Querido D. Fernando, concelebrantes, Sr. Coronel e integrantes del Regimiento Saboya, fieles todos.
Celebra hoy la Iglesia la fiesta de la exaltación de la santa Cruz. La celebran de manera particular esta parroquia de Villaescusa de Haro y otros pueblos de diócesis y de España. Aquí, veneráis hoy de manera especial al Ssmo. Cristo de la Expiración, Jesús en el momento de expirar, de exhalar su último suspiro, entregando su vida por cada uno de nosotros.
Puede llamar la atención que celebremos la Cruz de Cristo. Quizás porque la Cruz es vista como símbolo de sufrimiento, de dolor y muerte. Celebrar el dolor, la muerte, podría por eso parecer a más de uno una suerte de masoquismo, esa tendencia a obtener placer, satisfacción al experimentar dolor físico, humillación o maltrato. Es una especie de perversión, una tendencia desviada, desordenada.
Lo natural es gozar por y en el bien, no en el mal. ¿Se puede hablar entonces de amor a la Cruz? ¿Podemos decir con San Pablo que nos gloriamos en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo? ¿Es sensato pensar siquiera que en la Cruz está nuestra salvación, vida y resurrección, que en ella somos salvador y liberados?
Todavía más, nos podemos preguntar: ¿es razonable exaltar la Santa Cruz? Porque exaltar significa elevar a una persona o cosa a una gran dignidad, realzar su mérito y hacerlo con un cierto sentimiento de pasión y de orgullo.
Pero el cristianismo, hermanos, no es ciertamente una especie de masoquismos. Es cierto que hablamos de la cruz como sinónimo de dolor o sufrimiento, De ahí la expresión infeliz pero frecuente: Hay que ver, ¡qué cruz! Pero la Cruz por excelencia es la Cruz de Cristo. Y la Cruz de Cristo habla ante todo de amor, de amor que es sacrificio hasta la muerte; es sufrimiento grande, pero por amor. Nuestras madres, la vuestra y la mía, no aceptarían que se hablase de cruz en sentido negativo cuando se sacrifican por amor a nosotros sus hijos. Esa es una cruz gozosa. Las madres la sufren, la aceptan, y los demás las admiramos y se enciende en nosotros un amor a ellas grande, intenso, bello. La Cruz de Cristo es sobre sobre la manifestación o expresión más exacta del amor de Dios. Cristo, hijo de Dios, nos amó hasta la muerte, y no una muerte cualquiera, sino la muerte en la cruz ignominiosa, acompañado de dos ladrones. Supondría un grave error y una gran miopía para ver las cosas como son, si nos fijamos sobre todo y aun casi exclusivamente en el sufrimiento de la Cruz de Cristo, dejando que pase a un segundo plano el infinito amor que es la razón de la Cruz, lo que la explica y permite entenderla en su verdad. (Crucifijos góticos y… otros). La Cruz es, sí, un sacrificio: es decir sacrum facere, hacer algo sagrado, convertirlo en sagrado. La Cruz, la cruz cristiana, hace sagrado el dolor, no por perversión de una tendencia natural, sino porque el dolor, el sufrimiento, la cruz es cristiana, solo cuando el amor es su motivo, su razón de ser. La cruz sí, pero la Cruz de Cristo, la cruz que nace del amor, y que acompaña siempre al amor, porque lo acompaña necesariamente. ¡No estés nunca seguro de un amor que no sabe sacrificarse! La prueba de que el amor, el cariño, es auténtico, se tiene solo cuando es un amor purificado al fuego del sacrificio.
Sí, está lleno de sentido el exaltar la Santa Cruz, celebrarla, porque es sinónimo de amor verdadero, auténtico, de muchos quilates. Si no hay sacrificio en el amor al otro, es que seguramente no estamos en presencia de un amor genuino, sino de un remedo, de una mala imitación, de un amor, lo digo sin querer ofender a nadie, de un amor “comprado en los chinos”. Seguramente no va a durar mucho.
Una segunda y breve consideración sobre el texto del evangelio que hemos escuchado: Dios que ama todo lo que ha hecho y que, por eso, ama a todos y cada uno de los hombres y mujeres, hechos a su imagen uy semejanza, quiere que todos los hombres se salven, que todos los que creen en Cristo tenga vida eterna. ¡Los brazos abiertos de Cristo en la Cruz no dejan a nadie fuera! Todos cabemos en ellos. Por todos ha muerto, a todos alcanza su amor. Pero hemos de dejarnos abrazar, acoger el amor que nos ofrece, en el sacramento de la Penitencia, en la Eucaristía que recibimos como amigos, no como enemigos por el pecado. Como los israelitas que quedaban curados mirando a la serpiente puesta en alto, así quienes creen en Cristo puesto en lo alto de la Cruz, quienes ven en él el amor infinito de Dios por cada uno, esos tendrán vida eterna.
Esta vida pido al Señor de la Cruz, Ssmo. Cristo de la Expiración, para todos los presentes, para todos los hijos de este pueblo de Villaescusa de Haro. Amén.




