Queridos diocesanos:
El tercer domingo del tiempo ordinario, este año el próximo día 25, la Iglesia celebra el Domingo de la Palabra de Dios. Han pasado 7 años desde que el Papa Francisco instituyera esta jornada con el fin preciso de animar y promover la lectura de la Palabra de Dios entre los fieles, y hacer un mayor uso de la misma en la acción pastoral ordinaria de la Iglesia. En numerosas ocasiones Francisco nos animó a tener el Evangelio al alcance de la mano –a llevarlo en el bolsillo, decía-, para leer algún pasaje del mismo todos los días. Eso ayudaría al pueblo cristiano a tener un mayor conocimiento de la doctrina del Maestro, de su vida y de los sentimientos más íntimos de su Corazón, y así poder imitarlo más fielmente.
Como he dicho, con la institución del Domingo de la Palabra de Dios, el Papa quería que se dedicara un entero domingo a la celebración, reflexión y divulgación de la Sagrada Escritura, “para comprender la riqueza inagotable que proviene de ese diálogo constante de Dios con su pueblo”.
En este día se trata, pues, de celebrar la Palabra de Dios, de venerarla solemnemente y festejarla como un extraordinario don divino. Venerarla porque toda la Escritura, toda, es palabra de Dios; contiene el mensaje de salvación que nos fue revelando la intimidad divina y su proyecto de salvación para los hombres. Por medio de ella sigue hablando a su Pueblo como a un amigo a quien se le abre la propia intimidad y se le admite, a la vez, en ella cuando se la acoge, con piedad y respeto, como luz que ilumina nuestro camino en la tierra. Celebrar y venerar la Palabra de Dios, haciendo que ocupe físicamente un lugar de privilegio, escuchando con devoción y espíritu atento su proclamación en la Santa Misa, leyéndola con exquisito cuidado, de manera que su lectura constituya ya una primera explicación de su contenido, y facilite el acceso al sentido espiritual de los textos. Con frecuencia su correcta lectura exige previa meditación y comprensión de su significado. Es muy deseable que la lectura de los textos litúrgicos dominicales sea confiada solo a las personas que tengan las necesarias cualidades y preparación, y la hayan ensayado debidamente.
Se nos pide también en este Domingo de la Palabra de Dios reflexionar sobre el valor especial que dicha Palabra tiene en la vida de la Iglesia y en la de cada fiel cristiano. Y es que, como dijo el Papa Benedicto en su Exhortación Apostólica Verbum Domini: “Dios, que habló en otros tiempos, sigue conversando siempre con la esposa de su Hijo amado; y el Espíritu Santo, por quien la voz viva del Evangelio resuena en la Iglesia, y por ella en el mundo, va introduciendo a los fieles en la verdad plena y hace que habite en ellos intensamente la palabra de Cristo” (n. 51).
El tercer objetivo que el Papa se propuso al instituir esta Jornada fue el de divulgar la Sagrada Escritura, hacer que los cristianos tengan un mayor conocimiento de la misma. Finalidad que ya se logra en buena medida con la atenta escucha de la lectura de la Palabra de Dios que se hace en la liturgia de cada domingo. Pero, además, Francisco recomendó repetidamente en sus intervenciones la conveniencia de que cada familia dispusiera en casa de un ejemplar de la Biblia, de manera que se facilitara a sus miembros la lectura y meditación de la misma. La “Lectura creyente de la Palabra de Dios”, que se practica ya en numerosas parroquias, es también un medio eficaz para divulgar el conocimiento de la Biblia. Benedicto XVI concluía la mencionada Exhortación Apostólica con unas bellas palabras que vale la pena recordar aquí: “Así pues, que cada jornada nuestra esté marcada por el encuentro renovado con Cristo, Verbo del Padre hecho carne (…). Hagamos silencio para escuchar la Palabra de Dios y meditarla, para que ella, por la acción eficaz del Espíritu Santo, siga morando, viviendo y hablándonos a lo largo de todos los días de nuestra vida” (n. 124). ¡Feliz semana!




