El Pan de la Palabra. XIV Domingo del Tiempo Ordinario

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La liturgia dominical del ciclo B de este año nos permite hacer un recorrido por el evangelio de Marcos. El tiempo Ordinario en el que nos encontramos nos permite ir haciendo una lectura casi continuada de este evangelio. Nos hallamos en el capítulo sexto. Hasta ahora han sucedido muchas cosas en este evangelio. Jesús aparece en escena junto al Jordán, donde es bautizado por Juan el Bautista. Lo primero que hace es elegir a un grupo de discípulos para que lo sigan, estén con él y luego enviarlos en misión. En este seguimiento los discípulos ven actuar a Jesús, escuchan sus enseñanzas en parábolas y en privado, contemplan sus gestos llenos de una autoridad inaudita, sus milagros. Se encuentran ante un hombre, su maestro, que tiene todos los rasgos de un hombre de Dios, un profeta. Pero no todos reaccionan ante este Jesús de la misma manera en el evangelio de Marcos. La gente se entusiasma y se asombra ante sus acciones y palabras, los discípulos no terminan de fiarse, pero se preguntan quién será éste que hace todas estas cosas (“¿Quién es este? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!”). Las autoridades religiosas se enfrentan desde el principio con este Jesús que habla con una claridad pasmosa y que realiza gestos que rompen sus esquemas religiosos. Y todo esto en nombre de un Dios que, según Jesús, está llegando y viene para reinar. Hoy vemos que Jesús vuelve a su pueblo rodeado de un grupo de seguidores. Su fama lo precede, puesto que ya lo han escuchado y lo han visto actuar en las aldeas de Galilea. Allí, llegado el sábado, se dirige con los suyos a la sinagoga, donde hace lo mismo que en los demás sitios, tomar la palabra y enseñar. Sus palabras despiertan en sus paisanos la misma reacción que entre otros oyentes previamente, el asombro. Pero en éstos el asombro da paso al desprecio. En la gente de Cafarnaún en la sinagoga surgió el asombro y una pregunta: “¿qué es esto? ¡Una doctrina nueva llena de autoridad!” (Mc 1,27). Entre los discípulos el asombro les lleva a preguntarse por “¿quién es éste, que hasta el viento y el lago lo obedecen?” (Mc 4,41). En cambio, entre sus paisanos, el asombro da paso a la extrañeza, a la desconfianza, al escándalo y al desprecio. ¿Cómo va a ser el carpintero, al que todos conocen desde siempre junto a toda su familia, alguien que nos hable de Dios con tanta sabiduría y que en su nombre realice los milagros que hace?



 

En este momento es el mismo Jesús el que se presenta como profeta: “No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. En este momento Jesús se presenta a sí mismo como hasta ahora no había hecho. De este modo empieza a responder a tantas preguntas que va provocando entre sus oyentes. Jesús es alguien que habla y actúa de parte de Dios, como todos los profetas en la historia de Israel. El texto de la primera lectura de hoy nos permite ver cómo Jesús pudo autocomprenderse en la línea del profetismo del Antiguo Testamento. El profeta siempre fue alguien que experimentó el rechazo, la incomprensión, alquien que tuvo que decir de parte de Dios palabras a veces que no gustan. Jesús también sintió el rechazo de los propios, de los más cercanos, de su misma familia, tal como nos lo muestra el evangelio de Marcos. Pero él se sabía movido por Dios, por su Espíritu, y enviado para una misión concreta, hacer presente el Reino de Dios. 



 

Las lecturas de este domingo nos llevan también a nosotros a preguntarnos unas cuantas cosas: ¿qué tipo de preguntas despiertan en mí las palabras de Jesús? ¿Descubro alguna novedad que me sirva para la vida en las palabras de Jesús? ¿Comprendo sus palabras o, por escuchadas y repetidas, no me dicen nada nuevo? ¿O acaso me escandalizan algunas de sus enseñanzas por ser tan contrarias a lo normal y evidente?



 

Los paisanos de Jesús tenían una imagen de él, puesto que habían convivido muchos años a su lado en Nazaret, lo habían visto trabajar como carpintero, habían rezado con él en la sinagoga todos los sábados, y ahora lo que estaban escuchando no podía ser sabiduría de parte de Dios. Nunca se esperaban que alguien tan humano, tan próximo, tan conocido, pudiera ser portador de una sabiduría tan novedosa. 



 

Nosotros también funcionamos con imágenes de Jesús, con tradiciones por medio de las cuales lo hemos conocido (el patrón de mi pueblo, de mi ciudad, la imagen de un paso de Semana Santa que despierta mi religiosidad…), pero muchas veces sus palabras nos escandalizan (amad a vuestros enemigos; sed misericordiosos como Dios vuestro Padre es misericordioso y hace salir el sol sobre buenos y malos y envía la lluvia a justos e injustos…). ¿Cuál es mi acceso a Jesús y a sus enseñanzas: las tradiciones, los ritos, la escucha de la Palabra de Dios, las personas que tengo a mi lado? 



 

Los paisanos de Jesús jamás imaginaron que alguien tan próximo y, a simple vista, tan conocido y normal pudiera ser profeta, es decir, pudiera decir algo de parte de Dios. ¿Estás abierto a que Dios te hable a través de la gente sencilla y normal que te encuentras en el camino de tu vida? ¿Estás atento a todo lo que sucede en tu vida?



 

Que el Dios que revela su fuerza en la debilidad, como dice San Pablo, que se ha manifestado definitivamente en la humanidad de Jesús de Nazaret, siga contando con todo lo que somos para acercarse a los demás. Como dice un texto del siglo XVI:



 

“Cristo, no tienes manos: 

tienes sólo nuestras manos 

para realizar hoy tu tarea.

 

Cristo, no tienes pies:

tienes sólo nuestros pies 

para guiar a los hombres en su camino.

 

Cristo, no tienes labios:

tienes sólo nuestros labios para anunciar 

la buena nueva a los hombes de hoy.

 

Cristo, no tienes recursos: 

tienes sólo nuestra ayuda para lograr 

que todos los hombres lleguen a ti y se sientan hermanos.

 

Nosotros somos la única Biblia 

que todos los hombres siguen leyento; 

somos el único mensaje de Dios 

escrito en obras y palabras”.