El Pan de la Palabra. Solemnidad de la Ascensión del Señor

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Dos solemnidades ponen fin a la Pascua, tiempo que en la vida de cada uno de nosotros debe ser el habitual. Se trata de dos fiestas que son las dos caras de una misma moneda: la Ascensión del Señor a los cielos, su entrada en la dimensión de Dios que está más allá de las dimensiones en las que nos movemos en el día a día, una dimensión que, al mismo tiempo que está más allá, nos envuelve a cada paso; y Pentecostés, el envío del Espíritu Santo para encontrar la luz para comprender el camino que nos conduce a la dimensión de Dios, que es Amor, y la fuerza para dar los pasos necesarios hasta esa meta que nos espera a todos.

Ese es, en el fondo, el Reino de Dios del que hablaba Jesús durante su ministerio público. Un Reino que se descubre cuando se mira con otros ojos la realidad que nos rodea y a las personas que viven a nuestro alrededor, un Reino que aún no ha llegado en plenitud, pero al mismo tiempo un Reino que ya habita dentro de nosotros mismos. Un Reino que nos envuelve y que nos habita, el Reino del Dios que vive donde radica la profundidad de todo lo que hay. Por esta razón, como nos cuenta la primera lectura de hoy, Jesús durante cuarenta días después de su resurrección se apareció a los suyos y les habló del Reino. Pero sus discípulos seguían cegados en sus lógicas, en sus intereses, los mismos que los habían llevado a abandonar, a negar o a entregar a su Maestro en manos de las autoridades religiosas. Siguen pensando en una “restauración”: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Jesús no viene a restaurar, viene a traer novedad, la novedad de Dios. Esta novedad está destinada a alcanzar los confines del mundo, llegar a toda la creación. 

Los discípulos, como nosotros hoy, tenemos dificultad en salir de nuestros esquemas mentales y de nuestras lógicas interesadas para entrar realmente en la novedad del Reino y en la lógica de Dios. Pero ellos, como nosotros, estamos invitados a ser testigos de la novedad del Reino y de la lógica de Dios y no de otras cosas: 

+ testigos de que el Reino de Dios viene cada día, en cada persona, en cada acontecimiento cotidiano;

+ testigos de que el Reino está viniendo sin violencia, pero viene, como la primavera, sin avisar (“la primavera ha venido / nadie sabe cómo ha sido”);

+ testigos de que el Reino se concreta en una mesa abierta donde todos tienen cabida como hijos amados de Dios que son, porque es buena noticia para todos;

+ testigos de que para que esto sea posible hay que vivir desde el servicio, la entrega generosa de uno mismo, el perdón, el trabajo por la paz y la justicia…; 

+ testigos silenciosos, testigos que viven con la alegría propia de quienes han descubierto que realmente Jesús de Nazaret, el que ha vivido desde la lógica de Dios Padre, haciendo su voluntad en cada momento de su vida, ha vencido la muerte porque ha amado hasta el extremo sirviendo, perdonando, entregando la vida, sacrificándose por amor…

Testigos, porque Jesús ya no está presente como antes y porque nos ha elegido para continuar su misión, con sus mismas maneras, que son las de Dios, para ir abriendo cada vez más y más puertas de acceso a la dimensión de Dios que nos envuelve y nos habita. Jesús, con su muerte y resurrección, abrió los cielos, desgarró el velo del templo, para que los hombres y mujeres de todos los tiempos llegáramos a descubrir que tenemos el camino expedito para acceder a esa dimensión que nos permite vivir esta vida ya como lo que es, vida eterna, vida plena, vida en las manos de Dios.

San Pablo, consciente de todo esto, escribe a los cristianos de Éfeso y pide para ellos al Dios que ha tratado de mostrar Jesucristo, nuestro Señor, que les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Le ruega a Dios que ilumine los ojos de sus corazones, porque bien sabe Pablo que lo esencial es invisible a los ojos y solo se ve cuando se mira con el corazón, para que puedan mirar el mundo de tal manera que descubran la presencia de Dios como Padre, su Amor revelado en Jesucristo, y la Luz de su Espíritu para llegar a comprender tanta generosidad de Dios, la esperanza a la que abre a quienes creen y se fían de Dios. 

Que contemplemos en esta celebración lo que Dios ha hecho con su Hijo, Jesucristo, resucitándolo e introduciéndolo en su dimensión, lleno de gloria y de poder porque ha muerto y ha entregado su vida por nosotros. Lo que ha hecho con Jesús lo quiere hacer con nosotros, su otros hijos e hijas. Quiere que lleguemos a Él, que vivamos en su dimensión, donde hay amor, paz, tranquilidad, confianza, plenitud. Nuestra pobre condición humana, encerrada en espacios tan angostos y tiempos tan frenéticos, está llamada a expandirse, a serenarse y a enriquecerse ya, aquí, abriéndose a la dimensión de Dios. Que el Espíritu que llevamos unos días invocando y al que clamamos con más insistencia a partir de hoy nos ilumine y nos lleve a comprender todo cuanto Dios nos regala y a hacernos capaces de salir y contar a todos, con nuestra vida, que Dios es misterio de amor que abre ya desde ahora nuestra vida a la eternidad.