El Pan de la Palabra. I Domingo de Cuaresma

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El miércoles pasado con el gesto de la imposición de la ceniza dábamos comienzo a la Cuaresma, tiempo favorable, tiempo de gracia, que no podemos dejar caer en saco roto, como nos decía el apóstol san Pablo. Este tiempo de Cuaresma, en los primeros siglos del cristianismo, adquirió un tinte bautismal. Se convirtió en el tiempo en el que los catecúmenos que se preparaban para recibir el bautismo intensificaban su formación y preparación de cara a recibir los sacramentos de iniciación cristiana (bautismo, confirmación y eucaristía) en la Vigilia Pascual, la fiesta de las fiestas para los cristianos.

      Este dato histórico nos puede ofrecer un modo de vivir esta Cuaresma que se nos ha regalado como tiempo favorable. Podemos convertir este tiempo fuerte en una ocasión para profundizar en nuestra condición de bautizados y para avanzar en nuestro crecimiento personal y cristiano. Dios quiere hacer de cada uno de nosotros una viva imagen suya, es decir, una viva imagen de su Hijo Jesús. Precisamente, la segunda carta de Pedro subraya un rasgo de nuestro Dios en ese empeño con nosotros: es un Padre tremendamente paciente, paciencia que mostraba desde los tiempos de Noé, dando tiempo, mientras éste construía el arca, a convertirse.

      Como cuenta Erri de Luca, “el Talmud, comentario hebreo a la Escritura sagrada, explica que aquella enorme construcción llevó muchísimo tiempo y que movía a los contemporáneos a preguntarle a Noé qué estaba haciendo. Al ser informados del anunciado diluvio, ellos podían entonces convertirse y arrepentirse de su mala conducta. La divinidad encomienda a Noé construir un barco lejos del mar a fin de dar a los hombres tiempo para sorprenderse y preguntar. Hay en la Escritura sagrada explicaciones que son más grandes y conmovedoras que el propio relato.

      La carpintería naval de Noé es salvación premeditada. El tiempo de su construcción es aplazamiento de la pena, moratoria para que todos tengan la oportunidad de dar a su vida la vuelta como un calcetín”.

      La Cuaresma es para nosotros esta oportunidad de dar a nuestra vida la vuelta como un calcetín, es una oportunidad para revivir nuestro bautismo y seguir avanzando en la vivencia del misterio de Cristo.

      La carta de Pedro presenta el diluvio como figura del bautismo. Si el agua del diluvio salvó a Noé y a su familia, el agua bautismal nos ha ofrecido la salvación a cada uno de nosotros, gracias a la resurrección de Jesús. Si el diluvio terminó con un pacto o alianza entre Dios y Noé, el bautismo finaliza también con una alianza entre Dios y cada uno de nosotros. Por el bautismo, el creyente inicia una relación filial con Dios Padre.

      El creyente, como Noé, está llamado a vivir la nueva vida que se inaugura tras el bautismo (diluvio) desde la confianza en un Dios que hace alianza (el arco iris dibujado en el cielo es signo de que el diluvio no volverá a destruir a los vivientes). Esa alianza se ha concretado, por la muerte y resurrección de Jesús, en una relación paterno-filial entre Dios y cada uno de nosotros.

      La Cuaresma nos recuerda que la vida es camino, camino a través de un desierto como el que acoge hoy la escena del evangelio. Jesús, en el desierto, impulsado por el Espíritu que en el bautismo le ha revelado su condición profunda de Hijo amado y predilecto de Dios, se sentirá tentado. Pero él va a ser capaz de ser fiel a su vocación de Hijo, será capaz de vivir en armonía con toda la creación, como Dios ha soñado para el ser humano: en comunión con la naturaleza, con los hombres y mujeres que se cruzaron en su vida y consigo mismo.

      El bautizado es el que se hace consciente de la alianza que Dios ha hecho con él, alianza que se ha ido evidenciando y concretando a lo largo de la historia de la salvación: alianza que se inició con Noé, continuó con Abrahán, se concretó en el Sinaí con todo el pueblo de Israel y que llega a ser nueva y definitiva en Jesús de Nazaret. En Él hemos descubierto que Dios es Padre/Madre, nosotros hijos y entre nosotros hermanos.

      El bautizado acoge esta buena noticia: ¡es hijo amado! Lleva impresa en lo más profundo de su ser la imagen indeleble de Dios. Y trabaja por abrir caminos al Reino que Jesús ha puesto en funcionamiento, implicándose junto a los demás en la construcción de un mundo de hermanos, tratando de convertir este mundo en una gran familia universal.

      El bautizado, durante la Cuaresma, se hace más consciente de las tentaciones que nos impiden llevar adelante el fascinante proyecto del Reino: esquilmar la madre tierra, explotar al hermano, maltratarse a uno mismo no siendo fiel a la llamada que Dios le ha hecho… Y lucha para no caer en ellas, sabiendo que la paciencia de Dios es infinita y su misericordia aún más.

      Que el inicio de esta Cuaresma nos empuje a entrar en un camino de conversión que nos lleve a reencontrarnos con nosotros mismos y con el Dios verdadero que se refleja en el rostro del hermano.