El mensaje semanal del Obispo de Cuenca. 2 de Febrero de 2018

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La celebración de aniversarios y jornadas a lo largo del año traen a nuestra memoria personas o acontecimientos que tienen singular importancia para la vida de un pueblo, de una familia, de una persona, de una comunidad o de una institución. Se hace memoria de personas y sucesos porque no se quiere que desaparezcan en la niebla en la todo parece quedar envuelto con el paso del tiempo; se pretende que se mantenga vivo su recuerdo; no simplemente por una suerte de culto del pasado, sino porque acontecimientos y personas siguen diciéndonos algo hoy.

En coincidencia con la Presentación del Señor en el templo, el 2 de febrero, día de  la popular fiesta de la Candelaria, la Iglesia celebra la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Llamamos Vida Consagrada la de aquellos hombres y mujeres que entregan su vida a Dios y al prójimo mediante la profesión estable de los así llamados consejos evangélicos, a saber, la pobreza, la castidad y la obediencia. Esas personas ven en Dios el bien más grande de sus vidas, se dedican a Él como a su amor supremo, buscan su gloria por encima de todo y se entregan a la edificación de la Iglesia y a la salvación del mundo. Alcanzan de ese modo la perfección de la caridad y son signo de un mundo nuevo, anuncio de la gloria celestial.

Al celebrar esta Jornada de la Vida Consagrada la Iglesia quiere que no desaparezca de la conciencia de sus fieles el gran don que para ella  significa la presencia de estos hombres y mujeres en su seno. Sus vidas entregadas a Dios y a los demás constituyen en sí mismas una enorme riqueza para la Iglesia: guiadas por el Espíritu Santo, irradian en el mundo la alegría del Evangelio vivido con exigencia; su entrega alcanza de Dios nuevas gracias para la Iglesia y para el mundo; su ejemplo representa una luz que ilumina nuestras vidas de cristianos; su actividad en los más diversos campos de la acción en favor de los necesitados mueve y activa la caridad de todos; su vida de oración y mortificación constituye como un gran pulmón que oxigena las nuestras, a veces un tanto lánguidas.

Se comprende bien que la Vida Consagrada que pertenece a la vida y a la santidad de la Iglesia merezca ser reconocida, apreciada, apoyada y promovida por todos. Es un verdadero don divino que la Iglesia, agradecida, desea conservar siempre, sean cuales sean las formas que el mismo adopta con el pasar del tiempo.

El lema de este año : “La Vida Consagrada, encuentro con el amor de Dios”, quiere poner de manifiesto lo que constituye el alma de la Vida Consagrada, aquello que la explica y le da sentido. La vocación a esta Vida se entiende, en efecto, como un gesto del amor de Dios que se entrega a una criatura; un gesto que se acoge y se descifra como tal, y al que se corresponde con una entrega amorosa que se concreta en el don a Dios de todo lo que uno es ˗del propio cuerpo mediante la castidad; del alma, inteligencia y voluntad, en la obediencia; de los propios bienes, gracias a la pobreza˗.

La Vida Consagrada es signo y anuncio de un mundo nuevo, distinto, que no está dominado por el afán de gozar, de poseer, de dominar. Enseña un nuevo modo de “estar” en el mundo”, una manera distinta de vivir en sociedad, guiada por el deseo de  servicio; un estilo diverso, libre, de situarse “ante” y “entre” las cosas de este mundo.

 

Esta Jornada de la Vida Consagrada nos ayuda a comprender mejor su belleza, nos permite conocer mejor su razón de ser y nos descubre el bien que supone para el mundo y para la Iglesia. Agradezcamos a Dios Nuestro Señor este don, pidámosle que no disminuya su luz, que no se marchite su color ni se pierda su fragancia en medio de la Iglesia, y que la llamada a la Vida Consagrada resuene en el corazón de muchos corazones, generosos, valientes, conscientes de que el Amor de Dios bien vale una respuesta de amor.