Homilía del Sr. Obispo en la celebración de los Santos Ángeles Custodios

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Señora subdelegada del Gobierno, Sr. Comisario Jefe Provincial de la Policía Nacional, autoridades, miembros de la Policía Nacional y familias, fieles todos:

Me alegra poder celebrar un año más con todos Uds. la fiesta de los Santos Ángeles Custodios, Patronos de la Policía nacional. Muchas felicidades a todos y que Dios les bendiga. Para mí es también ocasión de mostrar mi agradecimiento a la Policía Nacional por sus servicios a todos los ciudadanos, agradecimiento que hago extensivo a todas los Cuerpos y Fuerzas de seguridad del Estado.

La fiesta de los Santos Ángeles Custodios nos recuerda y refresca una verdad no menor de nuestra fe católica: la del Dios que no solo es creador, aquel que pone en la existencia todas las cosas, sino que, y esta es la verdad que brilla en esta fiesta, es un Dios que se cuida de nosotros. La fiesta de los santos Ángeles nos recuerda el cuidado de Dios sobre todas las criaturas, especialmente sobre el ser humano, piedra clave de la creación del mundo, amado por Dios por sí mismo. En su cuidado de hombres y mujeres, Dios llegó a entregar a la muerte a su propio Hijo y a infundirnos su Espíritu. Pero, además, como nos enseña bellamente San Bernardo, Dios ha querido que ninguno de los seres celestiales deje de tomar parte en la solicitud por nosotros y así, nos envía a sus ángeles para que nos sirvan y nos ayuden; los constituye nuestros guardianes, y manda que sean nuestros ayos”. Así que los Santos Ángeles son una manifestación del especial cuidado que Dios tiene de los hombres.

En este día, todos agradecemos a Dios el regalo de sus ángeles, a quienes Él ha dado órdenes para que nos guarden en sus caminos. Les mostramos reverencia por su continua presencia junto a cada uno, devoción por su benevolencia hacia nosotros, y confianza por su segura custodia y defensa frente a nuestros enemigos espirituales.

Recuerdo un sacerdote ya cargado de méritos y de años que decía a quien no se mostraba demasiado convencido: ¿Qué no hace favores el Ángel Custodio o de la guarda, como decimos en España? ¿Que no hacen favores? Y se respondía a sí mismo, “será que no se los pides”.

Hoy no falta quien tiende a pensar los ángeles como una especie de seres mitológicos, vaporosos personajes de los cuentos infantiles, junto a hadas y enanos buenos, sabios protectores de la tierra y de la naturaleza. Pero ni los hijos de Israel ni los cristianos los hemos considerado tales: siempre junto a Dios, a su servicio, su corte celestial. Con sus alas cubrían el Arca de la Alianza que contenía las tablas de la ley, una vasija con maná y la vara de Aarón. Aparecen en el Antiguo Testamento en numerosas ocasiones, aunque en unas puede su nombre puede significar una manifestación visible del mismo Dios, y en otras lo que habitualmente entendemos por ángeles. En el Evangelio estos aparecen desde los primeros compases de la vida del Señor: aparición en sueños a San José, en la anunciación a María, en nacimiento de Jesús en Belén, en sus tentaciones en el desierto, en la conversación con Nicodemo, en el texto del Evangelio de hoy, en el Huerto de los Olivos, en la mañana de la Resurrección, en el relato de la Ascensión. También es muy frecuente la presencia de los ángeles en los Hechos de los Apóstoles que cuentan la vida de la Iglesia naciente o en libro del Apocalipsis.

El Evangelio que hemos escuchado hace unos momentos, los pone en particular relación con los niños. “Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial”. Esta especial relación suya con los niños quizás se deba a que estos son símbolo de autenticidad: se muestran como son; ejemplo de sencillez, ajena a todo artificio; de espontaneidad, sin fingimientos. O quizás porque son seres débiles, especialmente necesitados de cuidados y protección. Quizás porque particularmente valiosos en cuanto promesa de futuro. Lo cierto es que Jesús ve en ellos las virtudes que con el paso de los años nos cuesta más vivir; vienen a ser como la encarnación de la sencillez, de la inocencia, del candor, de la trasparencia, perdidas o debilitadas con el pasar del tiempo. Virtudes todas que exigen una especial ayuda de los ángeles.

Acudamos, hoy y siempre, a su protección; solicitemos especialmente su ayuda en los momentos de dificultad, porque acudirán de seguro en nuestro socorro, ya que Dios nos los ha puesto a nuestro lado como guardianes y protectores. Que así sea.

 

 

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