El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 6 de Abril de 2018

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Una vez celebrada la Semana Santa, hemos entrado de lleno en el tiempo de Pascua, la Pascua Florida, como se denomina tradicionalmente esta época del año. Así la Iglesia nos recuerda el deber de acercarnos a recibir la Sagrada Eucaristía al menos en este tiempo, como reza uno de sus preceptos “comulgar por Pascua florida”. Lo haremos después de haber cumplido con otro mandamiento de la Iglesia que nos recuerda que debemos: “confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar”.

El tiempo de Pascua, la Pascua florida, es un tiempo caracterizado por la alegría. Pasados los rigores propios de la Cuaresma y de la Semana Santa que tienen  su expresión cromática en el color morado propio de la liturgia de esas semanas, el color blanco lo sustituye durante los cincuenta días siguientes que dura la Pascua hasta llegar a la solemnidad de Pentecostés, con la que se concluye.

La liturgia de la Iglesia rezuma la alegría que ya en la Vigilia Pascual se expresa en el canto del Aleluya, en el Gloria y en el alegre repicar de las campanas, después de unos días en que han permanecido mudas a la espera del anuncio de la Resurrección de Cristo. De manera especial el Pregón, el gran anuncio pascual de la noche de Pascua, está lleno de acentos alegres e invita al pueblo cristiano a exultar por la victoria de  Cristo sobre la muerte, a gozar con la Luz nueva que disipa las tinieblas, a alegrarse por la libertad recuperada. La alegría es el tema al que, una y otra vez, vuelve la liturgia de la Iglesia en este tiempo. Así, nos habla en el Prefacio de la Misa de una verdadera “efusión del gozo pascual”, y pide que la celebración de los santos misterios llene al pueblo cristiano de alegría y “sea fuente de gozo incesante”. La Iglesia no se cansa de pedir que la alegría que experimentamos por la Resurrección de Cristo “nos sostenga durante la vida presente y nos dé las alegrías eternas”.

La victoria de Cristo Resucitado sobre el pecado y la muerte determina que la alegría sea una característica del cristiano y de la vida cristiana. Es significativo que dos de los documentos más importantes del Papa Francisco hablen de la alegría ya en su título: El gozo del Evangelio y La alegría de la Verdad. El primero de ellos es seguramente el documento programático de su pontificado. Pues bien, además de referencia a la alegría ya en su mismo título, el documento inicia con estas significativas palabras: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Cristo. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”. Quien se encuentra verdaderamente  con Dios que nos viene al encuentro en su hijo Jesucristo; quien en dicho encuentro se deja sanar por su poder salvador y es liberado del pecado, no puede menos que sentirse invadido por la alegría de la salvación y superar de raíz la tristeza, el vacío interior y el aislamiento: “el Dios que alegra nuestra juventud” llena enteramente nuestro corazón, y su compañía elimina su soledad y aislamiento, y cambia su tristeza en gozo. Es una sólida convicción del Papa quien, al inicio de su programático escrito, establece una suerte de principio del que nace toda la vida cristiana: el encuentro con Cristo, si es auténtico, es al mismo tiempo encuentro con la alegría. La vida humana nuca será ya un angustioso y triste sinsentido: con la Resurrección de Cristo adquiere todo su sentido o lo recobra si se había perdido.

Pero conviene no olvidar que la alegría cristiana hunde sus raíces en la Cruz de Cristo, en la que el Señor es elevado, y desde la que atrae hacia sí todas las cosa. La Cruz es el primer momento de la exaltación de Cristo que culmina con su Resurrección y Ascensión a los cielos. Sin muerte no hay Resurrección. Éste, el hecho de nuestra salvación por Cristo, es el único fundamento seguro y permanente de nuestra alegría ya en la tierra y de aquella que espera en los cielos al hombre y la mujer fieles.

 ¡Cristo ha resucitado. Aleluya, aleluya!