El Sr. Obispo asiste en Luchente a los actos del 787º aniversario del Milagro de los Corporales

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Monseñor José María Yanguas, obispo de Cuenca, ha participado hoy, 24 de febrero, en los actos litúrgicos conmemorativos del 787º aniversario del Milagro de los Sagrados Corporales. La presencia del prelado en el Monasterio del Corpus Christi de Luchente ha servido para estrechar los vínculos entre las distintas sedes que custodian este legado eucarístico.

El Sr. Obispo ha celebrado la Eucaristía junto con los fieles de Luchente, Daroca y Carboneras de Guadazaón.

La asistencia de Monseñor Yanguas a esta celebración responde a la estrecha relación histórica que une a la provincia de Cuenca con este prodigio. El evento de 1239 dio lugar a un eje de devoción que conecta tres puntos fundamentales: Luchente, como escenario original del milagro; Daroca (Zaragoza), lugar de custodia de los Corporales; y Carboneras de Guadazaón (Cuenca), donde se venera la Santa Hijuela.

Esta pieza, el lienzo menor que cubría el cáliz en el momento del milagro, fue trasladada a tierras conquenses por un caballero tras la batalla, convirtiendo a la Diócesis de Cuenca en depositaria oficial de una de las reliquias del suceso. Con su participación, el Sr. Obispo respalda el hermanamiento entre las tres localidades y la promoción de esta ruta de fe compartida.

Este milagro, junto con el de Bolsena (Italia), fue clave para que el Papa Urbano IV instituyera la fiesta del Corpus Christi para toda la Iglesia en 1264.

Historia

Tal día como hoy, hace 787 años (1239), tenía lugar uno de los milagros eucarísticos más importantes de la cristiandad: el Milagro de los Corporales de Daroca y de la Santa Hijuela de Carboneras de Guadazaón.

📜 1239 – El milagro en Luchente

En plena Reconquista del Reino de Valencia, en la localidad valenciana de Luchente, se produjo el conocido como Milagro de los Corporales de Daroca. Durante la celebración de la Santa Misa, las formas consagradas comenzaron a sangrar, quedando impregnados de sangre los corporales.

Aquel prodigio dio origen a una de las devociones eucarísticas más importantes de España y está íntimamente ligado al nacimiento de la festividad del Corpus Christi.

📜 1260 – El milagro llega al Papa

En 1260, el papa Urbano IV conoció el milagro, con el respaldo teológico de figuras como Santo Tomás de Aquino y San Buenaventura.

📜 1264 – Nace la fiesta del Corpus Christi

En 1264, el papa Urbano IV instituye oficialmente para toda la cristiandad la solemnidad del Corpus Christi, reforzando así la devoción al Santísimo Sacramento.

📜 1495 – La visita real a Daroca

En 1495, los Reyes Católicos visitan la ciudad de Daroca.

El cabildo darocense regala a la reina Isabel la Santa Hijuela, fragmento de aquellos corporales milagrosos.

📜 1504 – La Santa Hijuela llega a Carboneras

A la muerte de la reina, la reliquia pasa a su amiga y consejera, Beatriz de Bobadilla, primera marquesa de Moya.

En 1504, la Santa Hijuela es depositada en el altar mayor del convento dominico de Santa Cruz de Carboneras de Guadazaón, que se convertirá en panteón de los Marqueses de Moya.

📜 1688 – El milagro de la lluvia y el origen del Domingo de Procesiones

En 1688, una gran sequía asola la comarca. Los pueblos de Arguisuelas, Reillo, Pajarón, Pajaroncillo y Carboneras se reúnen para pedir la intercesión de la Santa Hijuela.

La lluvia llegó.

En agradecimiento, acordaron que a perpetuidad, cada segundo domingo de mayo, los pueblos —acompañados de sus sacerdotes, alcaldes e imágenes— acudirían en procesión a rendir pleitesía a la reliquia.

Desde entonces, y de manera ininterrumpida desde 1688, se celebra en Carboneras de Guadazaón el Domingo de Procesiones, una tradición que une fe, historia y hermandad entre pueblos. Recientemente se han incorporado los pueblos de La Cierva y Villar del Humo.

Una historia que comenzó en 1239 y que, casi ocho siglos después, sigue viva en la memoria y en el corazón de quienes mantienen esta devoción.

HOMILÍA:

Queridos hermanos, sacerdotes concelebrantes, autoridades, Cofradía de los Sagrados Corporales de Luchente, fieles todos de Luchente, de Daroca en Zaragoza y de Carboneras de Guadazaón, en Cuenca, que concurrís, una vez más, en este día 24 de febrero, para conmemorar el milagro de los Corporales acaecido, como bien saben todos,  el 23 de febrero de 1239 durante la lucha que sostuvieron los tercios cristianos de Teruel, Daroca y Calatayud con los moros que ocupaban el castillo de Xio y que terminó con la toma del castillo a cuyos pies tuvo lugar la batalla.

