Carta semanal del Sr. Obispo: Tú, ¿para quién eres?

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Queridos diocesanos:

La Iglesia celebra la fiesta de la Presentación de Jesús en el templo el día 2 de febrero de cada año. Recordamos cada día este misterio en el rezo del Santo Rosario al contemplar los así llamados Misterios de Luz; en ellos hacemos memoria de los principales acontecimientos de la vida de Jesús en sus primeros años.

En la fiesta de hoy se pone de manifiesto que Jesús tomó verdaderamente nuestra naturaleza humana haciéndose uno como nosotros, en concreto, un judío más de su tiempo. Como uno de tantos, al cumplirse los cuarenta días del parto tuvo lugar la purificación de su madre, fue presentado en el templo y rescatado con la ofrenda de un par de tórtolas o dos pichones. Tanto Jesús como María nos dan ejemplo de fiel cumplimiento de la ley de Dios. La obedecen como un acto de entrega amorosa a su voluntad y de reconocimiento de la soberanía del Señor sobre todos y sobre todas las cosas.

En esta misma fecha, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada, de todas aquellas personas, hombres y mujeres, que han puesto sus vidas en las manos de Dios, como ofrenda de sí mismas. Todos los seres humanos pertenecemos a Dios porque somos criaturas suyas y hemos sido modelados por sus manos, como la arcilla en las manos del alfarero. Hemos sido, además, redimidos por Jesucristo naciendo a una nueva vida en el Bautismo, y hemos sido consagrados a Dios para cumplir la misión que nos ha encomendado, cooperando con Él en la obra de la salvación. Consagración que queda ratificada al recibir el sacramento de la Confirmación en el que somos de nuevo ungidos con el óleo santo para ser testigos de Cristo en la Iglesia y en el mundo. Dentro de la llamada y de la misión común a todos los cristianos que el Señor nos ha confiado, cada uno la cumple siguiendo su propia vocación particular, la que cada uno recibe. La Iglesia es, en efecto, la comunidad de los con-vocados, de los llamados por Dios a llevar a cabo su proyecto de salvación, siguiendo fielmente el camino elegido por Dios para su realización.

Entre los diversos caminos por los que el Señor quiere conducirnos a la plenitud de la vida cristiana y a la realización de su designio salvador, la Iglesia pone hoy ante nuestros ojos el de la vida consagrada, don estupendo que el Señor le ha concedido en las formas más variadas a lo largo de su historia, y por el que han transitado muchos de los santos que la Iglesia venera de manera especial. En ese camino, que adopta múltiples formas reconocidas por la Iglesia, muchos fieles se consagran a Dios profesando los consejos evangélicos de humildad, obediencia y castidad, y se dedican totalmente a Dios como a su amor más alto, entregándose a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo, siendo ya en esta tierra un anuncio de la gloria futura. La vida consagrada, vivida en plenitud en cada una de sus realizaciones, constituye una irrupción del viento del Espíritu en la Iglesia, una de sus realizaciones más bellas y auténticas.

Agradezcamos a Dios Nuestro Señor el don precioso de la vida consagrada. Pidamos para que la fiesta de hoy sea para los consagrados ocasión de una vigorosa renovación de su decisión de amar al Señor como a su bien más alto, y de seguir muy de cerca a Jesús, pobre, casto y obediente, siendo sal y luz de los hombres, alegres testigos del mundo que está por venir. Roguemos al dueño de la mies para que siga llamando a la vida consagrada y sean muchos los que escuchan su voz, la acogen gozosos y la siguen.

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