El pan de la Palabra. II Domingo de Pascua

COMPARTELO EN

Después de estas celebraciones de la Semana Santa que nos ha llevado a revivir el amor hasta el extremo, hasta el final, de Jesús por los suyos, que somos todos, estamos inmersos en el tiempo más propiamente cristiano, el tiempo Pascual. El cristiano no puede ser sino pascual. Es decir, alegre, capaz de perdonar, sembrador de paz, optimista, lleno de luz y de vitalidad… y agradecido. El salmo responsorial 117 que nos ha acompañado toda la semana nos invita a dar “gracias al Señor, porque es eterna su misericordia”.

Desde la Vigilia Pascual hasta este domingo hemos estado viviendo la Octava de Pascua, un día sin fin, ocho días que nos hablan de la novedad de la Resurrección. La Resurrección de Jesús nos introduce en una dimensión nueva, en una vida nueva, que como bautizados estamos llamados a profundizar y vivir. Estamos llamados a ser hombres y mujeres de la Resurrección. Durante estos cincuenta días de Pascua tenemos la oportunidad de profundizar en nuestra condición pascual, en nuestra vida nueva de muertos y resucitados con Cristo por el bautismo.

La liturgia de estos últimos ocho días en los que el versículo del aleluya nos ha recordado que “éste es el día en que actuó el Señor” (Salmo 117) nos ha permitido saborear la actuación del Dios de Jesús. Un Dios desconcertante, un Dios que guarda silencio el viernes santo y nos sumerge en la estupefacción. Pues bien, estos ocho días están incluidos en el evangelio de Juan que proclamamos este domingo. La escena sucede en el mismo lugar: en una casa de Jerusalén donde los discípulos se refugiaban tras el shock y la tremenda desilusión en la que se habían instalado tras todos los acontecimientos que se habían precipitado desde el prendimiento de Jesús en Getsemaní. El miedo a los judíos, a esa turba que, manipulada por las autoridades religiosas, habían pedido a gritos la muerte de Jesús, se había apoderado de ellos. Algo lógico, puesto que ellos podían correr la misma suerte que su Maestro y Señor. Este grupo tendrá que realizar un camino para descubrir la nueva presencia del Resucitado en medio de ellos y asumir las consecuencias de la victoria de Jesús.

En medio de sus miedos y de su comunidad se presenta Jesús. Su presencia es diferente a la que estaban habituados los discípulos antes de la pasión y muerte de su Maestro. Probablemente nos encontramos en el mismo lugar en el que había celebrado con sus discípulos la Cena de Pascua. Ese lugar estaba cargado de unas vivencias tan cercanas en el tiempo: Jesús lavándoles los pies, mostrándoles un amor extremado, ilógico, casi irracional, un amor loco, sin medida. Así lo narra Juan en el capítulo 13: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo, hasta el final”. Ese amor extremado, hasta el final, lo sigue encarnando Jesús en el cenáculo. Ahora en el primer día de la semana, el día en que comienza una nueva creación con la resurrección de Jesús. Y el Maestro se presenta en medio de ellos y de su boca no sale ni un solo reproche hacia los suyos. Sigue mostrándoles el mismo amor que le había movido durante su vida. Ahora lo manifiesta en un gesto y unas palabras. Les enseña las marcas de la pasión y les regala el perdón con unas palabras: “Paz a vosotros”. Esas llagas son llagas llenas de luz porque son la manifestación de su amor vivido hasta el final. Muestra las marcas de la pasión, pero no para reprochar, sino para sanar. “Tus heridas nos han curado”, exclama el profeta Isaías. Son las llagas luminosas de la Divina Misericordia. En esas heridas, ciertamente, en las marcas de la pasión de Dios por los hombres y mujeres, encontramos nuestra salvación inmerecida, regalada.

Este Jesús resucitado transfigurado por el amor que ha vivido hasta el final se hace presente en medio de la comunidad reunida, y de nuevo el mismo saludo: “Paz a vosotros”, saludo que restablece la relación Maestro-discípulo, que nos sana y nos ayuda a superar nuestros miedos, desesperanzas, contradicciones… y un envío: “Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”. Los discípulos de Jesús, superados sus miedos, sus pecados, sus inconsecuencias… por pura misericordia, empiezan a ver con claridad que el camino de Jesús es un camino acertado: la entrega, el servicio, la generosidad, el amor regalado a manos llenas, la vida gastada por los demás, el perdón sin límites llevan a la verdadera vida, la vida plena, la misma vida de Dios. Los discípulos de entonces y de ahora estamos llamados, después de sentirnos rehabilitados por el Resucitado y sanados por sus heridas de la pasión, a proseguir con su misma tarea y con sus mismas formas, que son las de Dios. El Reino de Dios sigue siendo la tarea prioritaria de los discípulos de Jesús. Anunciar y mostrar a este mundo el rostro y el proyecto de Dios que es Amor que se hace servicio, que se entrega, que ama con locura y a fondo perdido, que perdona sin reproches…

Para ello, la comunidad sanada de sus miedos y contradicciones recibe la fuerza del Espíritu Santo que el mismo Resucitado insufla en nosotros. Es el Espíritu el que nos permite llamar a Dios Padre, descubrir nuestra condición esencial de hijos e hijas de Dios amados, el que nos recrea y nos da vida, el que nos impulsa y nos ayuda a vencer todos los miedos y temores que nos atenazan y nos impiden vivir como hijos e hijas de la luz, testigos de la Resurrección de Jesucristo. El Espíritu es precisamente, en el libro de los Hechos que leemos todos los días de Pascua y hoy domingo también, el que dinamiza a la comunidad cristiana para convertirse en referencia, en primicia, en modelo de lo que Dios es capaz de hacer con nuestras pobres vidas y comunidades. El domingo, el primer día de la semana, para el creyente es el día en el que recuerda que está llamado por Dios, rehabilitado por Cristo Resucitado y revitalizado por El Espíritu para responder a su vocación primordial de ser creadores con Dios, imagen y semejanza en medio de este mundo en el que sigue siendo muy necesario proseguir con la tarea iniciada por Dios en la noche de los tiempos y confirmada en la noche del sábado santo a la noche, de poner orden en este mundo hasta conseguir que sea más luminoso, más fraterno, más parecido al sueño de Dios, un cielo nuevo y una tierra nueva donde no haya ni muerte, ni luto, ni llanto ni dolo, sino solo vida fraterna y solidaria en torno al único y verdadero Dios que es Amor.

Hermanos y amigos, estamos llamados a ser las primicias de la nueva creación que se ha puesto en marcha con la Resurrección de Jesús el primer día de la semana. Si Dios puso en marcha en el primer día de la historia del universo un mundo y un cielo con vocación de eternidad por medio de la creación por la Palabra y el Espíritu que aleteaba sobre las aguas primigenias, ahora de nuevo con la Palabra (Jesús Resucitado que nos habla: “Paz a vosotros”) y el Espíritu que el mismo Jesús insufla en nosotros estamos llamados a implicarnos como testigos de la resurrección, como testigos de que un mundo mejor y más fraterno es posible.