Homilía del Obispo de Cuenca en el Encuentro de Hermandades y Cofradías. 17 de Junio de 2018

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Queridos sacerdotes concelebrantes; un saludo cordial a los participantes en el décimo sexto Encuentro Diocesano de Hermandades y Cofradías de Cuenca; queridos seminaristas de Burgos y Logroño que nos acompañáis en esta tarde; queridos fieles todos:

         Aunque cualquier acción litúrgica la preside en última instancia aquel que es Cabeza de la Iglesia, Jesucristo Nuestro Señor, podemos decir que los restos de San Julián, como su santo Patrono, modelo y protector, presiden esta reunión de la Iglesia particular de Cuenca. Sentimos su presencia, así como la de todos los santos que han pertenecido a lo largo del tiempo a esta porción del Pueblo de Dios.  Forman misteriosamente parte de esta acción litúrgica como parte de la Iglesia triunfante que son, y los ponemos al frente de esta comunidad eclesial. Unidos estrechamente a ellos celebramos el sacrifico de alabanza a Dios, Uno y Trino, a quien adoramos, glorificamos y bendecimos y de quien nos confesamos criaturas e hijos muy amados.

         Hemos subido los restos de San Julián en solemne, devota y piadosa procesión hasta esta catedral, cabeza y madre de todas las iglesias de nuestra diócesis. Es el templo “princeps” que hace visible la realidad de la Iglesia como comunidad de los creyentes en Cristo. Nuestra procesión es una proclamación a los cuatro vientos de nuestra condición de cristianos, y una confesión del Señorío de Dios sobre nuestras vidas. Se significa así la índole de este pueblo, caminante, “peregrino” hacia la casa del Padre: caminamos tras los pasos de Jesús que nos precede; nos reconocemos sus seguidores, imitadores, discípulos que, a imitación de San Julián, desean reproducir la imagen y ejemplo de Cristo en las propias vidas. Nos reconocemos y “sentimos”, nos “experimentamos” Pueblo de Dios, Asamblea Santa, consciente al mismo tiempo de la propia debilidad; conocedor de la miseria de la que no acaba nunca de liberarse del todo; debilitado por la fragilidad que permite que, a veces, las tinieblas lo envuelvan, lo hagan flaco en sus decisiones, cobarde en ocasiones a la hora de la persecución, por más que, a pesar de todo, se mantenga firme en el propósito de fidelidad a su Señor, empeñado en mantener viva su esperanza, fijos los ojos en el que es iniciador y consumador de nuestra fe.   San Julián es para nosotros permanente ejemplo de la caridad que da valor y peso a nuestra vida. Su figura y su ejemplo hacen que nunca podamos pensar, como dice el Papa Francisco, “que damos gloria a Dios sólo con el culto y la oración, o únicamente cumpliendo algunas normas éticas (…)”, olvidando que “el criterio para evaluar nuestra vida es ante todo lo que hicimos con los demás (…) Nuestro culto agrada a Dios cuando allí llevamos los intentos de vivir con generosidad y cuando dejamos que el don de Dios que recibimos en él se manifieste en la entrega a los hermanos” (Exhort. Apost. Gaudete et exsultate, 104). No es fácil convencernos, estar firmemente persuadidos de que “quien quiera dar gloria a Dios con su vida, quien realmente anhele santificare  para que su existencia glorifique al Santo, está llamado a obsesionarse, desgastarse y cansarse intentando vivir las obras de misericordia” (ibidem, 107). Son palabras fuertes, comprometedoras que invitan a todos al examen. Palabras que revelan cuál es el temple que debe poseer la vida cristiana.  No nos engañemos; la existencia verdaderamente cristiana lleva a “obsesionarse”, a desgastarse y cansarse viviendo las obras de misericordia. No se trata sólo ni principalmente de buenos sentimientos, de dejarse llevar de corazonadas nobles y meritorias, pero puntuales, esporádicas. Se trata de alimentar una vida penetrada de la convicción  de que, como decía Teresa de Calcuta, Dios nos necesita, “depende de nosotros para amar al mundo y demostrarle lo mucho que lo ama”. Bellísimas palabras, pero tremendamente exigentes. Jesús nos habla de obras de misericordia y caridad, de que lo que hacemos a uno de los más pequeños se lo hacemos a él; pero también podríamos decir, con buena razón, que es Cristo mismo que hace el bien, cuando se lo hacemos al prójimo. ¡Es Cristo quien actúa en nosotros!

         En la primera lectura hemos escuchado las palabras del profeta Ezequiel que nos habla de la rama del alto cedro que Dios planta en la cumbre de un monte elevado y termina por convertirse en un árbol enorme en el que, al abrigo de sus ramas, anidan aves de todas las clases. Me gusta pensar que así debemos ser los discípulos y seguidores de Jesús: hombres y mujeres que son como una débil y tierna rama que el Señor trasforma en árbol frondoso que da abrigo, cuida, protege, defiende, enseña, hace el bien a toda clase de personas. Hombres y mujeres “benefactores”, que hacen el bien a todos, que cumplen la misión de tratar de instaurar el reino de Dios ya en este mundo, haciéndolo más justo y humano, configurándolo según el querer de Dios, sin preocuparse demasiado de si son comprendidos y bien interpretados. “Benefactores”, gente que hace el bien, que siembra paz y alegría, serenos, pacientes, generosos. Las palabras del profeta son una llamada a aumentar nuestra fe

         La imagen se repite en el Evangelio. Nos habla del grano de mostaza, pequeño, insignificante, minúsculo, pero dotado de una energía única y de potencialidades inimaginables; sembrado en la tierra, sepultado en ella, aparentemente muerto, germina en su seno, crece, se desarrolla, hasta echar ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden buscar protección y cobijo en ellas. Nos hacemos eficaces si seguimos el camino, la lógica de la Cruz, la lógica que enseña que quien quiera vivir debe morir a sí mismo. El que quiera ser el primero debe ponerse en último lugar. El que quiera tener y abundar, debe dar, entregarse, vaciarse. El que quiera vivir, debe morir.  Es la lógica del don, del que sabe que lo que se recibe y se tiene es para darlo, para compartirlo con los demás. Recibir para dar, esta es la pauta de conducta típica del cristiano. Jesús no puede ser más claro con el joven rico: ¿qué te falta?, le dice: “Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres – así tendrás un tesoro en el cielo- y luego ven y sígueme” (Mt19, 21). Magnífico fondo de inversiones: pon tu dinero en los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Sé generoso, no te dejes llevar del afán, del ansia, de poseer; reparte a los pobres y ganarás mucho más.

         La segunda lectura trae oportunamente a nuestra consideración unas palabras de san Pablo a los Corintios: “porque todos tenemos que comparecer ante el tribunal de Cristo para recibir cada cual por lo que haya hecho mientras tenía este cuerpo, sea el bien sea el mal”. Estamos todos advertidos. Nadie puede decir que desconoce el contenido de la prueba a la que será sometido al final de sus días. Dios remunerará de acuerdo con la lógica que ha guiado la existencia de Jesús y que encuentra expresión en las Bienaventuranzas.

         Queridos Hermanos y Cofrades, viviendo vuestra condición de tales, sentíos llamados por Dios a edificar su reino en este mundo. Contribuid a este empeño de todos con vuestro grano de mostaza. Si lo cultiváis, si ponéis los medios para que crezca, seréis constructores del Reino. Amén.