Homilía de Mons. José María Yanguas el Domingo de Ramos

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Hermandad de la “Borriquilla”.

Domingo de contrastes violentos: de ramos y de lanzas, de luces y de tinieblas; de hosannas y de vítores de la multitud a la entrada de Jesús en Jerusalén; pero también de gritos de la misma multitud que pide a Pilatos que crucifique a Jesús, gritos anunciados hoy en la lectura de la Pasión. En unos pocos días se pasa del Jesús a quien, como a un rey, los discípulos han ayudado a subir sobre una cabalgadura, al Jesús clavado en la Cruz y puesto en lo alto para la burla e irrisión de todos los que lo ven. Se repite la secuencia de escenas, como en el Tabor: los discípulos contemplan la gloria que resplandece en Jesús, lo ven como Dios, y poco después el Señor les habla de lo que tendrá que sufrir a manos de la autoridad civil y religiosa. La luz y la Cruz: aquella facilita creer y aceptar esta. Y esta permite identificar la verdadera luz y distinguirla de la falsa luz de nuestras pasiones.

En la oración Colecta que recoge siempre con acierto el sentido del misterio que se celebra, hemos pedido tres cosas: que imitemos la humildad de Jesús en la Cruz, que aprendamos las enseñanzas de la pasión y que participemos de la resurrección gloriosa.

Pedimos, en primer lugar, imitar la humildad del Rey de Reyes entrando en Jerusalén, su humildad en la Cruz que ya se anuncia: Jesús no desdeña el mayor sacrificio y la mayor humillación cuando está en juego el bien de aquellos a los que ama, mientras que a nosotros todo nos parece mucho cuando se trata de pagarle su amor con amor. ¿Cuál es el precio del amor que se recibe? ¿El amor que debemos devolver? El amor recibido se paga solo con el amor que se da. El amor que recibimos se muestra infinito en la Cruz, mientras que el que devolvemos es, tantas veces, mezquino, renuente y como forzado, obligado por ley. De amor no tiene mucho.

Hemos pedido, después, aprender las enseñanzas de la Pasión:

La Liturgia de la Iglesia nos enseña que la principal enseñanza de la pasión de Jesús es la de la obediencia del amor. Canta la Iglesia en la tarde del Viernes Santo con las palabras de un himno primitivo que conservamos gracias a San Pablo: “Cristo se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte de Cruz; por lo que Dios lo exaltó y le dio un nombre que está por encima de todo nombre”. Obediente hasta la muerte: Jesús es el primer mártir, pues dio la vida por ser fiel a su Padre celestial; por no traicionar su voluntad. Es amor purísimo el de que prefiere y pone la voluntad de Dios antes que la propia. El que hace lo que Dios quiere, no lo que uno quiere. Enseñanza principalísima de Jesús que hemos de aprender… en la práctica. Tomar la Cruz y seguirle: he aquí la actitud del verdadero discípulo. Este ha aprendido la lección. Siempre debemos tener presente la pregunta: Señor, ¿qué quieres?

Pedimos, en fin, participar la resurrección gloriosa de Cristo.

Por la Cruz a la luz. La Cruz no es el final. La Cruz ya es amor; la obediencia al Padre también lo es, y la obediencia con sacrificio, es amor de la mayor calidad. Podemos decir que la resurrección gloriosa se anuncia en la Cruz; y esta es obediencia, unión estrechísima de voluntades: la de Cristo con su padre Dios; y esa unión es amor, comunión con Dios. Es el final de nuestro camino, como lo fue el de Cristo. La historia de Cristo, el Evangelio no acaba el Viernes Santo. Su verdadero final es la Resurrección que se completa con la Ascensión del Señor a los cielos. El cielo, el amor sin medida y sin fin es el premio de la Cruz. Sí, de la Luz a la Cruz, para ir de esta a la Luz. Amén.

 

 

 

 

 

 

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