Como en tantas otras intervenciones divinas, de cuya realidad histórica tenemos constancia, Dios nuestro Señor se ha hecho presente en medio de su pueblo en situaciones particularmente delicadas. En ellas no solo se ha gozado del favor divino, sino que, además, dichas intervenciones han servido para confirmar algún aspecto de nuestra fe. En este caso, así como en otros milagros eucarísticos ocurridos a lo largo del siglo XIII, sobre todo en tierras de las actuales Portugal, España e Italia, estos fenómenos sobrenaturales sirvieron para consolidar la fe cristiana en la presencia real de Jesucristo en la Sagrada Eucaristía. De hecho, como es sabido, estos repetidos milagros terminaron por impulsar al Papa Urbano IV a instituir en la Iglesia universal la fiesta del Corpus Christi en el año 1264. Hoy es una de las fiestas más queridas del pueblo cristiano, de manera que, la fe en la Sgda. Eucaristía a lo largo del tiempo ha dado lugar a innumerables obras de arte, a no pocas tradiciones y costumbres, a la creación de numerosas Hermandades y Cofradías del Santísimo Sacramento en los pueblos y ciudades de España. Sería deseable que el día del Corpus Christi volviera de nuevo a ser fiesta también civil, junto con las de Jueves Santo y la Ascensión, días -jueves en nuestra tradición-, que siguen, las tres, relumbrando más que el sol.

Los milagros eucarísticos contribuyeron a reforzar la fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero, en particular, asentó la fe en dicha presencia que se produce gracias al gran milagro de la transustanciación. Es decir, de la conversión de toda la substancia del pan en el Cuerpo Santísimo de Cristo y de toda la del vino en la Sangre del Señor; y junto al Cuerpo y Sangre del Señor, su alma y divinidad.

El Magisterio de la Iglesia enseña que Cristo se hace presente de varios modos en su Iglesia: está presente en medio de su pueblo en la asamblea eucarística; está presente en su Palabra, en su oración; lo está también de un modo particular en el sacerdote, y lo está en los hermanos, en los pobres… Pero lo está de un modo enteramente nuevo en la Sagrada Eucaristía. La Iglesia pone de manifiesto la novedad de esta presencia cuando afirma que se trata de una presencia verdadera, real y substancial. Verdadera quiere decir que la presencia no es meramente la que se da en un símbolo, como una bandera o un cetro son símbolos de la patria o del poder real; se trata de una presencia real, no simplemente espiritual, como la presencia de un leader en una reunión de sus seguidores; y es una presencia substancial, que se opone a accidental: cualquiera que sea el color de una persona nada añade a su carácter personal; antes y después de la transustanciación, los accidentes de color, peso, forma, etc. permanecen, pero después de la transustanciación, ya no hay pan ni vino.

Este misterio admirable requiere la presencia del sacerdote ordenado, que hace las veces de Cristo, lo representa, y pronuncia las palabras de la consagración, aunque su eficacia y su gracia provienen de Dios, a quien hace presente en virtud de la ordenación sacerdotal. Por eso, en la Plegaria Eucarística tercera, antes de la consagración se recuerda que es el Padre quien da vida y santifica todo, “por Jesucristo tu Hijo”, “con la fuerza del Espíritu Santo”. Momento impresionante, único, en el que se realiza el sacramento de nuestra fe, el sacrificio de nuestra salvación, al que los fieles, arrodillados, responden con un gesto de adoración, de fe en aquello a lo que acaban de asistir. Y esa acción instrumental del sacerdote que actúa en la persona de Cristo y con cuyo poder se realiza el milagro de la transustanciación, es la grandeza del sacerdocio ordenado.

Los milagros eucarísticos dieron lugar a una mayor veneración y al nacimiento de nuevas formas de piedad al Santísimo sacramento. La primera y más visible de todas, la solemne procesión con el mismo por las calles y plaza de pueblos y ciudades, el esplendor y la brillantez de todo lo relacionado con Dios presente en la Sagrada Eucaristía: objetos litúrgicos, vasos sagrados, vestimenta, retablos, capillas, iglesias; todo pareció poco para el sacramento de nuestra fe. Seguramente fue cuestión de una fe viva, no tanto de un tiempo en el que se multiplicaban las posibilidades económicas.

Al terminar la Misa sacaremos en procesión los Corporales del milagro, mudo, y a la vez, clamoroso testimonio de la presencia de Cristo en la Sagrada Eucaristía. Es una profesión de fe de estos pueblos, una manifestación de devoción, y expresión de su gratitud a Dios por el milagro. Será una ocasión de volver a pedirle, como hemos hecho con la colecta de la Misa, que nos conceda venerar de tal modo los sagrados misterios de su Cuerpo y de su Sangre que experimentemos constantemente en nosotros el fruto de tu redención”. Constantemente, cada domingo, porque el cristiano no puede vivir sin el domingo. No sería lógico que quienes fueron agraciados por Dios con el milagro, que hoy seguimos agradeciendo, tengamos tiempo para las cosas más diversas, y no lo tengamos, en cambio, para la Misa dominical. Participemos en ella con fe, como pueblo de Dios, pidamos perdón por nuestros pecados, alabemos jubilosos al Señor de la misericordia, permitámosle que cure nuestras heridas, que una los corazones, para que formemos un solo cuerpo, lejos de enfrenamientos, discordias, disensiones y violencias. Acerquémonos con frecuencia, libres de pecado mortal, a recibir el pan vivo que ha bajado del cielo, porque -son sus palabas-, “el que come de ese pan vive para siempre”.

Termino con la petición que se formula en la última estrofa, bellísima de la secuencia del día del Corpus Christi y que hoy recitamos en nuestros corazones: “Tú que todo lo sabes y puedes, que nos apacientas aquí, siendo aún mortales, haznos allí tus comensales, coherederos y compañeros de los santos ciudadanos”. Amén.

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