El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 9 de Marzo de 2018

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He dedicado las dos últimas cartas semanales a dos temas típicamente cuaresmales: el pecado, que junto con la misericordia se encuentran en el corazón de la meditación del cristiano en este tiempo, y el examen de la propia conciencia, con el que tratamos de descubrir dónde nos encontramos en nuestras relaciones con Dios y con los hermanos. Uno y otro de estos argumentos están estrechamente ligados con el de la contrición, del que quiero ocuparme hoy.

La Cuaresma es una llamada a la penitencia, a la expiación, a la conversión. Llamamos con este nombre a un movimiento o camino de retorno al Señor. Este camino inicia en el corazón de Dios, rico en misericordia y deseoso de la salvación de todos los hombres; nace de su gracia y  es fruto de la mirada amorosa de Dios sobre los hombres, creados a su imagen y semejanza, llamados a ser hijos de Dios. El libro de los Hechos describe perfectamente el iter de la conversión y su naturaleza. Esta comienza con la predicación de la Palabra de salvación: al cumplirse el día de Pentecostés los Apóstoles iniciaron su misión de anunciar a Jesús, a quien condenaron los jefes del pueblo y los sumos sacerdotes, lo clavaron en una Cruz por medio de hombres inicuos y a quien Dios resucitó librándolo de la muerte (cf. Hch 2, 23-24). La Palabra penetra el interior de las oyentes y “traspasa” su corazón, los remueve. Es la contrición que “implica un dolor y una aversión respecto a los pecados cometidos y el propósito firme de no volver a pecar” (CIC 1490). Dolor, aversión, propósito, no son ideas abstractas, sino verdaderos sentimientos de pena, de rechazo y repulsión de algo que se considera un gran mal. De ahí que su efecto sea como el de “traspasar” el corazón, un dolor agudo, penetrante, vivísimo. Una especie de angina de pecho espiritual.

La contrición tiene que ver radicalmente con la fe, con ese conocimiento que tiene su origen en Dios, que se nos regala como don gratuito y que nos hace conocer quién es Él, quién es el hombre, y qué es lo que llamamos pecado. Cuando la Palabra de Dios ilumina nuestra vida y nos hace contemplarla como es, descubrimos en ella (todos sin excepción: “el que esté sin pecado que le tire la primera piedra, Jn 8, 7), la presencia del pecado. El descubrimiento de nuestra condición pecadora nos mueve a la contrición. “Un corazón contrito y humillado, tú, oh Dios, no lo desprecias” (Sal 50, 19). El corazón contrito es un corazón majado, machacado, reducido a polvo, roto, despedazado; un corazón endurecido pero que ha sido quebrantado. El hombre de corazón contrito no duda en confesar con el profeta Daniel: “Hemos pecado, hemos obrado la iniquidad, hemos vivido impíamente, desviándonos de tus mandamientos y tus juicios” (9, 5). Ese corazón que reconoce el propio pecado, la iniquidad e impiedad del propio comportamiento, ese corazón es “mirado” por Dios con benevolencia; pone sus ojos en él, lo socorre, lo ampara, lo favorece.

En cambio, Dios “no mira” así el corazón soberbio, endurecido: más bien le retira su mirada. El corazón del hombre orgulloso, soberbio, que no reconoce su pecado, no vale nada, no tiene precio, por eso podemos decir que Dios lo “desprecia”, no lo mira.

Podríamos decir que con la contrición volvemos a tener valor, a ser “alguien”, a atraer la mirada del Señor: el pecado, en cambio, nos rebaja, nos “deprecia” a bono basura. En cambio, el dolor por los propios pecados nos “aprecia”, nos valoriza a los ojos de un Dios que es Señor clemente y misericordioso, que “resiste a los soberbios, más da su gracia a los humildes (1P 5, 5; St 4, 6).