El Pan de la Palabra. V Domingo del Tiempo Ordinario

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Este domingo el evangelio nos invita a continuar en Cafarnaún, junto a nuestro Maestro y Señor, el que llama a sus discípulos y los invita a involucrarse en la tarea de anunciar el Reino de Dios. Anunciar el Reino es tratar de construir este mundo conforme al sueño y proyecto de Dios. Un mundo de hermanos, donde Dios reine como Padre-Madre rodeado de hijos e hijas que viven en armonía entre sí y con la naturaleza. 

     El domingo pasado, en Cafarnaún, acompañábamos a Jesús hasta la sinagoga. Un lugar público y religioso, donde los judíos se reúnen para escuchar las Escrituras y rezar a Dios a partir de lo que escuchan en su Palabra. En ese día, el sábado y en ese ambiente religioso, Jesús muestra que el Reino de Dios se hace presente para traer salvación y sanación. La jornada de Cafarnaún no ha hecho más que comenzar. 

     Hoy nos aguardan muchas novedades. De la mano de Jesús siempre hay algo nuevo que esperar. Hoy dejamos el ámbito religioso público y acompañamos a Jesús hasta la casa de la suegra de Pedro, uno de los cuatro primeros discípulos. Allí, en el ámbito privado, Jesús también se va a mostrar sanando y restaurando a la persona que se haya postrada. Dios quiere que todos sus hijos e hijas puedan ponerse en pie, es decir, puedan recuperar la dignidad que la injusticia y el pecado personal o del mundo les hace perder. La casa en el evangelio de Marcos es el lugar donde los discípulos se reúnen para escuchar la palabra de Jesús que les permite comprender más en profundidad los secretos del Reino. Pero también es el lugar donde los discípulos parten el pan de la fraternidad, el pan de Dios, el Pan de la Vida. Por esta razón, un estudioso del evangelio de Marcos define la propuesta de Iglesia de este evangelista con tres palabras: Casa, Pan y Palabra. La casa, pues, es el hogar de los discípulos, donde escuchan la palabra de Dios que les permite comprender el Reino y donde comparten el Pan, que es Jesús.

     Pues bien, en este ambiente de hogar, donde los discípulos viven, alimentan y profundizan su seguimiento de Jesús, Jesús va a traer también salvación y salud. La suegra de Pedro, una mujer anónima, va a ser curada de la fiebre que la tiene postrada en cama, y su respuesta a la acción de Jesús será "ponerse a servir". Aquí, en la casa y con una mujer anónima como protagonista, va a aparecer por primera vez una característica propia del discípulo, el servicio. Ciertamente, el servicio es la característica más propia del seguidor de Jesús. Él se lo pedirá a los Doce camino de Jerusalén: "El que quiera ser el primero y más importante de todos que sea servidor de todos". Él lo va a mostrar durante la última cena. Según el evangelista Juan, tomará una toalla, se la ceñirá y les lavará los pies a los Doce, con el fin de enseñarle cómo han de actuar unos con otros. Esto que no llegarán a comprender del todo, pues se dedicarán a discutir sobre quién es más importante y quién tiene más poder, lo hace vida y lo encarna una mujer, sin nombre, anónima. Ella nos muestra cómo las comunidades cristianas han de ser lugares en los que encontrarse con Jesús, que nos toma de la mano y nos levanta de nuestras postraciones, y nos impele a servir a los hermanos. Las comunidades cristianas son lugares donde no debe haber luchas de poder ni privilegios, donde todos, hombres y mujeres, han de vivir sus relaciones desde la actitud del servicio, sabiendo que Jesús está en medio de nosotros como el que sirve y da la vida.

     Pero la acción de Jesús y la de sus discípulos en la tarea de anunciar el Reino no se queda en el ámbito religioso de la sinagoga ni el ámbito privado de la casa. El Reino no tiene fronteras, por eso Jesús sale inmediatamente a la puerta de la casa, el lugar público por excelencia, y allí sigue haciendo presente el Reino que sana y libera de toda posible enfermedad que nos tiene postrados y de todo espíritu que no nos deja vivir en libertad. El Reino de Dios, su proyecto para el mundo, tiene algo que decir también en el ámbito público. Como Jesús, estamos llamados a llevar el Reino a todos los ámbitos de nuestra vida, a vivir el seguimiento de Jesús no solo en el ámbito religioso y privado, sino también en una dimensión pública que muchas veces se nos niega. El proyecto de Dios para este mundo, necesita de seguidores de Jesús que sean capaces de traducirlo en acciones de liberación en todos los ambientes de la vida. 

     Para hacer posible este anuncio que urge y que no entiende de fronteras entre lo público y lo privado, entre los religioso y lo profano, Jesús termina su jornada en Cafarnaún retirándose a un lugar solitario y silencioso en medio de la noche. Sin la oración, sin el encuentro silencioso y solitario con Dios que es Padre-Madre, sin alimentar y cuidar esa dimensión filial, es imposible encontrar el camino por el que Dios quiere hacer crecer su proyecto y es imposible hallar fuerzas para llevarlo adelante. Por esta razón Jesús busca momentos de encuentro personal, en el silencio y la soledad de la noche, con su Padre Dios. lo hará en todos los momentos de su ministerio: cuando elija a los Doce, cuando inicia su tarea de anuncio del Reino en Cafarnaún, cuando multiplique el pan, cuando se encuentre en el momento culminante de Getsemaní... Siempre para descubrir la voluntad de Dios y para secundarla con su propia vida.

     De esta manera tan gráfica, el evangelista Marcos, al inicio del ministerio público de Jesús nos coloca una jornada típica y programática de lo que ha de ser el día a día del discípulo que lo sigue y está llamado a continuar con la tarea de anunciar el Reino: sin la oración con la que el creyente escucha a su Padre Dios, sin el silencio y la soledad del encuentro con Dios, es imposible hacer que el Reino se abra paso en el ámbito religioso, en el ámbito privado de la casa y de nuestras comunidades cristianas, y en el ámbito público. Todos nosotros nos movemos en estos diversos ambientes, pero hay creyentes que tienen más responsabilidad o cuya dimensión es más pública que la de otros, hay responsables de las casa y de las comunidades cristianas (obispos, sacerdotes), hay creyentes con una presencia pública más grande (políticos, jueces, economistas, periodistas...). Todos estamos llamados a hacer posible que el Reino de Dios, un mundo más fraterno y más justo, se haga presente. Solo se puede hacer posible a partir de estos tres elementos: oración para descubrir por dónde Dios quiere llevarlo adelante, y servicio en todos los ámbitos señalados. Todos, también los pequeños y anónimos como la suegra de Pedro, tenemos nuestro papel y nuestra responsabilidad. Como Pablo nos deberíamos sentir obligados a anunciar este Evangelio que sana y salva, que hace presente, como dice el salmista, un Dios que ha venido a traer vida, a sanar los corazones destrozados y a vendar sus heridas.

    Como dice san Pablo, siendo libres, hagámonos servidores y esclavos en todos los ámbitos de nuestra vida para ganar a los más posibles para Dios.

 

     Que la Eucaristía de este domingo nos lleve a experimentar que nuestra parroquia y nuestra comunidad cristiana es para nosotros Casa del Pan y de la Palabra, lugar donde nos sentimos tomados de la mano por Jesús, levantados de nuestras postraciones e impelidos todos a servir, como la suegra de Pedro, como Pablo.