El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 11 de Mayo de 2017

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La proposición de ley presentada hace unos días en el Congreso de los Diputados vuelve a poner sobre el tapete el tema de la eutanasia, asunto cuya gravedad es difícil negar. Se pretende hacer de la eutanasia un derechoreconocido, individual, financiado por el erario público. Se quiere que la eutanasia pueda practicarse, o sea, que se pueda acabar con la vida de las personas con grave discapacidad o enfermedad que no tengan más opciones de tratamiento y que deseen voluntariamente, con informe médico (¿sobre qué?) acabar con su vida.

Antes de pasar a exponer la doctrina de la Iglesia sobre este asunto, vale la pena recordar que todos tenemos la obligación moral de cuidar de la propia salud, de curarnos y de hacernos curar, poniendo los medios adecuados, proporcionados a dicho fin. La vida es un don de Dios, que por eso mismo le pertenece. Los hombres no somos dueños absolutos de la propia vida, no podemos disponer de ella caprichosamente. No tenemos dominio despótico  sobre ella, como en cambio podemos tenerlo sobre otras cosas, que son hechura humana. Los hombres no somos dueños, sino sólo administradoresde la propia vida, que recibimos con gratitud  y conservamos para su honor. 

Por la misma razón, tampoco podemos disponer de la vida de los demás. No somos dueños de nuestras vidas y menos aún de las vidas de otros. Son estas las verdades que dan razón del quinto mandamiento de la ley de Dios. Tanto el suicidio, el acto de quitarse la vida, como el homicidio, el acto de quitarla injustamente a los demás, son actos moralmente inaceptables. Esta doctrina encuentra su fundamento en la ley natural y en la Palabra de Dios; así ha sido propuesta en la Tradición de la Iglesia, y así la han enseñado  los Santos Padres y el Magisterio de la Iglesia. San Agustín decía al respecto: “No es lícito matar a otro, aunque éste lo pida y no pueda ya vivir … para librar con un golpe el alma de aquellos dolores”. El último de los Concilio ecuménicos, en el n. 27 de la Constitución Gaudium et spesafirma con rotundidad que no deja lugar a dudas: “Cuanto atenta contra la vida, como los homicidios de cualquier clase, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio deliberado (…), todas estas prácticas y otras parecidas son en sí mismas una infamia, vician la civilización humana, deshonran más a sus autores que a sus víctimas y son totalmente contraria al honor debido al Creador”. Y el Catecismo de la Iglesia Católica afirma de manera lapidaria: “La eutanasia voluntaria, cualesquiera que sean sus formas y sus motivos, constituye un homicidio. Es gravemente contraria a la dignidad de la persona humana y al respeto del Dios vivo, su Creador” (n. 2324).

Papa Francisco ha hablado en numerosa ocasiones contra lo que él llama “cultura del descarte” o “cultura de la exclusión”. No se trata ya de fenómenos como la explotación o la opresión  de unas personas por otras; es una realidad nueva la que está viniendo a la existencia:  no es ya que haya gente que habite en la periferia de nuestras sociedades, sino que muchas  quedan fuera de ella, excluidas; son, es duro decirlo, “sobrantes”, son “desechos”. “Casi sin advertirlo, dice el Papa, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos” (Evangelii gaudium, 54); los excluimos y, si es necesario, los suprimimos: en una sociedad que idolatra el dinero, que adora el becerro de oro, esas personas resultan demasiado caras. La estrecha alianza entre la economía y la tecnología, el reconocimiento, de hecho, de su supremacía a la hora de señalar preferencias a la acción social “termina dejando afuera lo que no forma parte de sus intereses inmediatos”. Y entre estos no parecen encontrarse ciertamente las personas gravemente enfermas o disminuidas, que necesitan permanentemente ser atendidas para que puedan llevar una vida lo más digna posible. La cultura del placer, del bienestar “nos anestesia” (ibídem), aunque sean posibles todavía “declamaciones superficiales, acciones filantrópicas aisladas” (ibídem), que pueden dar origen a una falsa “buena conciencia”, pero que, en realidad, impiden percibir realísticamente los problemas y tomar las medidas que, yendo a la raíz de los mismos, puedan solucionarlos.