amor se revela cuando la otra persona es sentida como parte de uno mismo. Sin ella me falta algo. Por eso el verdadero amor es para siempre. Tanto en el amor matrimonial como en el amor celibatario. Amor, entrega total, para siempre.

Celebramos el segundo congreso nacional de Hermandades del Resucitado. Un buen número de Hermandades de toda España os habéis reunido aquí en Tarancón para celebrar a Cristo en el Misterio Central de nuestra fe. El horizonte que Cristo resucitado abre a nuestra esperanza es enorme. Todo otro horizonte se queda muy pequeño: sea este de gloria, de poder, de riqueza, de fama o de vida. Todo resulta pequeño, pasajero, perecedero. Cristo resucitado es quien nos asegura una vida nueva, sin fin, victoriosa, gozosa, feliz. ¡Ha resucitado Cristo, mi esperanza! Con Él todo es luz, y sin Él todo es amenaza sombría, incerteza, inseguridad, quizás con algún rayo de luz, pero siempre amenazado por la tiniebla. Cristo vive y nos llama a vivir con él.

La fe, hermanos, es vida: creemos en un Dios creador de todo, Redentor de los hombres, Espíritu vivificador. No es Dios de muertos sino de vivos. San Pablo felicita a los fieles de Tesalónica porque, como él mismo, acogieron la Palabra entre muchas pruebas, con la alegría del Espíritu Santo, y así llegaron a ser un modelo para los creyentes de Macedonia y de Acaya. Gracias a ellos, la Palabra de Dios se expandió por esas regiones y su fe en Dios corrió de boca en boca, de modo que Pablo ya no tenía que explicar nada pues, abandonando los ídolos, dándoles la espalada, les dice, os convertisteis, os volvisteis al Señor, para servir al Dios vivo y verdadero, aguardando la vuelta de su Hijo desde el cielo, a quien ha resucitado de entre los muertos. Luego Cristo vive, es el Resucitado. No es simplemente una gran figura histórica, un maestro de doctrina excelsa, una persona moralmente intachable, un obrador de prodigios, un defensor insobornable de la causa de las gentes más humildes. Es el viviente, el “resucitado de la muerte y de la muerte vencedor”. Por eso en esta mañana del domingo, la Iglesia canta en el oficio de Laudes: “Somos el pueblo de la Pascua/aleluya es nuestra canción/Cristo nos trae la alegría/levantemos el corazón/… /Misioneros de alegría, de la esperanza y del amor, mensajeros del Evangelio, somos testigo del Señor/”. Amén.

Fotos: Ayuntamiento de Tarancón

 

 

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