El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 8 de Junio de 2018

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Hoy deseo ocuparme de algo que afecta directamente a los padres cristianos y a sus hijos en edad “escolar” pues, en la proximidad del final de un curso, se procede a la matriculación para el siguiente. Me refiero, en concreto, al hecho de inscribirse o inscribir a niños, adolescentes y jóvenes en la clase de religión. Puede parecer algo de menor importancia, pero, en realidad, la tiene y mucha, de manera particular si la elección de la clase de religión es madura y responsable. Gracias a Dios, en nuestra provincia se mantiene alto el número de padres que eligen la clase de religión para sus hijos, con el fin de que reciban una educación integral en la escuela que incluya la formación en la fe y moral católicas, y que les permita la adquisición de los distintos saberes y de la cultura a la luz de la fe. Más o menos conscientemente los padres cristianos desean que sus hijos vayan adquiriendo una visión cristiana de Dios, de la persona y del mundo acorde con las enseñanzas de la fe y la moral católicas y en diálogo con las otras ciencias. Creer es razonable y lo son también las motivaciones y comportamientos inspirados en la fe cristiana. Se trata de aprender y razonar la fe y la moral y de mostrar que tiene carta de ciudadanía en nuestro mundo. 

            Conviene recordar a los padres cuanto afirma el Catecismo de la Iglesia católica, a saber, que “la familia es una comunidad privilegiada llamada a realizar un propósito común de los esposos y una cooperación diligente de los padres en la educación de los hijos” (n. 2206). Se trata de una nobilísima tarea, fundamental en la realización de una auténtica familia cristiana, ya que, como sigue diciendo el Catecismo: “su actividad procreadora y educativa es reflejo de la obra creadora de Dios” (n. 2205). La educación de los hijos es, en efecto, un trabajo “creador”, ya que con ella se trata de forjar verdaderos hombres y mujeres, cristianos que reproduzcan la imagen de Cristo. El papel de los padres tiene tal importancia que si falta resulta muy difícil sustituirlo. La familia es la primera escuela donde los hijos reciben su formación. Por eso no se puede olvidar que “el derecho y el deber de la educación son para los padres primordiales e inalienables”. Se puede decir que den el ejercicio de la paternidad, la procreación de los hijos, con el hecho de traerlos a la existencia, incluye la tarea de generarlos como hombres/mujeres y como cristianos. Los padres son educadores porque procreadores.

            No siempre pueden llevar a cabo la tarea educadora de los hijos de una manera suficiente y satisfactoria. Entran entonces, con actividad subsidiaria, otros agentes educadores como son la Iglesia y el Estado. Su función es la de colaborarcon los padres en la tarea de la educación de los hijos que a ellos les corresponde en primerísimo lugar. Pero, repito, son los padres los primeros sujetos del derecho de educar a sus hijos según sus convicciones religiosas. De este derecho fundamental de los padres forma parte la enseñanza religiosa escolar. Es bueno recordarlo, sobre todo cuando no es infrecuente que el Estado se arrogue un papel que no le corresponde en la educación de los niños y jóvenes. No existe propiamente en sentido estricto una “fe o una moral de estado”, ni una “fe o moral oficiales” que todos los ciudadanos deban creer o vivir, pues, de lo contrario, no serían buenos ciudadanos. 

            Os animo, pues, padres, a inscribir a vuestros hijos en la clase de religión Católica. Es un grato deber del cristiano el conocer mejor los fundamentos de su fe y de la moral que está llamado a practicar. Ese conocimiento le ayudará comprender el mundo como es, con sus distintas culturas y civilizaciones en cuyo origen y desarrollo la religión ha jugado un papel decisivo; a dialogar sobre los valores que lo hacen mejor; a responder a las preguntas por la felicidad, el más allá, el sentido de la vida, del dolor y de la muerte que, antes o después, asaltan a todo hombre; a interesarse por lo justo y por lo bueno; a cultivar valores y virtudes gracias a los cuales poder construir un mundo más humano, más justo y solidario, que responda mejor al designio de Dios.

            Jóvenes, padres, ¡atreveos a ir contra corriente escogiendo la clase de religión!