Homilía del Obispo de Cuenca en la Apertura del Año Santo de San Julián

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Queridos sacerdotes, autoridades, fieles todos

¡Dichoso quien reparte limosna a los pobres! Así hemos cantado en respuesta a la palabra de Dios proclamada en la primera lectura, en la que el profeta Isaías nos ha recordado la más verdadera y honda naturaleza del ayuno; abrir las prisiones injustas, dejar libre a los oprimidos, partir el pan con el hambriento, hospedar a quien no tiene un techo y vestir al que está desnudo. La luz de estas obras de misericordia, de amor al prójimo, sigue haciendo brillar la figura de san Julián ocho siglos después de su muerte.

Felicito y saludo con afecto a todos los presentes y a todos los diocesanos en la  solemnidad de San Julián, patrono de nuestra diócesis de Cuenca: abogado que intercede ante Dios por nosotros, defensor en la hora de la dificultad, modelo siempre de vida cristiana. Han pasado más de ocho siglos, repito, y esta Iglesia de Cuenca mantiene viva la memoria de su segundo Obispo y sigue la estela de luz dejada por este astro que resplandece en el firmamento de la santidad cristiana, donde brillan con él mártires y vírgenes, santos Pastores y Confesores, hombres y mujeres que en el estado matrimonial o fuera de él han dado testimonio con sus vidas de la fecundidad del Evangelio.

Con esta fiesta de san Julián da inicio un “Año Jubilar Juliano” concedido por la Santa Sede para mayor provecho del pueblo cristiano, con el fin de arraigar la fe y la caridad más vivamente en el corazón de todos los fieles conquenses. Con este Año se quiere también facilitar que la gracia del perdón, obra de la misericordia divina, llegue a todos con mayor abundancia y facilidad. Así, participando en la Misa de hoy en honor de san Julián todos podremos ganar la indulgencia plenaria de nuestros pecados si cumplimos las condiciones que la Iglesia pone para ello: detestación de todos nuestros pecados, raíz del verdadero espíritu de penitencia y conversión; confesión de los mismos y recepción de la Sagrada Eucaristía, junto con la oración por el Romano Pontífice. Ganaremos la Indulgencia Plenaria cada vez que participemos en algunas de las celebraciones que tendrán lugar a lo largo del año en esta Santa Iglesia catedral. Podrán lucrarla no solo quienes participen físicamente en ellas, sino también, cuantos, obligados a permanecer en sus casas, tomen parte en las mismas gracias a la radio o a la televisión o, al menos, se unan espiritualmente a ellas, con las condiciones ya citadas.

Hemos de agradecer a la Iglesia este torrente de gracias que se derramará sobre el pueblo cristiano y, por parte nuestra, hemos de procurar corresponder viviendo con espíritu de fe este Año Jubilar Juliano que se extenderá hasta el día 31 de diciembre.

A lo largo del año, con calma y en espíritu de oración,  podremos dirigir la mirada hacia nuestro santo Patrono y descubrir en él los rasgos de su vida santa, de manera particular la fidelidad a su diálogo con el Señor en la oración, el cuidado y la atención a los más necesitados y el espíritu de amorosa convivencia que llenaba sus relaciones con todos.

Sabemos, en efecto, del amor de San Julián por esos ratos de intenso trato con Dios Nuestro Señor en la soledad de la montaña en el lugar que llamamos “San Julián Tranquilo”, consciente como era de que no es posible una vida cristiana auténtica sin el auxilio de la oración, serena y confiada a Dios Nuestro Señor, como el mejor servicio a los fieles. Así lo recordamos en el “responsorio” de las II Vísperas de la fiesta: “Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo”.

El amor de san Julián a los pobres y necesitados fue la piedra de toque de la autenticidad de su oración. No es verdadero amor de Dios sino el avalado por la virtud de la caridad para con el prójimo. El amor no puede quedarse en una palabra abstracta; por su misma naturaleza es vida concreta que se traduce en intenciones, palabras, actitudes, hechos. Por eso, la tradición lo representa en su lugar de retiro y oración ocupado en la elaboración de cestillos destinados a la venta para obtener recursos para sus pobres. Siempre lo recordará el pueblo cristiano como “padre de los pobres” y siempre podremos aprender de él que el camino de la caridad lleva a la unidad de la fe y a la conversión sincera. Por eso, en colaboración Cáritas, queremos acometer este año la rehabilitación del Centro Residencia San Julián para personas sin hogar.

De san Julián aprendemos el verdadero espíritu cristiano de convivencia social, una manifestación más, y no la última, de la caridad cristiana. A todos mostraba san Julián su amor paterno y a todos alcanzaba su caridad. Así hacía posible la difícil convivencia entre razas y culturas diversas.

  Su ejemplo nos ha de mover a ser amigos de todos, a respetar en serio la libertad de los demás dentro de la necesaria unidad, a no juzgar temerariamente a nadie, a evitar por todos los medios el insulto y los ataques personales, las calumnias y murmuraciones,  las rencillas, discordias y enemistades. El espíritu conciliador y a la vez apostólico de San Julián nos llevará a querer convivir con todos; a comprender las ideas y sentimientos de los demás aunque no los compartamos; a excusar y perdonar; a exponer serenamente nuestras razones sin pretensión alguna de “imponerlas” a otros, y a no considerar a nadie como extraño, y menos aún enemigo, porque no las comparta;  a evitar la intemperancia y mantener una actitud abierta para con todos. Al que se confiesa cristiano, discípulo en la escuela del Maestro, se le debe pedir que sepa tratar con todos con noble afecto, sincero y cordial. La diferencia de ideas no tiene por qué hacernos indiferentes con quien las defiende, ni ser un obstáculo insalvable para una actitud amistosa y leal. La caridad del cristiano debe ser, como la de Cristo, universal y desinteresada, dispuesta a cualquier extremo por el bien de los demás.

La civilización, la sociedad, que los cristianos queremos edificar con la colaboración de todos los hombres de buena voluntad, se edifica sobre los pilares que el Beato Pablo VI enumeraba en su discurso en Naciones Unidas en el ya lejano 4 de octubre de 1965:

- reconocernos los unos y los otros; trabajar los unos con los otros; los unos por los otros, nunca contra otros.

Los cristianos, sabedores de que Dios ha creado al hombre a su imagen y semejanza, de que su voluntad es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, de que ha muerto en la Cruz para salvar a todos, deben contarse entre los hombres y mujeres más libres y fraternales, más audaces y responsables, más empeñados y comprometidos en la edificación de un mundo en el que Dios esté presente. No hemos de ceder a la mentalidad de quienes piensan el cristianismo como una serie de prácticas y de actos piadosos, desconectados de la vida; por el contrario, nos han de llevar a prestar una mayor atención a las necesidades ajenas, a empeñarnos por remediar males e injusticias.

 Que San Julián nos guíe para que, movidos verdaderamente por el amor de Dios y a todos, sepamos compartir ilusiones y esfuerzos con cuantos hombres de buena voluntad desean y sueñan un mundo más justo y solidario según los designios del Dios creador y redentor del hombre.

 

A todos os deseo una feliz celebración del día de nuestro santo Patrono y para todos imploro su bendición. Amén.