El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 9 de Febrero de 2018

COMPARTELO EN

Nos encontramos a las puertas de una nueva Cuaresma. Como dice el Concilio Vaticano II en la Constitución Sacrosanctum Concilium: “la Santa Madre Iglesia considera deber suyo celebrar con un sagrado recuerdo, en días determinados a través del año, la obra salvífica de su divino Esposo” (n. 102), sus distintos momentos y los diferentes misterios de la misma. De ese modo, sigue diciendo el Concilio, con la celebración litúrgica de los misterios de la Redención, se ofrece a los fieles la riqueza de los méritos de su Señor, de manera que se hacen presentes en todo tiempo, con el fin de que pueda alcanzarles y se llenen así de la gracia de la salvación.

El misterio central de la obra de la salvación realizada por nuestro Señor Jesucristo es el de su Pascua, su paso de este mundo al Padre, que se cumple en su Pasión, Muerte, Resurrección y Ascensión a los cielos. El tiempo de Cuaresma que nos disponemos a vivir nos prepara a la celebración de este Misterio central de nuestra fe.

Como sabemos, la Cuaresma inicia con la celebración del rito de la Ceniza que tiene lugar el miércoles que precede al primer domingo de Cuaresma. Con dicho rito somos introducidos en el tiempo establecido para purificar nuestros corazones y disponernos para una fructuosa celebración de la Pascua. Al tomar la Ceniza hacemos un gesto de penitencia; nos reconocemos pecadores, confesamos públicamente ante Dios nuestra culpa y manifestamos así nuestra voluntad de conversión interna. Nos mueve a ello la esperanza de que Dios, paciente y rico en misericordia, acogerá benignamente nuestro deseo y le dará eficacia con su gracia.

Durante este tiempo de Cuaresma, los fieles que recibirán el Bautismo en la noche de Pascua intensifican su preparación y sus disposiciones para recibir las aguas regeneradoras y la iluminación del Espíritu que les hace pasar de la muerte a la Vida, los hace partícipes de la vida divina y los injerta en el Cuerpo santo de Cristo que es la Iglesia. Quienes hemos recibido ya el Bautismo vivimos igualmente este tiempo como una preparación para renovar la gracia recibida y reafirmarnos en las promesas bautismales que volveremos a hacer en la Vigilia Pascual. Unos y otros, los catecúmenos, es decir aquellos que recibirán el Bautismo esa noche, y los ya bautizados, viviremos este tiempo de acuerdo con sus dos características principales: la oración y lectura más asidua de la Palabra de Dios, verdadera reformadora de nuestras vidas; y la penitencia que nos lleva a dolernos auténticamente de nuestros pecados y a evitar los obstáculos que se oponen al crecimiento de la gracia de Dios en nosotros.

Las obras de la penitencia cuaresmal son sobre todo la oración, el ayuno y la limosna; gracias a ellas nos abrimos a la acción de Dios y lo reconocemos como Nuestro Señor, nos hacemos más sensibles y atentos a las necesidades de nuestro prójimo y sometemos las pasiones que nos hacen ciegos e insensibles para las cosas de Dios y para las necesidades ajenas. Porque a esto sirve, en efecto, la penitencia propia de la Cuaresma: a liberarnos de nuestro egoísmo y a dejar que brille en nosotros la vida de Cristo resucitado.

Os invito a pedir a Dios en estos días de Cuaresma que nos libre del egoísmo que endurece el corazón y que lo abra a la misericordia y al perdón. Os animo también a acercaros con confianza al sacramento de la Penitencia para recibir el bálsamo del perdón divino que aligera el corazón de pesos inútiles, alivia el dolor de las heridas que los pecados dejan en el alma y nos hace gustar el amor de Dios. Con toda razón se ha dicho que este sacramento es un “prodigio de la misericordia divina”. Es preciso volver a Dios una y otra vez, porque es mucha la propia debilidad. Y Dios no se cansa nuca de perdonar. Que no falten tampoco en este tiempo santo de Cuaresma las pequeñas obras de penitencia, sobre todo las que facilitan y hacen la vida más agradable a los demás.