Queridos diocesanos:
En las últimas semanas nos hemos ocupado de algunos temas fundamentales a la hora de edificar una sociedad cada vez más humana, justa y avanzada. Se trata de asuntos que el Papa León abordó en diversos momentos de su histórico viaje a España en el mes de junio pasado, y de manera más extensa en su primera encíclica, que lleva por título Magnifica humanitas, cuyo contenido e intención fundamentales son precisados en el subtítulo: sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Se trata de temas que a primera vista podrían parecer a alguno ajenos a las preocupaciones e intereses propios de un “lider espiritual” como el Romano Pontífice. Pero en realidad, como afirmaba el papa León XIII, “el anuncio del Evangelio no puede olvidar la vida concreta de los pueblos” y menos aún desentenderse de ella por principio. Por su parte, el papa León XIV, ya en el primer número de la encíclica citada nos dice que, “allí donde la humanidad corre el peligro de perder su rostro, nosotros los cristianos, alzamos los ojos hacia el Dios que se hizo carne, sabiendo que el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”.
La Iglesia siente el deber de contribuir a edificar una ciudad terrena “donde Dios y la humanidad habiten juntos, a “hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad (Magnifica humanitas, n. 1). Quiere, además, colaborar con todos los hombres de buena voluntad, aunar el suyo a todo esfuerzo humano en pro de un mundo más justo y de un desarrollo integral del hombre. En un diálogo abierto y sincero con todos, quiere identificar “nuevos caminos para el bien común y una vida digna para todos “(ibidem, n. 3).
Promoción del bien común y empeño por una vida digna para cada persona constituyen una tarea irrenunciable para la Iglesia, y es, por tanto, comprensible que ocupen su espacio, tanto en su predicación como en sus relaciones con las instituciones y autoridades de este mundo. Para la iglesia y para todos es esta una exigencia que no puede ser olvidada a la hora de “configurar el modo en el que vivimos juntos, nuestras decisiones económicas y políticas, el rostro concreto de nuestras ciudades” (ibidem, n. 56). Es una tarea” propia” de cada cristiano, cuya realización depende de la situación y del papel que tiene en la sociedad en la que vive y actúa. En este punto resulta oportuno recordar la enseñanza del Concilio Vaticano II cuando enseña que la vocación específica de los laicos cristianos es buscar el Reino de Dios, ocupándose de las realidades temporales y ordenándolas según la voluntad de Dios. La actuación del cristiano en la economía, la política, la cultura, el arte, la ciencia, etc., no es algo separado de la fe, sino que es, precisamente, el terreno donde coopera con la redención y dirige su actividad a la gloria de Dios. Todos deberíamos reflexionar sobre ello.
En este contexto del reconocimiento y de la dignidad de la persona, de la defensa y promoción de sus auténticos derechos, se sitúa el bien común como el gran principio de la Doctrina Social de la Iglesia. El Papa León XIV lo presenta como “la forma social de la dignidad que se reconoce a cada uno” (ibidem, n. 59); y el Concilio Vaticano II lo define como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de la propia perfección” (GS, n. 26). Citando a Benedicto XVI, el Papa León proclama que la promoción del bien común es un valor innegociable, como lo es la promoción de la vida, que la Iglesia debe siempre defender (cfr. Magnifica humanitas, n. 63. Y en ese contexto afirma que es deber de cada uno salir del pequeño mundo de los propios intereses y comprometerse con este innegociable valor, que supera la suma de los bienes individuales, al que todos debemos contribuir y en cuya consecución el Estado desempeña un papel fundamental: garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil. ¡Hasta la próxima semana, s. D. q.!




