El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 22 de Junio de 2018

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El Papa inicia su reciente Exhortación Apostólica sobre la santidad en el mundo actual con un capítulo que titula: “Llamada a la santidad”, en él nos ilustra sobre lo que podríamos llamar la “naturaleza de la santidad”. Francisco nos anima a adentrarnos sin reservas ni temores en este mundo de la santidad, que a muchos puede parecer lejano y extraño cuando, en realidad, es algo mucho más presente de lo que podrían imaginar a primera vista. “No tengas miedo de la santidad. No te quitará fuerzas, vida o alegría. Todo lo contrario…” (n. 32), nos dice el Papa a cada uno. Y algo más adelante insiste: “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte llevar por el Espíritu Santo” (n. 34). Y concluye este número con una cita de un conocido novelitas francés según el cual en la vida “existe una sola tristeza, la de no ser santos”.

            La llamada a la santidad es universal. Dios la dirige a todos los hombres y mujeres. Nos invita a ser santos porque Él es santo (cf. Lev11, 45). El concilio Vaticano II ha hecho de la universalidad de esta llamada tema central de su mensaje: todos los fieles cristianos somos llamados a la santidad, a la plenitud de la vida cristina, sin que nadie pueda sentirse al margen de dicha llamada, excusarse en la falta de cualidades o esconderse detrás de una humildad a todas luces falsa. Si es verdad que supera nuestras fuerzas, también lo es que contamos con la gracia de Dios y los dones sobrenaturales necesarios para alcanzar esa meta. Puede que a algunos les intimide la “talla cristiana” de los santos que contemplamos en nuestro altares, en vez de estimularlos y motivarlos. Pero nos libran de miedos y temores las palabras del Concilio al recordarnos que cada uno debe llegar a la plenitud de la vida cristiana “siguiendo su propio camino” (n. 11), sin pretender seguir senderos que no han sido pensados para él. Que “cada caminante siga su camino”. Fijemos nuestra atención si acaso en aquellos santos y santas “de la puerta de al lado”, como los llama el Papa (n. 6), que han vivido en circunstancias semejantes a las nuestras y se han esforzado en el ejercicio de las virtudes y en la entrega de la propia vida en el servicio diario a los demás: los padres que crían con amor a sus hijos, los hombres y mujeres que trabajan para llevar el pan a casa, en los enfermos, en las religiosas ancianas que siguen sonriendo no obstante los años y los achaques (cf. n. 7).

            Para la gran mayoría de los cristianos el “lugar” de la santidad está “en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”. Se trata, pues, de dejar que la gracia del Bautismo fructifique en el camino que Dios ha puesto ante cada uno: en su estado y condición de vida, en el trabajo profesional que desarrolla, en las circunstancias concretas de las personas que forman parte de la propia vida, en las de  de salud, ambiente, o país. Se trata de ir creciendo en santidad con pequeños gestos, colmando de amor el momento presente. (cf. n. 17), pues “la santidad no es sino la caridad plenamente vivida” (n. 21). Por eso puede decir el Papa que “para un cristiano no es posible pensar en la propia misión en la tierra sin concebirla como un camino de santidad” (n. 19). La tarea que cada uno desempeña debe ser contemplada como una misión, como el modo concreto en que cada uno participa en la gran misión confiada por Cristo a su Iglesia: edificar el Reino de Dios en este mundo. Este empeño en la construcción del Reino, dice el Papa, no es una especie de “distracción”, algo que ocupa un lugar secundario en la vida del cristiano (n. 27). Francisco lo dice con expresión rotunda: “No te santificarás sin entregarte en cuerpo y alma para dar lo mejor de ti en ese empeño” (n. 25). Pero eso requiere, no lo olvidemos, momentos de quietud, de soledad y silencio ante Dios, tiempos de oración, que impiden precisamente que se resienta o debilite la realización de la propia misión.