El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 16 de Febrero de 2018

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Hemos entrado en el tiempo de Cuaresma de la mano de la Liturgia de la Iglesia. Toda la Iglesia, no sólo cada uno de sus hijos, se ha puesto en camino hacia el día santo de la Pascua del Señor, renovando la experiencia del largo camino del Pueblo de Dios en el desierto  hasta entrar en la tierra prometida.

Es tiempo de conversión, de cambio interior, de mudanza, de re-orientamiento hasta encontrar de nuevo el norte de nuestra existencia. Es tiempo para descubrir otra vez el camino recto, para examinar a fondo nuestra situación, desandar los pasos errados, aprender de las experiencias fallidas y vanas lejos de Dios, pedir serena y humildemente perdón, recuperar la alegría del encuentro con el Padre y de la vuelta a la casa que nunca debimos abandonar.

Cuaresma es tiempo de salvación. En él resuena con especial fuerza la llamada que Dios dirige a cada uno, una llamada que vibra con un acento especial, que se hace casi un ruego en los labios del Apóstol. No se trata, nos dice, de hacer cosas. Se trata, más bien, de permitir a Dios que las haga en nosotros. Por eso nos invita san Pablo  “¡Dejaos reconciliar con Dios”! porque Dios “está en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados” y ha dado a la Iglesia “el mensaje de la reconciliación” (2 Co 5, 19). La reconciliación entre Dios y los hombres tuvo ya lugar en Cristo Jesús, nuestro hermano mayor que asumió sobre sí el pecado del mundo. Hemos sido curados con sus heridas (Is 53, 5). Sobre la Cruz tuvo lugar la reconciliación de la humanidad con Dios.

Pablo escribía a los fieles de Corinto que ya habían recibido el Bautismo, habían sido ya reconciliados. Vivían desde hacía tiempo en la Iglesia. Pero los llama a una nueva reconciliación. Como a nosotros. La Cuaresma es tiempo oportuno, momento justo, tiempo de misericordia. El Papa Francisco nos ha recordado que hay momentos en los que “de un modo mucho más intenso estamos llamados a tener la mirada fija en la misericordia, para poder ser también nosotros mismos signo eficaz del obrar del Padre” (Misericordiae vultus, 3). Es necesario ser sujetos pasivos de la misericordia de Dios, para poder ser después sujetos activos. Si no experimentamos la misericordia divina, será imposible ser, en verdad, misericordiosos con los demás.

Pues bien, el sacramento de la Penitencia ha sido definido con razón como “la manifestación más grandiosa de la misericordia de Nuestro Señor”, y también como “prodigio de la misericordia divina”. Dos fórmulas distintas para decir lo mismo: que la misericordia divina… ¡y la omnipotencia de Dios! se manifiestan, se ejercen, máximamente, en su perdón. Muchos que no tienen fe o que no están en plena comunión con nosotros “nos envidian” este sacramento. No pueden dejar de verlo como lo que es: una gran muestra del amor de Dios. Sólo encontraremos dificultad en acogernos a la misericordia divina, si nos dejamos vencer por la soberbia, bien porque no percibimos la realidad del pecado en nuestras vidas, bien porque nos cuesta “reconocerlo” y confesarlo humildemente.  Pero necesitamos del perdón, que Dios nos reconcilie consigo, pues todos caemos en muchas faltas. Necesitamos continuamente la misericordia divina, y cada día debemos repetir: “Perdónanos nuestras deudas”.

Quienes recibirán el Bautismo en la noche santa de Pascua quedarán “santificados” y recibirán una nueva vida, que hará posible que vivan “como conviene a los santos” (Ef 5, 3). Ellos nos recuerdan que no es posible la “convivencia” la “coexistencia” del hombre viejo con el hombre nuevo que ha muerto y resucitado con Cristo. El sacramento de la Penitencia, como “segundo Bautismo” que es, nos permite recuperar, si acaso la hubiéramos perdido, la vida de la gracia, “la luz del rostro de Cristo que se refleja en el de cada uno de sus discípulos y hermanos”.