El Pan de la Palabra. IV Domingo de Cuaresma

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Cuarto domingo de Cuaresma y ya empezamos a otear en el horizonte la fiesta de la Pascua, al igual que el pueblo de Israel desde la deportación en Babilonia, después de haber pasado por una profunda crisis, vislumbra la vuelta a casa y la reconstrucción de Jerusalén y su templo con la llegada del persa Ciro al poder. Por esa razón, por el hecho de ver ya más cerca la fiesta de la Pascua, en la oración colecta de la Eucaristía de este domingo le pedimos al Señor que haga que nos apresuremos a celebrar las próximas fiestas pascuales con fe gozosa y entrega diligente. Por tanto, hermanos, es tiempo de apresurar el paso, de animarnos porque la Pascua está cada día más cerca.

      Por la cercanía de la Pascua, fiesta de las fiestas, las lecturas de este domingo nos adelantan el meollo de lo que vamos a celebrar en Jerusalén, con la entrega de Jesús por nosotros. No deberíamos acostumbrarnos a la Pascua, deberíamos quedar anodadados, profundamente sorprendidos y conmocionados ante el misterio que cada año celebramos con esta fiesta. El Dios que se manifiesta en Jesús es un Dios que rompe nuestras lógicas y nuestros esquemas que, por otro lado, no terminan de funcionarnos para hacer de nuestra vida y de nuestro mundo una vida y un mundo mejores. Estos cuatro domingos, en la primera lectura, hemos podido ver la mano de Dios en la historia de la salvación: con Noé se manifiesta un Dios amigo de la vida, que hace una alianza con toda la creación; con Abrahán Dios se muestra como el que desea que el hijo viva y se convierta en bendición para todos los pueblos de la tierra; en el episodio de la entrega de los mandamientos en el desierto, Dios se muestra como un Dios providente, que desea que su pueblo encuentre un camino de libertad verdadera que le permita alcanzar la meta de la Tierra Prometida en armonía y fraternidad; y hoy, con el episodio del libro de las Crónicas que narra el final del reino de Judá, su deportación a Babilonia y la orden de su regreso a su tierra para reconstruirla y volver a habitar en ella, Dios se muestra como el que acompaña a su pueblo en los momentos más difíciles y posibilita caminos inesperados en el desierto para retornar a casa. Pues bien, ese Dios que se ha ido revelando a lo largo de la historia en una relación increíble con Israel, es el mismo que en Jesús de Nazaret manifiesta su verdadera esencia. Ciertamente, Jesús nos ha narrado, nos ha explicado, nos ha mostrado lo más profundo del corazón de Dios. Y en el corazón de Dios lo único que encontramos es AMOR. Sobrecogen las palabras de Jesús a Nicodemo en el evangelio de Juan y la comprensión de Pablo de este misterio de amor insondable revelado en el Hijo:

+ “El Hijo del Hombre tiene que ser elevado para que todo el que crea tenga vida eterna”. Y Pablo se encontrará con el Crucificado en el camino de Damasco y se llenará de vida, hasta el extremo de decir que ya no es él, sino Cristo, el que vive en él. Y este Cristo crucificado, porque en la cruz ha mostrado que Dios solo ha venido a traer vida y vida en abundancia para todos.

+ “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Y Pablo saboreará que “Dios es rico en misericordia”, que ama con un gran amor, inconmensurable, insondable, inabarcable, en el que caben todos, y por ello se sentirá llamado en ese encuentro con el Crucificado a anunciar la buena noticia del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús a todos los hombres y mujeres, también a los gentiles, para que todos crean y tengan posibilidad de vida abundante, de saborear el amor de Dios.

+ “Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él”. Y Pablo hoy nos dice: “por pura gracia estáis salvados”, “estáis salvados por su gracia y mediante la fe”, “es un don de Dios”. Dios ha traído vida para todos en su Hijo: “nos ha hecho vivir con Cristo”

      Este es el meollo, el corazón de Dios que se desvela de modo paradójico en la Pascua, en la cruz de Nuestro Señor, en su muerte y en su resurrección. Este es el misterio de nuestra fe, es lo que celebramos cada año en la Pascua, y por ello no deberíamos acostumbrarnos, porque es lo que verdaderamente nos puede dar vida y esperanza. Pidamos, como dice la oración de comunión, que Jesús luz del mundo que nos alumbra y nos permite ver donde hay vida de verdad, ilumine nuestros corazones con la claridad de su gracia, y así seamos capaces de pensar siempre y de amar con sinceridad lo que Dios desea, que es siempre lo mejor.

      Que la cercanía de la Pascua anime nuestro caminar y nos vaya llenando el corazón de ganas de encontrarnos con este Dios AMOR.

      ¡¡¡Feliz domingo en familia!!!