Homilía del Sr. Obispo en la Misa de Apertura del Curso Académico 2026-2027 del Seminario Diocesano y del Instituto Teológico San Julián de Cuenca

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Queridos sacerdotes concelebrantes. Un saludo muy cordial para mi hermano D. Ángel, Obispo de la diócesis hermana de Albacete; formadores y profesores, muy queridos seminaristas, padres familiares y amigos de los seminaristas, de Albacete y de Cuenca, queridos fieles.

El inicio de curso en el seminario tiene siempre algo de nuevo; algo que se estrena, que presenta un cierto aire de desafío, un toque de incógnita, pero también el tono alegre de la promesa, de los inicios; tiene algo de primavera, de nueva vida. Lo afrontamos con ilusión, unos como un tiempo más para descubrir y adquirir mayor certeza sobre lo que Dios ha pensado para cada uno; otros para crecer y afirmarse en el camino ya decidido hacia el cumplimiento de la propia vocación, en este caso el sacerdocio. La solidez de ese paso depende para todos de la fidelidad humilde y perseverante de quien se deja guiar por el Espíritu, y también por la mano experta de los formadores.

En su reciente viaje a España, y más concretamente en su discurso a los obispos españoles en la sede de la Conferencia Episcopal, el pasado 8 de junio, nos recordaba el Papa que la fuerza de la Iglesia no nace de la grandeza o del número de los medios a nuestra disposición, sino de la santidad de sus hijos, de todos sus hijos, hombres y mujeres, sacerdotes, consagrados, laicos. Y traía a la consideración de Obispos y sacerdotes la figura de san Juan de Ávila, patrono del clero español, en este año en que celebramos el quinto centenario de su ordenación sacerdotal. En el Maestro Ávila reconoce la Iglesia, decía el Papa, la vida sacerdotal que cada obispo está llamado a custodiar y a hacer crecer en el propio presbiterio, definiendo de ese modo una bella y comprometedora tarea para el Pastor diocesano. El Papa León descubría en san Juan de Ávila la esencia de una auténtica figura sacerdotal que será bueno que tengáis muy presente durante estos años de preparación para el sacerdocio, como lo será también para todos los que ya lo somos: “ser presbíteros, decía el Papa, enamorados de Cristo, radicados en la oración, cercanos al pueblo, capaces de unir doctrina sólida, celo apostólico y caridad pastoral”. Siete notas para delinear la genuina y atrayente figura de un sacerdote según el corazón de Cristo.

Permitidme una breve glosa de esta presentación que hace el Papa de algunos de los trazos que nos dan la figura un sacerdote: un hombre “enamorado de Cristo”. El enamoramiento envuelve la idea de haber encontrado la persona de la vida de uno; encierra la convicción de que esta encuentra pleno sentido solo en compañía de esa persona, por la que se está dispuesto a cualquier sacrificio, y comporta seguramente una pizca al menos de pasión, de un fuerte atractivo.

El sacerdote es alguien “radicado en la oración”. Se habla de raíces, de aquello que te mantiene en pie, que te permite alimentarte y crecer; algo necesario para que haya frutos. Hundir las raíces en la oración, en el trato con Dios, donde va fraguando el amor que termina en enamoramiento verdadero. Radicados en la oración que lleva a decir: Sin ti, Señor, no hay verdadera vida para mí. Oración de amistad, íntima, cada día.

“Fieles a la Iglesia”, conscientes de forma parte del Pueblo de Dios y de estar por entero a su servicio, como razón de nuestra vida. Fieles a la Iglesia de ayer, de hoy y de mañana, ya que la Iglesia es una. Actitud eclesial-sinodal en la que se conjuguen la fidelidad a la tradición que recibimos de quienes nos han precedido en la fe, la atención al mundo en el que vivimos y al que queremos servir, y la apertura al mundo y a la sociedad que se van configurando para llevarles la luz y la gracia del Evangelio.

“Cercanos al pueblo”, con una cercanía rebosante de empatía que los demás advierten. Somos levadura para la masa, mezclada, hecha una cosa con ella, pero conservando, a la vez, toda la virtualidad. Cercanos a l gente, aprendiendo a querer a todos, sin distinciones. Con la alegría de quien se sabe y reconoce como pueblo de Dios. Unido a todos. Compartiendo alegría y penas, esperanzas, ilusiones. Haciendo llegar a todos el el amor de Dios, hecho también afecto y cariño de un corazón humano, de hermano y de padre.

Sacerdotes de “doctrina sólida”; no lo son las opiniones, por naturaleza cambiantes, fluctuantes, nuevas en un momento, vieja en el siguiente; opiniones que sustituyen a otras; teorías, visiones personales no leyes o verdades. Doctrina sólida, aprendiendo a distinguir bien entre la rica y bella tradición de fe, de liturgia y de moral de la Iglesia, de lo que son pareceres más o menos fundados, doctrina propia, no de la Iglesia en su totalidad; gustos, preferencias, válidas en sí mismas, pero que ceden ante la sólida doctrina, contenida fundamentalmente en el catecismo de la Iglesia Católica, en los documentos del Magisterio de la Iglesia.

“Celo”, proseguía el Papa, deseo intenso de que la luz, la gracia ‘la vida’ de Dios llegue a todos, de facilitar el encuentro personal con Cristo con nuestro ejemplo, con nuestras palabras, con la alegría de nuestras vidas, el optimismo, la apertura a todos, la sencillez y la naturalidad, la amistad sacrificada. Interés constante, preocupación diría, por todos cuantos nos rodean: interés constante, no fruto de un impulso pasajero; con una perseverancia que no desfallece.

“Caridad pastoral”, en fin; caridad que es entrega, olvido de uno mismo, gratuidad. Caridad que es el clima el también en el que nace y se desarrolla la actividad de un sacerdote. El bien de las almas es lo que persigue, no el bienestar propio.

Comienzo de un nuevo año de crecimiento, de forja del espíritu, de fortalecimiento de la voluntad, de maduración de los sentimientos; sin prisa, pues las personas tienen su ritmo y maduran con el tiempo, con la ayuda, sobre todo, de quienes conviven con vosotros, de los formadores, de los compañeros; sin prisa y sin pausa: con la ayuda de Dios que pedimos en esta Misa y con el empeño también de cada uno. Dios que nos ha creado, que nos da su gracia, no nos salva sin nosotros, ni contra nuestra voluntad. Quiere y necesita nuestra colaboración.

Acudimos a la Ssma. Virgen pidiéndole que cuide con amor materno de todos los seminaristas que inician este nuevo curso. Y que, que San José y san Juan de Ávila, queridos seminaristas, os sirvan de modelos en vuestro seguimiento alegre y fiel de Jesucristo nuestro Señor. Amén.

 

 

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