El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 18 de Mayo de 2018

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Esta semana seguimos ocupándonos de la eutanasia. La gravedad del tema lo merece. Se trata hoy de clarificar alguno de los aspectos de este complejo tema. Comencemos recordando lo que dice el Catecismo de la Iglesia Católica acerca de aquellas personas cuya vida se encuentra debilitada o disminuida: tienen derecho a un respeto especial, en correspondencia a la situación especial en que se encuentran. Estas personas deben ser atendidas “para que lleven una vida tan normal como sea posible”. Se debe procurar que tengan la mayor calidad de vida posible.

 En el caso de la eutanasia, la situación de dichas personas se resuelve mediante una acción o una omisión que, de suyo o en la intención, produce la muerte, para suprimir el dolor o por cualquier otro motivo. Como decíamos la semana pasada, se trata de un verdadero homicidio, gravemente contrario a la dignidad de la persona y al respeto debido a su Creador. También lo es el así llamado “suicidio asistido”. Éste tiene lugar cuando se proporcionan al paciente los medios necesarios ˗dosis letales de medicamentos, por ejemplo˗ para quitarse la vida. 

Adviértase que se denomina eutanasia no sólo a las actuaciones  que producen directa e intencionadamente la muerte mediante el uso de fármacos que resultan letales, sino también mediante la suspensión del tratamiento médico que sostiene en vida al enfermo o de su necesaria alimentación. Los cuidados ordinariosde una persona enferma no pueden ser legítimamente interrumpidos, ni siquiera cuando la muerte se considere inminente. Pero puede ocurrir, en cambio, que sea legítima la interrupción de un tratamiento médico excesivamente oneroso, peligroso o desproporcionado a los resultados que se esperan: en este caso no se busca la muerte del  paciente, sino que se acepta sencillamente no poder impedirla (ibídem, n. 2278)

En cuanto al uso de analgésicos para aliviar los sufrimientos de un enfermo desahuciado o terminal, es decir, lo que comúnmente se conoce como cuidados paliativos, la Iglesia lo reconoce como moralmente aceptable y lo alienta (cfr. ibidem, n. 2279). Los cuidados paliativos, en los que felizmente tanto se ha avanzado en los últimos años, facilitan una muerte digna; bien se puede decir que constituyen una forma de caridad desinteresada. Este tratamiento no persigue, ni como fin ni como medio, la muerte del paciente, aunque sea prevista y tolerada como algo inevitable. 

Vale la pena recordar que el fin de la medicina es no sólo curar, sino también cuidardel enfermo aliviando sus dolores y sufrimientos ˗físicos, psíquicos y, en lo posible, espirituales˗ cuando no es posible curarlo. Los cuidados paliativos, como el mismo nombre indica, se sitúan en la línea del cuidadodel enfermo, aunque puedan llevar consigo que la vida del paciente se abrevie algo; pero son algo radicalmente distinto de la eutanasia, dado que no persiguen en absoluto la muerte del paciente, como hace, en cambio, la eutanasia, Ésta se sitúa en el campo de la antimedicina, ya que todo acto médico o técnica empleada contraria al fin de la medicina es antimedicina. Con la eutanasia se pretende, sí, eliminar sufrimientos, pero se hace por un camino moralmente equivocado: provocando intencionalmente la muerte del enfermo. Como ha dicho el Dr. WilIke, presidente en su momento del Comité Nacional para el Derecho a la Vida en USA: "Si su médico no le puede aliviar el dolor, no pida usted la eutanasia; cambie de médico, porque el suyo es un incompetente". La eutanasia es contraria a la deontología y a la ética médicas. Conculca los fines de la medicina y los principios de la bioética. Se ha dicho acertadamente que “la eutanasia no forma parte de la medicina, ni es alternativa a las unidades de Cuidados paliativos. Los Cuidados paliativos, en cambio, sí pueden ser alternativa a la eutanasia y son verdadera forma de hacer medicina”. Continuaremos.