Homilía del Sr. Obispo el Viernes de Dolores

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Autoridades, hermanos todos.

Como cada año celebramos la Santa Misa en este santuario de la Virgen de las Angustias en el Viernes de Dolores, a las puertas de la Semana Santa. Hemos pedido al Señor perdón por nuestras faltas, por nuestros pecados. Nos reconocemos pecadores, todos, sin excepción. Lo ponía de relieve el evangelio de hace unos días evangelio que narraba la escena de la mujer adúltera. Ante las acusaciones de escribas y fariseos, Jesús sale en defensa de aquella mujer, no porque disculpe su pecado de adulterio, sino porque no soporta la hipocresía, la falsedad o la mentira. A ver, quien de vosotros esté sin pecado que tire la primera piedra. Tenemos de que arrepentirnos, reconocemos nuestras faltas. Primera actitud fundamental propia de este tiempo.

Y hemos pedido perdón porque, en la mayoría de los casos, nuestros pecados no son hijos de la malicia, de la voluntad de hacer el mal, sino de la fragilidad, que hace que seamos engañados y arrastrados por el lado apetecible que puede tener el pecado. Pero la debilidad no excusa, atenúa, pero no exime de responsabilidad ni elimina la pena que merece el pecado. Por eso, lo primero es reconocerlo, porque sabemos que hemos hecho mal por nuestra soberbia, vanidad, por la ira o la envidia o la sensualidad, el egoísmo o la destemplanza. El pecado humano no es fruto de la casualidad ni de la ignorancia inculpable. De ahí que al reconocimiento de nuestras falts deba seguir la petición de perdón. Propósito de mejorar, de luchar contra nuestras mala s pasiones o inclinaciones. Y no ha percibido uno toda la malicia de su pecado ni está verdaderamente arrepentido si no procuramos evitarlos, o como aprendíamos en el Catecismo, si falta el propósito de la enmienda. Humildad para reconocer nuestros pecados. Sencillez para confesarlos. Fortaleza para luchar contra ellos y evitarlos. De ahí que no pueda faltar el triple empeño: por combatir, primero, la soberbia que puede cegar nuestros ojos y no dejarnos ver nuestras faltas; por adquirir la sabiduría que descubre nuestra común fragilidad y por obtener, en tercer lugar, la entereza que necesitamos para vencer la tentación que acecha a todos.

Los judíos querían apedrear a Jesús que parece sorprenderse. Sois testigos, parece decirles, del bien que he hecho a tanta gente, ciegos, sordos, paralíticos. Sois testigos de los milagros que he hecho. ¿Por cuál de esas buenas obras queréis apedrearme?

La pregunta directa de Jesús que muestra lo irracional de su comportamiento obliga a los judíos a confesar la verdadera razón de su odio a Jesús. No, no queremos apedrearte por tus buenas obras, sino porque siendo un hombre te haces Dios y eso es una blasfemia. Quizás ni siquiera esa es la razón de su odio. Quizás es solo fruto de ver cómo la multitud sigue a Jesús, cómo reconocen su autoridad moral, cómo su vida y doctrina es una fuerte censura al modo proceder de escribas y fariseos. No lo soportan

El señor contraargumenta recordando las palabras de la Escritura según la cual son llamados dioses aquellos a quienes vino la palabra de Dios. Pues bien, si ellos son llamados dioses, ¿por qué os sorprende que aquel a quien el Padre ha enviado y lo ha consagrado diga: soy hijo de Dios? Si las obras que yo hago son buenas, si agradan a Dios, ¿por qué no me creéis? Ellas hablan a favor mío. Creed a las obras, si no queréis creer a mis palabras.

ºDe todas formas, Jesús sabe bien, y lo saben los escribas y fariseos, que, cuando él se proclama hijo de Dios, está diciendo algo distinto de cuando afirmamos de alguien que es hijo de Dios por sus buenas obras o por su santidad. Jesús está diciendo en realidad que él es Dios. Este el verdadero asunto. Porque no cabe una alternativa plausible: o es realmente Hijo de Dios o esa afirmación es una blasfemia. Pero reconocerlo como hijo de Dios, maestro y modelo de vida, es precisamente tener fe en él. La fe que proclamó el centurión en el Calvario, quien aun viéndolo morir como un malhechor, dijo: ¡Este, verdaderamente era Hijo de Dios! Quizás no acertaba a comprender la hondura de sus propias palabras, pero sabía, intuía al menos, que aquel nazareno era hijo de Dios de manera muy distinta a como lo somos los demás hombres. Sí, Jesús era, es, verdaderamente hijo de Dios: Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, por quien todas las cosas han sido hechas, y de cuya belleza, sabiduría y bondad descubrimos en ellas indudables trazas.

Que Nuestra Señora, que honramos bajo la advocación de Virgen de las Angustias, nos guarde y proteja a todos los conquenses. Amén.

 

 

 

 

 

 

 

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